El camino de San Diego

15/04/2011

PELÍCULA RECOMENDADA POR CINEMANET

Título original: El Camino de San Diego
Dirección: Carlos Sorin
País: Argentina
Año: 2006
Género: Drama, Futbol
Guión: Carlos Sorin
Producción: Óscar Kramer y Hugo Sigman
Reparto: Ignacio Benitez, Carlos Wagner La Bella, Paola Rotela, Silvina Fontelles, Miguel González Colman
Música: Nicolás Sorin
Fotografía: Hugo Colace
Vestuario: Ruth Fischerman
Duración: 98 min.
Distribuye en España: Nirvana.
Estreno en España: 24-41-2011

SINOPSIS

Tati, un joven de la provincia de Misiones, es un fan loco de Maradona, como la mayoría de los argentinos. A pesar de haber perdido su trabajo y de que su situación económica sea dramática, Tati no pierde su espíritu jovial. Cuando la televisión informa del internamiento de Maradona en la Clínica Suizo Argentina de Buenos Aires por un problema cardíaco, Tati decide viajar a la capital para hacerle entrega personalmente de una talla esculpida en madera. Atraviesa el monte a pie cargando la escultura envuelta en papel de diario y un bolso con otras tallas que espera vender. Una vez en la ruta, conoce a Warguinho, comenzando así su periplo, rico en sorpresas y encuentros. ¿Logrará entregar la escultura a su ídolo?


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CRÍTICAS

[Carmen Lucena Hidalgo. Colaboradora de Cinemanet]

Con qué poco nos contentamos

Empezando por el final, con que poco se contenta Tati (Ignacio Benítez), el protagonista de esta película tan tranquila de Sorin (La ventana). Ese es el encanto de la película; la sencillez de un personaje de provincias, rodeado de pobreza, cuya máxima aspiración es llevarle a su ídolo, Diego Armando Maradona, una talla que él ha sacado de la raíz de un árbol.

El comienzo tiene un toque de pseudo documental que engancha de una manera fascinante. Los vecinos del pueblo de Tati son auténticos. Hablan a un supuesto entrevistador acerca del muchacho. Este recurso queda colgado a los diez minutos de la película, que es lo que tarda en arrancar el argumento. Si hubiera seguido, le hubiera aportado más ritmo o la hubiera diferenciado más. Sirve tan sólo para presentar al personaje.  Al tiempo que unos y otros le describen, le vemos en su vida cotidiana, donde vive, donde trabaja…

Hacía tiempo que no veía un protagonista tan puro, tan único, tan él mismo. Es simple, y esa simpleza quizás dé lugar a complejidades. Parece tener sólo una cosa en la cabeza: su pasión por Maradona. Sorprende verle casado y con niños,  no solo por su juventud, también por la inocencia de ese fanatismo, no le creemos capaz de prestar  demasiada atención a otra cosa, como pueda ser su familia. Es original en su pasión, cuando menos. El tatuaje en la espalda con el número 10 me parece un retrato perfecto de Tati. Este fanatismo sirve también como comicidad, le da el toque de humor necesario; cuando va a bautizar a su primera hija. Me parece la mejor escena de la película, él está empeñado en llamar a su hija Diega, pero no puede ser… tendrá que esperar a su tercer hijo, que sí es varón.

La historia es lenta, pero no importa demasiado. Es una trama sencilla. Un personaje quiere algo y no para hasta conseguirlo. El espectador, en clara superioridad, puede pensar que no lo conseguirá; que Tati es un iluso, que menudo viaje sin sentido… pero ante esos reproches, Tati parece respondernos con un “pues bueno”, al fin y al cabo, acaba haciendo lo que quiere, que es llegar a Buenos Aires. Creo que hasta hay una epifanía. Parece que todo acaba cuando consigue llegar al club de golf y entregar la estatua. El cuerpo se queda flojo, porque él está ya contento, tranquilo, mientras que el espectador medio no se lo cree; cómo puede quedarse así; cómo puede no luchar por verle… y mil cómos más. Pasado un rato respiramos; Maradona ha cogido su estatua. No obstante; con qué poco se contenta.

El Camino de San Diego es una película hecha con cierto mimo. La imagen, cuidada, parece no estarlo. La iluminación, parece tan natural, que no se plantea la artificiosidad, aunque la tenga. Dos sitios en los que hubiera habido cierta dificultad para iluminar son la cabaña de Tati y el camión, y están resueltas bastante bien. La noche en el autobús con el juego de los reflejos y los símbolos en los objetos del camionero brasileño, dan lugar a unas escenas muy atractivas.

Llama la atención la presencia de animales extraños en la película. En primer plano vemos un búho y otro animal del estilo cuyo nombre no sabría acertar. Cuando ves el búho pensé que era disecado, pero cuando cerró los ojos cambié de pensamiento. Seguramente, aparecería por allí y Sorin no lo quiso desaprovechar. El búho está enfocado y en la escena ocurre algo sin mucha importancia, en la cabaña de Tati, vista desde arriba, desde la rama del búho.

Es una película de lugares y personas comunes, aunque no seamos de la zona, quién no ha ido al bar del barrio a ver la televisión, o quién no se ha puesto a hablar ilusionado de “su obra” a cualquiera que encuentra.


[decine21]

El hincha 10

El argentino Carlos Sorin demuestra que sus Historias mínimas de 2002 no fueron un espejismo. Su cámara se mueve con soltura, tiene habilidad para contar historias sin caer en el tópico y, sobre todo, es muy humano. La gente que aparece en sus filmes es auténtica, y no sólo por su afición a recurrir a actores no profesionales.

Aquí la excusa de la película es Tati, un hombre sencillo, que vive en el distrito argentino de Misiones, en medio de la selva. Es un buen tipo, sencillo, padre de tres niños. y seguidor empedernido del mítico futbolista Diego Armando Maradona. Alguno lo tacharía de fanático -hasta se ha hecho tatuar un '10' en la espalda, el número de la camiseta del jugador en la selección nacional-, pero en el fondo es una ilusión, gran ilusión, extrema si se quiere, pero que no le nubla a la hora de cuidar sus obligaciones principales, atender a los suyos sobre todo. Un día de lluvias torrenciales encuentra un árbol arrancado de cuajo, en cuyas raíces cree descubrir una talla natural de. ¡Maradona! Esto, y la noticia que conmociona a todo el país, el infarto que ha sufrido el jugador, le empujan a emprender un viaje a Buenos Aires, donde encuentra a muchas buenas personas, con las que departe amigablemente.

Hay un humor suave, bien traído, y la humanidad que transpira cada minuto del metraje es una bocanada de aire fresco en la habitual atmósfera de cine cínico en la que tantos se regodean. Quizá por esa bondad le cuesta a Sorin la introducción -dentro de una notabilísima galería de personajes- de la chica de alterne, nota disonante, a pesar de las indudables buenas intenciones del cineasta.


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