Alfredo Landa, más allá del landismo

13/05/2013

[Daniel Arasa. Cinemanet]

Se cumplen ahora diez años. Cinemanet y el Grup d’Entitats Catalanes (GEC) de la Família dimos la Ola de Oro de los VIII Premios Cinematográficos “Familia” a Alfredo Landa por su trayectoria profesional. El jurado vio en él y en su obra valores humanos, familiares, cívicos, educativos.

Ahora, cuando hace pocos días fallecía Alfredo Landa ha sido unánime el reconocimiento de su calidad de gran actor. Incluso se ha remarcado que son muy pocos los actores o directores de cine que lleguen a dar nombre a un estilo cinematográfico, el landismo, aunque sea justo precisar también que tantas películas llenas de chicas en bikini y machos pueblerinos ansiosos de voyerismo y sexo era algo muy superficial. Cierto que con su humor, su gran vena cómica, desdramatizaba lo que allí se presentaba. Evidenciaba cuán ridículo fue aquello y, a la vez, era una manifestación de que la España de los años 70 había abierto las ventanas tras años de mantenerlas cerradas a cal y canto. De alguna forma Landa quiso años más tarde justificar y a la vez pedir excusas diciendo que el landismo era solo “semidestape” y que siempre intentó “no ser sucio”.

Al margen de la valoración que pueda hacerse de tal faceta y tales trabajos, Alfredo Landa era más que esto. No sólo en su trabajo de actor, verdaderamente espléndido en tantas películas, desde “Atraco a las tres”, “El puente”, “Los Santos Inocentes”, “La Vaquilla”, “Don Quijote”, y la serie del director José Luis Garci, con “Las verdes praderas”, “El Crack” y “El Crack II” y “Luz de domingo”, sino también en su base personal.

No tuve ocasión de entablar amistad con él, pero sí pude tratarle un poco, en especial a raíz de la concesión del premio. Ante todo considero fundamental decir que a su lado estuvo toda la vida, más de 50 años, una persona excepcional, su esposa Maite Imaz. Ella, desde la sombra, dirigió, impulsó, fue el sustrato fundamental para muchas cosas, moderaba su genio. Sin Maite no hubiera sido el mismo. Alfredo Landa amaba la familia, a sus tres hijos, fue fiel a su esposa. Y, además, estas cosas las exponía encantado, con su desenfado. En una entrevista dijo que “siempre he sido fiel a mi mujer. Ni se me ha pasado otra cosa por la imaginación”. Presumía de tal fidelidad, sin la menor concesión al qué dirán, en un mundo en el que precisamente parece habitual lo contrario.

Otro gran activo fue su independencia de espíritu ante muchos aspectos de la vida. Cualesquiera que fueran sus criterios, supo mantenerse al margen de la ideología para realizar su trabajo y llevar adelante su vida profesional. Chocó, o, mejor, superó por elevación otro de los “baches” frecuentes entre los cineastas de este país, no pocos de ellos más enganchados a la pancarta que al esfuerzo por el buen cine. Ya fuera en la etapa de Franco, o durante los mandatos democráticos de Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar o José Luis Rodríguez Zapatero, Alfredo Landa permaneció al margen de todos. Ni fue un turiferario del poder ni tampoco un selectivo detractor de unos u otros según su base ideológica.

La autenticidad le salía por los poros. Alabó en diversas ocasiones películas que le parecían sinceras, que buscaban la verdad de la vida.

También se declaraba católico sin ambages ni recovecos, aunque afirmaba que funcionaba un tanto a su aire: “Voy a misa cuando me da la gana. Y a lo mejor paso tres o cuatro años sin confesarme y, de repente, un día se me ocurre y lo hago”.

Decía las cosas tal como le salían. Con nosotros, a raíz del premio, se enfadó con razón porque la persona que debía recogerles a él y a su esposa en el aeropuerto se retrasó sin ningún motivo. En el libro “Alfredo el grande. Vida de un cómico”, en el que narra sus criterios y experiencias a Marcos Ordóñez, se muestra como un deslenguado, sin ahorrar críticas a otros como José Luis Dibildos y Paco Rabal.

Era, ciertamente, un deslenguado. Para todo.

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