“Cuentos de Tokio”: El último viaje

04/06/2014

[Julio R. Chico – Colaborador de CinemaNet]

Shukichi y su mujer Tomi viajan a Tokio y Osaka para ver a sus hijos y a su nuera Noriko. Solo quieren comprobar que están bien y pasar unos días con ellos, aunque les incomoda que puedan significar una carga. Koichi es médico y tiene mucho trabajo, por lo que apenas puede acompañarles en su primer día; Shije también está muy ocupada en su peluquería, y además es un poco mezquina a la hora de dedicar su tiempo a sus padre, aunque sin duda les quieren. En cambio, Noriko (una gran Setsuko Hara), viuda de guerra pero aún joven, se muestra desde el principio encantada de acompañarles y da muestras de hacerlo con gusto. Para el matrimonio anciano (Chishû Ryû y Chieko Higashiyama les dan vida) son días de ir de aquí para allá y de salir de su inmovilidad (simbolizada por la montaña), de comprobar que la vida en Tokio no es fácil y que sus hijos no viven en una posición tan desahogada como creían, de cerciorarse de que los tiempos han cambiado y de que las nuevas generaciones han ido perdiendo la deferencia hacia los progenitores. No obstante,  no se lo echan en cara a los hijos, sino todo lo contrario.

Su estilo es inconfundible, con una cámara que se sitúa ligeramente por debajo del punto de vista de los actores -como si estuviera sentada a la altura del tatami-; con preferencia por los planos fijos y frontales que permiten a los personajes entrar y salir del cuadro y a la escena conservar su estabilidad emocional; con algunos pausados travelling de acompañamiento que siguen a los protagonistas en sus andares ceremoniosos, con miradas a cámara y al espectador que rompen la cuarta pared para interrogarles sobre el mundo que están construyendo; con elegantes elipsis narrativas y uso del estilo indirecto para contarnos lo sucedido; con una sutil y elegante ironía que no tiene un ápice de cinismo o pesimismo; con una estructura narrativa simétrica y cíclica que termina donde empieza y se alimenta de símbolos y premoniciones.

Sus personajes son positivos pero no ingenuos, de alma sensible pero no atormentada, y su presencia siempre desprende alrededor una sensación de paz y serenidad. No hay gestos ni diálogos fuera de tono, sus conversaciones son constructivas y comprensivas con todos, y a pesar de ello no llegan a ahuyentar al espectador con una sensiblería o un adoctrinamiento que hubiera resultado impostado. Son vidas auténticas y atractivas que responden al humanismo más sencillo y entrañable, con una sonriente Noriko que se nos presenta como el modelo que todas las suegras -y maridos- querrían para sí, con una mirada nostálgica hacia un pasado que no pretende recuperar pues interesa el futuro (a Noriko le dicen varias veces que se vuelva a casar), con una dosis de melancolía que a veces se ahoga en alcohol y otras en salidas para ver el monte Fuji. Ozu traza pinceladas sutiles de unos cuantos días en la capital nipona, días en los que no pasa nada especial (salvo un ligero e imperceptible mareo de la madre) pero que sirven para entender un cambio de mentalidad y una pérdida de valores espirituales.

Viendo “Cuentos de Tokio” resulta imposible no conmoverse con una realidad tan humana y delicada. Su tempo lento y parsimonioso, su ausencia de acción y artificio, y su calculada y oportuna música impiden, sin embargo, la carcajada o la lágrima fácil: en ese sentido, estamos ante una película tremendamente sincera y noble. No hay manipulación ni engaño en la propuesta, y sí una mirada sabia y sensible para entender las cosas de los hombres; una preocupación fundada para hablar de las relaciones de padres e hijos; un recuerdo para un tiempo pasado que si acaso no fue mejor sí presentaba una sabiduría vital; y un disfrutar del trato sencillo y humano. La poesía que desprende la película es un regalo impagable, con escenas cotidianas que alternan y descansan con planos del entorno natural o urbano de los que la vida parece recoger toda su fuerza.

Al final, es posible que el espectador regrese con el matrimonio a Onomichi -previa parada en Osaka para ver a su hijo Keizo- y asista a esos últimos momentos y a ese último viaje, porque el tiempo pasa muy deprisa (trenes, barcos, relojes son parte del repertorio de la cinta para hablar de ese dinamismo) y comprobar junto a su hija pequeña Kyoko y a Noriko -las dos únicas que no tienen ropa de luto- que nada nuevo hay bajo el sol naciente (ilustrativa y patética es la comida de despedida, tras el funeral), y que los hijos siguen siendo hijos y los padres siguen siendo padres.

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