La imagen perdida

25/04/2014

Película en la que el director da continuidad a su personal indagación sobre los horrores de los Jemeres Rojos que iniciara en 2003, esta vez con una fórmula muy singular: la recreación de la historia de su propia familia, narrada en off y recreada minuciosamente con tallas en madera de víctimas y verdugos. Aunque a veces es ardua de seguir, resulta fascinante por su original resolución, por su rotunda denuncia de la deshumanización que genera el comunismo y por su tono poético y reconciliador.


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ESTRENO RECOMENDADO POR CINEMANET

Título original: L’image manquante.
Dirección y guión: Rithy Panh.
País: Camboya y Francia.
Año: 2013.
Duración: 92 min.
Género: Documental.
Producción: Catherine Dussart.
Música: Marc Marder.
Fotografía: Prum Mésa.
Montaje: Rithy Panh y Marie-Christine Rougerie.
Distribuidora: Abordar Distribución – Casa de Películas.
Estreno en España: 11 Abril 2014.


SINOPSIS

Adaptación de secciones autobiográficas del libro de Rithy Panh publicado en 2013, “La eliminación”, que narra la historia de su familia antes y después de que los Jemeres Rojos entraran en Phnom Penh (Camboya). El régimen comunista de Pol Pot tomó la capital de Camboya el 17 de abril de 1975, cuando Panh tenía 11 años. Los ciudadanos fueron enviados a campos de trabajo y con la clara intención de eliminar las divisiones de clase, todos los efectos personales fueron confiscados y los individuos sustituidos por números. Las torturas y ejecuciones se convirtieron en moneda de cambio a la menor infracción. En un audaz salto imaginativo, la historia es representada mediante figuras de arcilla superpuestas en la narración.


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CRÍTICAS

[Jerónimo José Martín – COPE]

“Hay tantas imágenes en el mundo, que uno cree que ha visto todo, que ha pensado todo. Desde hace años, busco una imagen que falta. Una fotografía tomada entre 1975 y 1979 por los Jemeres Rojos, cuando dirigían Camboya. Una sola imagen no constituye una prueba del genocidio que llevaron a cabo, pero da qué pensar, invita a la reflexión, permite construir la historia. La he buscado en vano en los archivos, en los papeles, en los campos de mi país. Ahora sé que esta imagen debe faltar y que, en realidad, no la estaba buscando. ¿Acaso no sería obscena y sin significado? Así que la creo. Lo que ofrezco no es una imagen, o la búsqueda de una sola imagen, sino más bien la imagen de una búsqueda: la búsqueda que permite el cine. Ciertas imágenes deben seguir faltando por siempre, y deben ser reemplazadas por otras: en este movimiento está la vida, el combate, la pena y la belleza, la tristeza y los rostros perdidos, la comprensión de lo que fue, a veces la nobleza e incluso la valentía, pero nunca el olvido”.

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Con estas palabras describe el camboyano Rithy Pan (La gente del arrozal) su nueva propuesta, La imagen perdida, Premio a la mejor película en la Sección “Un Certain Regard” en Cannes 2013 y candidata al Oscar 2013 a la mejor película en habla no inglesa. Con ella, da continuidad a su personal indagación sobre los horrores de los jemeres rojos —organización comunista de inspiración maoísta—, que inició en 2003 con su magnífico documental S-21. La máquina roja de matar, en torno a la dantesca prisión de Tuol Sleng, en Phnom Penh. Esta vez opta por una fórmula arriesgada y singularísima: recrear la historia de su propia familia en esa época, narrada en off por Randal Douc a partir de un hermoso texto de Chistophe Bataille, y recreada minuciosamente con figuritas talladas en madera de las víctimas y sus verdugos. De este modo, rememora el golpe de Estado de 1975, la fundación por Pol Pot de la Kampuchea Democrática, la violenta consolidación de la dictadura comunista, los terribles campos de la muerte —donde se ‘reeducaba’ a los disidentes, como muestra la película Los gritos del silencio, de Roland Joffé— y el exterminio en cuatro años —de abril de 1975 a octubre de 1979— de dos millones de hombres, mujeres y niños, casi el 20% de la población del país.

Aunque a veces es arduo de seguir, el filme resulta fascinante y conmovedor por su original resolución formal —que acaba hipnotizando al espectador—, por su rotunda denuncia de la deshumanización que genera el comunismo y por su tono poético y reconciliador, en el que brilla con luz propia su exaltación del perdón como la mejor respuesta a la cruel y burocrática banalidad del mal, y como el mejor antídoto para que aquel infierno no vuelva a repetirse nunca más.



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