Tabú

18/01/2013

La ausencia de color y la belleza de la fotografía nos sumergen en un mundo tal vez simbólico, tal vez onírico, donde las pasiones destruyen la vida pero dejan siempre un imperecedero poso de melancólica nostalgia por el amor perdido. Hay una mirada profunda que capta la hondura de las pasiones humanas, pero no hay justificación ni visión moralizante respecto de su comportamiento, describe sin juzgar y muestra el castigo sin ejemplarizar. Sin embargo su fuerza dramática, poética y evocadora se diluye en una visión confusa del sincero catolicismo, en un regodeo cansino en la aventura sexual de la protagonista aderezada con una explícita secuencia de cama.


ESTRENO

Título original: Tabu.
Dirección: Miguel Gomes.
Países: Portugal, Alemania, Brasil y Francia.
Año: 2012.
Duración: 110 min.
Género: Drama, romance.
Intérpretes: Ana Moreira (Joven Aurora), Carloto Cotta (Joven Ventura), Henrique Espírito Santo (Viejo Ventura), Isabel Muñoz Cardoso (Santa), Ivo Müller (Marido de Aurora), Laura Soveral (vieja Aurora), Manuel Mesquita (Mario), Teresa Madruga (Pilar).
Guion: Mariana Ricardo y Miguel Gomes.
Producción: Sandro Aguilar y Luis Urbano.
Música: Antonio Lopes, Miguel Martins y Vasco Pimentel.
Fotografía: Rui Poças.
Montaje: Telmo Churro y Miguel Gomes.
Dirección artística: Bruno Duarte.
Vestuario: Silvia Grabowski.
Distribuidora: Abordar – Casa de Películas.
Estreno en Portugal: 5 Abril 2012.
Estreno en España: 18 Enero 2013.


SINOPSIS

Tabú, obra que comparte nombre y turbadora fuerza poética con la visión de los mares del sur de Murnau, viaja del Portugal de hoy al África colonial a través de la historia de una temperamental señora, su doncella de Cabo Verde y una vecina de su mismo bloque en Lisboa. Cuando la anciana muere, las otras dos descubren un episodio de su pasado: un  cuento de amor, aventuras y crimen ocurrido en África.


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CRÍTICAS

[Mª Ángeles Almacellas – CinemaNet]

Lisboa, diciembre de 2010. Pilar, una mujer madura, profundamente creyente y comprometida con hacer el bien a los demás, está preocupada por su vecina, Aurora, una anciana pintoresca y con la cabeza no poco alterada, que vive al cuidado de Santa, una silenciosa negra de Cabo Verde. Aurora cae gravemente enferma y esta circunstancia será la ocasión de que conozcamos su vida pasada, cuando vivía en una granja de su propiedad en África, donde se casó y vivió una apasionante relación adúltera.

Miguel Gomes nos brinda una experiencia estética fascinante en blanco y negro. La ausencia de color y la belleza de la fotografía nos sumergen en un mundo tal vez simbólico, tal vez onírico, donde las pasiones destruyen la vida pero dejan siempre un imperecedero poso de melancólica nostalgia por el amor perdido.

La película consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera, la protagonista es Pilar, una mujer sola que se nutre en la fe y la oración y encuentra el sentido de la vida en la entrega a los demás. En la segunda, Gian Luca Ventura, ya anciano narra la historia de amor y muerte de Aurora –la anciana vecina de Pilar–. Sus recuerdos aparecen en escena como película medio-sonora (se oye la voz en off de Ventura, el ruido ambiente de las escenas y la música), medio-muda (vemos como hablan los personajes, pero nunca les oímos).

El título es ambivalente. Por una parte tiene algo de tributo a la otra Tabú, de Friedrich Wilheim Murnau, pero, además, Gomes juega con el término. Tabú es el nombre del monte –trasladado a África desde la Polinesia–, a cuyo pie se desarrolla el drama de la historia de Aurora, y que nos remite al concepto de “tabú” en las religiones polinésicas, cuya infracción implicaba el desencadenamiento de fuerzas mágicas destructivas por violación de lo sagrado. En la película, el “tabú”, lo sagrado, es el ámbito de la maternidad, la gestación del hijo del marido legítimo, profanada por el amor prohibido. Así, la película es la historia de un romance apasionado, capaz de violar lo sagrado, y que es castigado por los dioses.

La clave de comprensión de toda la historia, nos la ofrece, al principio, una breve proyección a la que asiste Pilar emocionada, en cine mudo, con una voz en off que explica lo que sucede en la pantalla, con el suave sonido de fondo de un piano. Es como una leyenda surgida de una antigua memoria colectiva: Un explorador blanco en un país de África, herido por una infinita pena de amor, decide suicidarse arrojándose al río de los cocodrilos, pues no es capaz de vivir sin su amada. Después, vemos el espectro de la amada junto al cocodrilo inmóvil y melancólico. El cocodrilo se convierte en símbolo de la nostalgia de los personajes y, tal vez, de todo hombre, por el amor perdido. El cocodrilo es la fuerza oculta de la pasión que nunca llega a ser totalmente dominada. Se lo recluye en un estanque, pero en el descuido de la noche, cuando todos duermen, se libera, como los sueños, y va hacia el amado, en busca del amor prohibido e imposible. Y quizá sea justamente eso lo que mantiene al espectador fijo en la butaca, identificado con melancólicas añoranzas dormidas en el fondo del alma.

En la película hay una mirada profunda que capta la hondura de las pasiones humanas, pero no hay justificación ni visión moralizante respecto de su comportamiento, describe sin juzgar y muestra el castigo sin ejemplarizar. Gian Luca y Aurora se dejan arrastrar por la fuerza de la pasión, pero reconocen su culpa y asumen las irremediables consecuencias, el “castigo de los dioses”. Sin embargo, la mera visión de la lógica interna de la destrucción personal de quien no respeta “lo sagrado” del hombre resulta, en sí misma, aleccionadora.

Película excelente, una auténtica obra de arte para deleite de los cinéfilos.


[Jeronimo José Martín – COPE]

Lisboa, entre el final de 2010 y el inicio de 2011. Ya madura, cinéfila y católica convencida, Pilar (Teresa Madruga) vive sola, pero sale de vez en cuando con el desencantado Mário (Manuel Mesquita) y dedica mucho tiempo a diversas causas sociales y al cuidado de su vecina Aurora (Laura Soveral), una anciana ludópata y algo demente. Ésta vive con la callada y paciente Santa (Isabel Cardoso), su negra criada de Cabo Verde, contratada por la hija de Aurora, residente en Canadá. Tras la muerte de la vieja dama, Pilar y Santa descubren su turbulenta juventud en Mozambique, cuando Aurora regentaba con su marido (Ivo Müller) una granja junto al monte Tabú. Allí, embarazada de su primer hijo, la mujer vivió una tórrida relación adúltera con el buscavidas Gian Luca Ventura (Carloto Cotta).

Este premiado melodrama del portugués Miguel Gomes (“A cara que mereces”, “Aquele querido mes de agosto”) está filmado íntegramente en formato 4:3 y en blanco y negro, y carece de diálogos en su parte africana, en la que sólo un tenue sonido ambiente acompaña a la permanente voz en off de un narrador. La película quiere ser un homenaje a “Tabú”, el clásico de 1931, dirigido por el alemán F.W. Murnau, con pasajes del estadounidense Robert J. Flaherty. Pero, en realidad, se trata de un culebrón pesado e irritante, cuya supuesta fuerza dramática, poética y evocadora se diluye en una visión confusa del sincero catolicismo de Pilar, en un regodeo cansino en la aventura sexual de Aurora —aderezada con una explícita secuencia de cama— y en unas opciones narrativas y estéticas que alejan al espectador de la historia.

Además, así como su planificación tiene personalidad, las interpretaciones —a pesar de los esfuerzos de sus prestigiosos actores— fluctúan entre la excesiva estolidez de la primera parte —titulada “Paraíso perdido”— y el artificioso histrionismo de la segunda, que se inicia con el rótulo “Paraíso”. No parecen justificables los numerosos galardones que ha recibido esta película, de vuelo muy corto en su triste inmersión en la vacía soledad de los personajes y en su incapacidad de controlar sus instintos más básicos.


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