Vacaciones en el Infierno

05/11/2012

Bajo la tópica premisa narrativa del “hombre duro que esconde un corazón romántico” se esconde un planteamiento en el que el espectador se ve inducido a empatizar con un impresentable delincuente, que más que redimirse consigue vivir en paz, lo cual es una extraña moraleja bastante cínica. En ella se efectúa un cierto esfuerzo naturalista, de descripción de las condiciones de vida en ese inhóspito lugar, haciendo de su frescura en las formas precisamente una herramienta de incorrección política. En fin una película bien resuelta en la puesta en escena, pero enormemente tópica en sus planteamientos; muy ágil, pero para estómagos endurecidos y bastante floja en cuanto a planteamientos ideales y antropológicos.


ESTRENO

Título original: Get the gringo.
Dirección: Adrian Grunberg.
País: USA.
Año: 2012.
Duración: 93 min.
Género: Acción, thriller.
Intérpretes: Mel Gibson (Driver), Daniel Giménez Cacho (Javi), Jesús Ochoa (Caracas), Roberto Sosa (Carnal), Dean Norris (Bill), Peter Stormare (Frank), Fernando Becerril (alcaide), Bob Gunton (Sr. Kaufmann), Scott Cohen (abogado), Kevin Hernandez (chico), Sofía Sisniega, Dolores Heredia (madre del chico), Patrick Bauchau (cirujano).
Guion: Mel Gibson, Adrian Grunberg y Stacy Perskie.
Producción: Mel Gibson, Bruce Davey y Stacy Perskie.
Música: Antonio Pinto.
Fotografía: Benoît Debie.
Montaje: Steven Rosenblum.
Diseño de producción: Bernardo Trujillo.
Vestuario: Anna Terrazas.
Distribuidora: Filmax.
Estreno en España: 26 Octubre 2012.


SINOPSIS

En su último atraco, Driver, es capturado por la policía mexicana e internado en una cárcel extraña y peligrosa conocida como “El Pueblito”. Un lugar donde la corrupción y la violencia están a la orden del día y donde el ser forastero no ayuda. Sin embargo, pronto conocerá a un chaval de 10 años que conoce las reglas con las que poder sobrevivir allí dentro. Driver soñaba con unas vacaciones de ensueño. En “El Pueblito” resultarán inolvidables.


¡Debate esta película en nuestros foros!


CRÍTICAS

[Sergi Grau, Colaborador de CinemaNet]

Mel Gibson, el francotirador

Desde siempre, y hoy sigue siendo así, la industria de Hollywood tiene ciertas reglas de lo ideológico no escritas pero que todo el mundo conoce y son de observancia obligatoria por el conglomerado de profesionales del cine que trabajan allí. Y, claro, desde siempre ha habido quien, por romper esas reglas, se ha convertido en persona non grata. Un ejemplo lo podemos encontrar en Lars Von Trier, cineasta considerado en Europa entre los mejores que existen, pero que en Hollywood sigue siendo más bien invisible. Aunque más llamativo es sin duda el ejemplo que nos ocupa: Mel Gibson.

Hay quien opina que esta condición de persona non grata puede venir decretada por el descuido de las formas. Cierto es que tanto Von Trier como Gibson se dejan llevar por el desaire o la polémica alegremente en algunas de su declaraciones a la prensa. Pero no nos engañemos: los motivos son de fondo: es evidente que ambos cineastas realizan películas que resultan, por diferentes motivos, incómodas. Von Trier puede resultarles incordiante, pero lo hace desde fuera, desde el Viejo Continente. En cambio, el caso de Mel Gibson debe considerarse más imperdonable: habiendo sido una auténtica estrella –sin duda un destacado representante del star system en las dos últimas décadas del siglo pasado-, y habiendo sido incluso elevado a los altares de la industria con la lluvia de Oscar que le labró su segunda película como director, que también protagonizaba, Braveheart (1995), Gibson se negó a ser domesticado, y en 2004 llevó a buen puerto un arriesgado proyecto que siempre había acariciado y con el que, de forma aguerrida y preclara, exponía parte de sus profundas convicciones religiosas. Hablo, por supuesto, de La pasión de Cristo que marca un antes y un después en su filmografía.

Si sólo habláramos de la dimensión artística del cine, el filme supondría un punto de inflexión por su madurez estilística, o, dicho más llanamente, por su potencia cinematográfica: La pasión de Cristo y la posterior (y por ahora su última película como director) Apocalypto(2006) son dos obras de todo punto extraordinarias, que empequeñecen los ya de por sí meritorios logros precedentes (El hombre sin rostro (1993) y la citada Braveheart). Empero, desgraciadamente, La pasión de Cristo marcó un antes y un después por otros motivos, que nada tienen que ver con la creación cinematográfica: a no pocos gerifaltes y lobbies que operan en el seno del establishment les molestaron, y mucho, determinados elementos de la película, por lo que trataron de boicotearla con todas las herramientas posibles (cosa que sin duda lograron: hay mucha gente que tiene prejuicios contra el filme; algunos de ellos, sin haberlo visto), incluyendo el azote de la (mala) prensa a su vida privada. Esos fariseos –y perdonen que me exprese sin sutilezas- hicieron lo que tristemente era dable esperar de ellos: ejercer su poder en contra del cineasta, que pasó a convertirse en un auténtico indeseable dentro del engranaje industrial.

En Hollywood, y desde hace tiempo, concurre lo que podríamos llamar la política de los actores. Son tan importantes sus sueldos que, cuando les alcanza el éxito, muchos de ellos deciden erigirse en productores y ejercer su posición más allá de lo que incumbe al rumbo de sus carreras. Ejemplos de ello podríamos hallarlos en tipos como Brad Pitt, George Clooney, Edward Norton, Mark Whalberg o Matt Damon. El caso de Gibson es algo distinto, quizá porque procede de una generación anterior, pero principalmente porque, como hemos analizado, está tan estigmatizado por la industria que carece de capacidad de maniobra.

A la luz de dicha circunstancia, la película que nos ocupa, Vacaciones en el infierno (Get the Gringo, 2012) es un buen, diría que paradigmático ejemplo, de cómo gestiona Gibson su reducido margen de maniobra. En la película, Gibson confía la realización a un viejo aliado suyo, Adrian Grunberg (un hombre de larga experiencia como asistente de dirección, labor que desempeñó en Apocalypto y en Al límite, el notable thriller de Martin Campbell que Gibson protagonizó en 2010), reservándose para sí mismo la escritura del guion, el papel protagonista y tareas de productor. Así nos propone un relato de acción violenta, pasada de vueltas, la mar de solvente pero, más importante, en la que sus señas de identidad quedan impresas desde el primer al último minuto de metraje.

Gibson juega con los arquetipos que el espectador asocia con el propio actor (el héroe duro explotado en Mad Max y el Martin Riggs de la saga Arma Letal, o en Payback (1999) y la citada Al límite), y nos presenta un relato de caldo noir traspolado a un deprimente paisaje contemporáneo: nada menos que un sangrante penal ubicado en Tijuana, al norte de Méjico, donde Gibson –el nombre de su personaje no será desvelado- va a parar tras una aparatosa persecución en la mismísima frontera, donde finalmente es cazado en territorio mejicano (a modo de ejemplo del material argumental corrosivo podríamos anotar al respecto que la policía mejicana tranquilamente hubiera declinado su jurisdicción y  hubiera ofrecido el detenido a los rangers estadounidenses si no fuera por el suculento botín que encuentran en el asiento trasero de su coche).

Sin desmerecer un ápice las buenas maneras escenográficas de Grunberg (que se mueve con suma convicción por entre las convenciones del cine carcelario), se hace evidente que la película es fruto de la independencia creativa de Gibson, algo que se aprecia por la absoluta falta de ortodoxia en el tratamiento de personajes y situaciones, que si recuerdan a algo es a otro outsider de Hollywood, pero de otros tiempos, Sam Peckinpah. Vacaciones en el infierno es un thriller, una película de acción y suspense, pero, a diferencia de lo que sucede en las obras de este corte genérico que promueve Hollywood, en ella se efectúa un cierto esfuerzo naturalista, de descripción de las (penosísimas) condiciones de vida en ese inhóspito lugar, haciendo hincapié (para después aprovecharlo en beneficio de la trama) en datos coyunturales como las jerarquías que establece la mafia que controla de hecho el penal o el modo de organización y funcionamiento social en tan degradado microcosmos (así como en una escabrosa temática que forma parte de la terrible realidad de aquel submundo, como es el tráfico de órganos). La película visita tales e incómodas parcelas del mundo real con la excusa que le ofrece el propio planteamiento genérico, haciendo de su frescura en las formas precisamente una herramienta de incorrección política.

Y esa incorrección política está de hecho proyectada, claramente, en el modo en que el actor/productor/guionista aprehende las relaciones humanas y el funcionamiento del mundo; se podrá estar de acuerdo con ellas o no, pero lo que es innegable es que Gibson, a través de los actos de su personaje, las defiende con convicción y hasta sus últimas consecuencias. Veamos. El paisanaje de la película está poblado por individuos todos ellos indeseables, se hallen a uno u otro lado de una ley que, se deja bien claro, está hecha a la medida de los todopoderosos. Con este elemento discriminatorio de partida, no importa tanto que Gibson sea un delincuente como que sea un (implacable) hacedor de justicia, una justicia que, en buena lógica, no es de este mundo. Su personaje no evoluciona, pero el espectador sí que modifica el modo en que lo percibe cuando va acumulando datos que, básicamente, nos revelan dos cosas: una, que circunstancias del pasado le han llevado a ser un delincuente; y dos, que, a pesar de serlo, aún cree que ciertos valores son inviolables, y los defiende hasta sus últimas consecuencias.

En ese sentido, al personaje le mueven dos motivaciones principales. La primera es la venganza: la venganza sirve para explicar su situación de desclasado, tiene que ver con la víctima de su robo inicial, un gángster (y en este particular, Gibson se permite incluso un dardo envenenado a costa de su actual y depauperada situación en el establishment: haciéndose pasar por Clint Eastwood (sic), cita a ese gángster en el elegante despacho de un gran empresario, donde consuma su vendetta), y también se dirime, implacable, contra un hombre que era amigo suyo y que, de forma artera, le robó a lo que más quería: su mujer. El otro móvil es precisamente la familia: el personaje perdió a su esposa, pero en el penal mejicano hallará a otra mujer y a un niño, a quienes defenderá con suma astucia (y grave y constante peligro) contra el mismísimo capo del lugar, que los mantiene bajo su aparente protección por un único y deleznable motivo (el niño tiene el mismo grupo sanguíneo que él, que es muy poco frecuente, y precisa su hígado para un trasplante). El niño es el primer y de hecho único amigo de Gibson en la prisión, y pronto se convertirán en aliados, y el mayor en protector del menor.

Está claro que el personaje, aunque viva imagen de la supervivencia y adalid del individualismo –él solo contra el mundo-, no por ello deja de hablarnos, para aquél que quiera acogerse a ese trasfondo temático, de la posibilidad de redención a través de la familia, una familia que, literalmente, salva de la muerte. Ecos bíblicos reverberan, sin duda, de semejante entramado argumental. Toscos, probablemente, degradados, si quieren, pero no por ello inválidos. Y buena prueba de ello es una bien llamativa imagen que se convierte en recurrente en la película: una efigie de una virgen, cuyo rostro es en realidad una calavera, estridente santuario ubicado en algún lugar del penal al que el niño, temiendo por su vida o por la de quienes más quiere, acude a rezar…


[Juan Orellana – Pantalla90]

Mel Gibson protagoniza, produce y co-escribe el guión de esta película con Adrian Grunberg, que además la dirige. Grunberg hasta ahora sólo había estado al frente de la segunda unidad de muchas producciones importantes e incluso había sido ayudante de dirección, como en el caso de Apocalypto, del mismo Gibson.

Rodada entre California y México, esta película de género carcelario cuenta lo que le ocurre a un delincuente norteamericano (Mel Gibson), de nombre siempre falso, que ha robado un banco y que es detenido tras una persecución en la frontera. El coche cae del lado mejicano, y los policías corruptos se quedan con el botín y encierran al atracador en una cárcel espectacular conocida como “El pueblito”. En realidad es un pueblo fortificado, con sus tiendas, negocios ilegales, prostitución, mafias, tráfico de drogas, calles y automóviles. La policía se limita a controlar desde las torres quién entra y quién sale. Al frente del pueblito están dos hermanos presidiarios, que manejan la mafia, Vázquez y Javi (Giménez Cacho). Este último necesita urgentemente un trasplante de hígado, y ha decidido arrebatárselo a un niño del pueblito, que tiene “compatibilidad” probada, ya que a su padre le mató Javi para arrebatarle el hígado hace años. Nuestro protagonista va a tratar de salvar al niño y a su joven madre de los planes letales de Javi y su hermano.

Lo primero que exige esta película es dar por buenas las infinitas inverosimilitudes que encontramos en su desarrollo. Ellas se podrían aceptar como licencias del género de acción, más que del thriller. Como todas las cintas que produce y protagoniza Mel Gibson, esta también conduce inexorablemente al lucimiento de la estrella, su destreza, inteligencia, su fuerza y sus primeros planos de estudiada ternura. Si el espectador es capaz de dar por buena esta segunda impostura, se encontrará con una historia rodada con fuerza, sumamente sórdida, muy moderna de montaje, y sin duda muy mejicana, no sólo por el idioma, sino por esa inmersión en el infierno en el que la vida no vale nada que ya retrató con maestría Iñárritu en Amores Perros. Bajo la tópica premisa narrativa del “hombre duro que esconde un corazón romántico” se esconde un planteamiento en el que el espectador se ve inducido a empatizar con un impresentable delincuente, que más que redimirse consigue vivir en paz, lo cual es una extraña moraleja bastante cínica.

En fin una película bien resuelta en la puesta en escena, pero enormemente tópica en sus planteamientos; muy ágil, pero para estómagos endurecidos, como cualquier proyecto del hiperviolento Gibson; bastante floja en cuanto a planteamientos ideales y antropológicos.


¡Debate esta película en nuestros foros!


1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Cargando…
Imprimir artículo Imprimir artículo

Etiquetas: , , , ,

Puedes dejar un comentario o enviar un trackback desde tu propio sitio.

Comenta en Facebook!

Deja un comentario

En cumplimiento de lo establecido en la Ley Orgánica 15/1999 de 13 de diciembre de Protección de Datos de Carácter Personal, le informamos que los datos de carácter personal que se faciliten y utilicen para escribir un comentario en nuestra web, quedarán incorporados en un fichero de titularidad privada cuyo responsable es la Associació CinemaNet, con domicilio en Calle Clot 187 en Barcelona CP: 08027, con la única finalidad de recibir y publicar sus comentarios.