Woody Allen y la tristeza de sus personajes

05/03/2014

[Julio R. Chico – Colaborador de CinemaNet]

Con ocasión del estreno de “Blue Jasmine”, quizá sea oportuno que nos aproximemos a los personajes de Woody Allen para mirar su verdadero rostro, y descubrir que una cosa es la apariencia y otra bien distinta lo que sucede realmente en su alma. Porque muchas veces su incontinencia y agudeza verbal no hablan de un vitalismo arrollador sino de un corazón que musita y llora. Y es que el cine del director de “La rosa púrpura de El Cairo” es un claro ejemplo de las paradojas y contradicciones que la posmodernidad encierra, siempre moviéndose entre lo racional y lo sentimental -como se ve en “Si la cosa funciona”-, entre la esfera más lastimera y terrenal y aquella otra que se evade al espacio de la imaginación. En un continuo deseo e insatisfacción existencial, en una permanente inquietud y zozobra del alma, los protagonistas de sus historias son habitualmente perdedores que caminan por el frágil alambre de la felicidad, seres que unos días viven de las fantasías más idealistas -ahí están esas excursiones mágicas de “Midnight in Paris”-, que otras veces se alimentan del recuerdo fatuo de un pasado que se niegan a dar por terminado -así es Jasmine en “Blue Jasmine”- o que de vez en cuando se encuentran sumidas en una depresión que requiere los cuidados del psiquiatra. Su inestabilidad anímica responde, por otra parte, a la clarividencia del cineasta sobre el destino al que el hombre está llamado y la constatación de la cruda y diaria realidad, entre tropiezos y debilidades manifiestas, entre sueños rotos y dilemas de conciencia de dudosa resolución.

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Consciente de la caducidad de lo terreno y de las altas aspiraciones a las que el espíritu humano está llamado, el cineasta neoyorquino se permite en ocasiones ascender a esos mundos de fantasía. Entonces toma la piel, por ejemplo, de Gil y le transporta a las ensoñaciones nocturnas de “Midnight in Paris” para huir de una realidad que no le satisface, en busca de un amor ideal que sólo se encuentra en el imaginario del creador (literario)… y así poder crear un universo donde todo cobre un sentido nuevo y donde las mismas palabras o notas musicales se carguen de un sentimiento renovado. En otras ocasiones, Woddy Allen decide tomar la dirección opuesta y adentrarse en los misterios de la mente, como hace en “A Roma con amor”, y descender al subconsciente de un oficinista gris que salta a la fama por un día, al de una ingenua pareja provinciana que sucumbe a las apariencias de la gran ciudad, al de un músico americano jubilado que se resiste a ser enterrado, o al de un estudiante de arquitectura que ve cómo su vida amorosa se tambalea cuando llega una astuta joven: todos ellos se evaden de la rutina diaria gracias a un golpe de azar, y sueñan con saborear la gloria o el placer de un momento… para después despertar y asumir lo efímero de la dicha.

Son seres que se preguntan por el sentido de lo que hacen -lo que no es poco, en nuestros días- y que viven con la angustia de la culpa o con la perplejidad de la duda. Son conciencias andantes que, a pesar de todo, se niegan a profundizar más allá de las apariencias… quizá por el vértigo que supone mirar más allá y por el miedo a lo que puedan encontrar, quizá porque el mundo de las certezas no sea bien visto por una sensibilidad artística imbuida de relativismo. El caso es que habitualmente se encuentran a medio camino entre el anhelo de algo mejor y el conformismo de quien se ve obligado a contentarse con lo que hay… con lo que se sienten obligados a renunciar a una felicidad mayor. Su moral es, por tanto, de circunstancias y de mínimos… con una actitud que les llevaría a esgrimir un “hagamos lo posible por no sucumbir a este mundo de miseria y mentira”. Son, por otra parte, personajes que se debaten entre el deber y la pasión, a veces con razones de índole moral, familiar o social que se ofrecen como control y freno a un deseo que se identifica con felicidad… y donde la religiosidad, la fidelidad o el trabajo ordinario quedan estereotipados -y en parte ridiculizados- al ser encarnados por personajes construidos como marionetas de la vanidad, del sexo o del sentimiento. Así es el universo de “A Roma con amor”, donde todo fluye y nada importa “si la cosa funciona” y si se ha tenido un instante de esperanza y satisfacción… aunque luego llegue la frustración y el conformismo.

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En sus películas, hablan mucho del amor y del desamor porque entienden que ahí está el quid de la felicidad, trascienden incluso al deseo físico y sexual para buscar el afecto y el consuelo para el corazón… pero el destino no les reserva más que cierto alivio cargado de nostalgia, porque ese sentimiento es pasajero y cambiante, porque deja un regusto de hiel… unas veces por su esencia epidérmica y otras por el miedo a perderlo. Al final, nunca pasan de ser unos fracasados en su empeño por alcanzar la dicha, hombres y mujeres tristes expuestos a la fortuna y al azar, esforzados luchadores en un mundo de mentiras y falsedades. En realidad, no son más que “mendigos del amor” que se esconden en un mundo de fantasía y que nunca llegan a saborear la belleza del amor porque “si eso es tan bonito… es que no es real” (como dice uno de los personajes en “A Roma con amor”). De ahí, el tono cínico e irónico del que habitualmente hace gala el director -muchas veces sus personajes son su alter ego-, empeñado en mostrarles la dulzura del amor para después dejarles la amargura de la infidelidad y concluir… que no merece la pena poner muchas expectativas en las cosas del corazón.

Estamos, de esta manera, ante un cine pesimista y sin apenas esperanza, con personajes sin convicciones firmes y con una alta dosis de desencanto y sarcasmo… cuando no de una superficialidad de la que no quieren salir, porque es preferible hacerse el longuis y no saber de los trapicheos o escarceos amorosos del marido -Jasmine es prototipo de esta actitud-, porque hay que conformarse con la condición de pertenecer a una clase inferior y no aspirar a los gustos refinados de la superior -Ginger, la hermanastra de Jasmine, es el mejor ejemplo-. Serán, por otro lado, figuras camaleónicas que se adapten a las circunstancias… forzando todo lo que sea necesario su conciencia -recordamos al advenedizo Chris de “Match Point” y la alfombra bajo la que meter cualquier sentido de culpa-, o incluso dando fin a sus días de manera dramática -ahí está el corrupto marido de Jasmine-.

Todos estos personajes, desde los individuos más sofisticados a los más vulgares, huyen hacia un futuro de ensoñación alejándose de un pasado de frustración, y todos carecen de un sentido moral sólido para ir dando tumbos conforme las circunstancias les dictan. Son, en definitiva, almas expuestas a la intemperie y a los vientos que soplen más fuerte, y por eso su felicidad es efímera y su alma está triste… porque quieren algo pero no lo logran alcanzar, porque aspiran a una meta pero no (se) conocen el camino, porque se niegan a trascender a realidades espirituales sin dejar de tener los pies en la tierra -no al modo en que lo hace Marietta, la caricaturesca madre de Melody en “Si la cosa funciona”-, porque se refugian en la palabra vaciada de contenido moral… y por eso no hablan como personas reales sino más bien como marionetas del destino.

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Un comentario

  1. Gloria Mª Tomás dice:

    Una crítica acertada del cine del genial, a pesar de los pesares, w.a, y un reflejo atinado de o que en parte nos esta pasando. Gracias y enhorabuena

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