Thérèse D.

03/10/2013

El testamento cinematográfico de Claude Miller, adaptación de la novela “Thérèse Desqueyroux” escrita por François Mauriac, resulta un filme desequilibrado y desconcertante, tan preciosista en sus imágenes como vacío de sentimientos,  planteamientos y conclusiones, que muestra el distorsionado anhelo de libertad de tantas y tantos, y su consiguiente pérdida del sentido moral más básico.


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ESTRENO

Título original: Thérèse Desqueyroux.
Dirección: Claude Miller.
País: Francia.
Año: 2012.
Duración: 110 min.
Género: Drama.
Interpretación: Audrey Tautou (Thérèse D.), Gilles Lellouche (Bernard), Anaïs Demoustier (Anne), Catherine Arditi (Sra. de la Trave), Isabelle Sadoyan (Tía Clara), Francis Perrin (Sr. Larroque), Jean-Claude Calon (Sr. de la Trave).
Guión: Claude Miller y Natalie Carter; adaptado de la novela “Thérèse Desqueyroux”, de François Mauriac.
Producción: Yves Marmion.
Música: Mathieu Alvado.
Fotografía: Gérard De Battista.
Montaje: Véronique Lange.
Dirección artística: Laurence Brenguier.
Vestuario: Jacqueline Bouchard.
Distribuidora: Golem.
Estreno en Francia: 21 Noviembre 2012.
Estreno en España: 20 Septiembre 2013.


SINOPSIS

En Las Landas, suroeste de Francia, las bodas se conciertan para unir tierras y familias. Thérèse Larroque se convierte en la señora de Desqueyroux, pero esta joven de ideas vanguardistas no respeta las convenciones de la clase burguesa. Para liberarse del destino que le ha impuesto su cuna, intentará vivir plenamente.


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CRÍTICAS

[Mª Ángeles Almacellas – CinemaNet]

Década de los veinte del pasado siglo, en la región de las Landas, en el sudoeste de Francia. Thérèse Larroque y Bernard Desqueyroux, herederos de grandes propiedades colindantes, contraen un matrimonio de conveniencia. Thérèse es una mujer un tanto peculiar, que no se adapta a las convenciones de su familia política, pero sin un auténtico desacuerdo de fondo. La vida transcurre tranquila hasta que, al conocer al joven portugués Jean Azevedo, amante de Anne, su cuñada y amiga desde la infancia, se abre ante ella un mundo seductor de pasiones e inquietudes intelectuales y siente despertar en lo más íntimo de su ser el rechazo del tedio en el que se está consumiendo a fuego lento y la añoranza de un cierto romanticismo. A partir de ese momento, empieza para ella la angustia de sentirse irremisiblemente encerrada en los estrechos límites de los convencionalismos y costumbres de la burguesía provinciana, y casi como una metáfora de su impotencia por romper las cadenas que la atenazan, planea envenenar a su marido. Cuando es descubierta, Bernard la protege y encubre para evitar el escándalo y preservar la buena imagen de la familia. Es absuelta en el juicio y su vida vacía continúa con límites todavía más estrechos que antes.

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En síntesis, se trata de un personaje que siente que su vida es un sinsentido sin horizontes y decide eliminar a su marido, cuya vida tampoco tiene horizontes, sin bien él parece estar satisfecho disfrutando de la caza y de sus propiedades. Finalmente Thérèse sólo consigue reducir todavía más el círculo opresivo de su vaciedad.

Hasta ahí, el argumento coincide con la novela homónima de François Mauriac, pero el planteamiento es distinto. La novela empieza en el momento en que Thérèse abandona la Audiencia donde su caso ha sido sobreseído. En el viaje que la lleva de regreso hasta su casa de Argelousse, en las Landas, recuerda su pasado y analiza los misteriosos motivos que la llevaron a querer envenenar a su marido: monotonía de la vida provinciana, aislamiento moral y sentimiento lacerante del vacío de su existencia.

Es curioso recordar que el mismo Mauriac declaró que para escribir “Thérèse Desqueyroux” se había inspirado en técnicas cinematográficas, como los flash-backs que van desvelando las causas y el desarrollo de la historia. Sin embargo Miller, al trasladar la novela al guión, lo hace con una narración lineal, empezando por la adolescencia de Thérèse. Y no sólo eso, sino que en la pantalla aparecen subtítulos con precisiones de fechas que ubican los hechos en momentos concretos, bien ordenados, con lo cual la atención por la acción pasa a un primer plano, en detrimento del drama interior de Thérèse, que, en realidad, es el tema de la historia. Por otra parte, la cronología que ofrece el film llega hasta 1930, mientras que la novela de Mauriac vio la luz en 1926, lo cual nos lleva a preguntarnos si esos subtítulos, que no aportan nada al relato, o, incluso más bien lo desvirtúan, no quieren denotar la separación o, mejor, la superación de la obra escrita de Mauriac por la obra cinematográfica.

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Por otra parte el trabajo de adaptación parece también haber encontrado no pocas dificultades con los largos y profundos pasajes introspectivos de Thérèse salidos de la pluma de Mauriac. En la película se convierten en una serie de breves diálogos explícitos sobre el estado interior de la protagonista, que acaban resultando más bien banales. El personaje, maravillosamente interpretado por Audrey Tautou, está lejos del original; carece de toda la profundidad del sentimiento obsesivo por su destino sin salida, que acaba despertando en ella la tentación de un crimen, y aparece como un ser frío, incapaz de sufrir ni amar (ni tan siquiera a su propia hija). Ella misma dice que tiene demasiadas ideas en la cabeza, pero el espectador no llega a saber cuáles son esas ideas. La Thérèse de Miller parece más una enferma mental que un ser atormentado porque se siente asfixiado en una existencia huera.

Muy buena película en cuanto a la técnica cinematográfica, pero bastante endeble narrativamente. Está filmada con un gusto exquisito y una fotografía bellísima. El estado de ánimo de los personajes queda subrayado a través de la luz, solar o crepuscular, siempre muy bien cuidada, y que traslada también al espectador el sentimiento de opresión, desconcierto o desánimo.

A quienes busquen gozar con la contemplación de una obra bella en la pantalla, les esperan dos horas de auténtico disfrute en la sala de cine. Pero, a quien la interese la historia humana de Thérèse Desqueyroux, ese personaje complejo y enigmático, le resultará más gratificante leer directamente la novela de Mauriac que ver la película de Miller.  

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[Jeronimo José Martín – COPE]

A principios del siglo XX, en las zonas boscosas del suroeste de Francia, Thérèse Larroque (Audrey Tautou) y Bernard Desqueyroux (Gilles Lellouche) se casan sin demasiado amor. Ambos pertenecen a familias de la alta burguesía provinciana, ansiosas por incrementar sus grandes latifundios de campos y pinos. Muy pronto, la inquieta, culta y atea Thérèse se harta de su religioso marido, cariñoso pero tosco, al que sólo apasionan sus posesiones y la caza. Esta peligrosa situación se agrava cuando la mejor amiga de Thérèse, su joven y romántica cuñada Anne (Anaïs Demoustier), se enamora de Jean Azevedo (Stanley Weber), un joven y libertino portugués, hijo mayor de una familia judía de la zona. Mientras esta relación dinamita la paz familiar, la desesperada Thérèse toma una decisión absurda, que la enfrentará con la justicia.

El cineasta parisino Claude Miller (“La mejor manera de andar”, “Arresto preventivo”, “La pequeña ladrona”, “Esa sonrisa”) falleció a los 70 años en abril de 2012, poco después de finalizar el rodaje de este extremado melodrama. Se trata de la adaptación de la novela homónima de su compatriota François Mauriac, publicada en 1927 y ya llevada al cine en 1962 por Georges Franju, bajo el título “Relato íntimo”. Su clásica puesta en escena capta la atención por su ambientación detallista, su decadente fotografía preciosista y su ritmo lánguido y contemplativo, aunque cansan sus fundidos en negro, reiterativos e insustanciales. En todo caso, el conjunto padece un guión demasiado expositivo y artificiosamente agobiante, sin una clara perspectiva moral ni verdadero calor humano, tampoco en un par de apasionados y explícitos escarceos sexuales. Esto se traduce en unos personajes contradictorios y distantes, a los que el notable reparto nunca logra acercar al espectador. Hasta la casi siempre brillante Audrey Tautou se contagia de la frialdad de la historia.

Quizás la clave de esos defectos radica en que la película —seguramente como herencia de la novela— nada y guarda la ropa respecto a su aparente exaltación del hedonismo liberador frente a la opresiva moral burguesa y católica de la época. A veces, parece que la película disculpa y hasta legitima el terrible delito de Thérèse, provocado por su enfermiza búsqueda del deseo y el placer, y su desprecio de la religión. De hecho, el último plano de la película va en esa línea. Sin embargo, en otras ocasiones, da la impresión de que Miller también se muestra crítico con su frivolidad —sobre todo respecto a su pequeña hija— y con la de Jean Azevedo, sintetizada en la cita que hace de “Los alimentos terrestres”, de André Gide. De hecho, el personaje de Bernard Desqueyroux —cuyas convicciones católicas le llevan a perdonar y a ayudar a Thérèse—, crece durante la película hasta convertirse en el más perfilado e interesante de todos. En todo caso, queda un filme desequilibrado y desconcertante, que muestra el distorsionado anhelo de libertad de tantas y tantos, y su consiguiente pérdida del sentido moral más básico.

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