Las dos caras de enero

19/06/2014

Elegante adaptación de la tensa, psicológica y decadente novela homónima, desarrollada con una factura clásica como hacía mucho tiempo no se veía en las pantallas de cine. Por su tono y su tema relacionados con el Mago del Suspense, la película le rinde numerosos homenajes indisimulados y, a pesar de algún exceso melodramático y alguna escasa definición de los personajes, contiene una buena intriga enmarcada en vistosas localizaciones y una sencilla reflexión moral contra la codicia.


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ESTRENO RECOMENDADO POR CINEMANET

Título original: The two faces of January.
Dirección: Hossein Amini.
Países: USA, Reino Unido y Francia.
Año: 2014.
Duración: 97 min.
Género: Drama, thriller.
Interpretación: Viggo Mortensen (Chester MacFarland), Kirsten Dunst (Colette), Oscar Isaac (Rydal).
Guión: Hossein Amini; basado en la novela de Patricia Highsmith.
Producción: Eric Fellner, Robyn Slovo y Tom Sternberg.
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía: Marcel Zyskind.
Montaje: Nicolas Chaudeurge.
Diseño de producción: Michael Carlin.
Vestuario: Steven Noble.
Distribuidora: Universal Pictures International Spain.
Estreno en Reino Unido: 16 Mayo 2014.
Estreno en España: 13 Junio 2014.


SINOPSIS

En 1962, una glamourosa pareja americana formada por el carismático Chester MacFarland y la bella y joven Colette se encuentra en Atenas durante unas vacaciones en Europa. En medio de una visita a la Acrópolis conocen a Rydal, un joven estadounidense que habla griego y trabaja como guía turístico, situación que aprovecha para timar a turistas ricas. Atraído por la belleza de Colette e impresionado por el dinero y sofisticación de Chester, Rydal acepta encantado una invitación a cenar, lo que le lleva a implicarse cada vez más en unos acontecimientos siniestros de los que no podrá liberarse.


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CRÍTICAS

[Jerónimo José Martín – COPE]

1962. El ya maduro vividor Chester MacFarland (Viggo Mortensen) y la bella y todavía joven Colette (Kirsten Dunst) son un glamouroso matrimonio estadounidense que disfruta de sus vacaciones en Atenas. Durante una visita a la Acrópolis, conocen a su compatriota Rydal (Oscar Isaac), un joven que habla griego y trabaja como guía turístico, situación que aprovecha para timar a incautas turistas ricas. Atraído por la belleza de Colette, e impresionado por el dinero y la sofisticación de Chester, Rydal acepta encantado la invitación de la pareja primero a cenar y después a hacerles de guía. Pero Rydal no tardará en descubrir que las apariencias engañan y que, debajo del afable exterior de Chester y Colette, se esconden oscuros secretos.

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Hacía mucho tiempo que no se estrenaba una película con una factura tan clásica como la de esta adaptación de la tensa, psicológica y decadente novela homónima de Patricia Highsmith, cuyo críptico título hace referencia a las dos caras del dios Jano. Con ella debuta como director el iraní afincado en Reino Unido Hossein Amini, aclamado guionista de películas tan dispares como Las alas de la paloma, Jude o Drive. Aquí despliega un nada disimulado homenaje a Alfred Hitchcock —que adaptó en 1951 Extraños en un tren, de Higshsmith—, evidente en el constante tono equívoco del guión, en el elegante tratamiento de todos los elementos sórdidos de la trama, en la languidez fitzgeraldiana de las transiciones y en una planificación y un montaje tan inquietantes como la espléndida banda sonora del donostiarra Alberto Iglesias, llena de referencias a los grandes temas hitchcockianos de Bernard Herrmann, unos de los compositores habituales del Mago del Suspense.

Al conjunto le sobra algún exceso melodramático de raíz psicoanalítica —sobre todo, en torno a la paternidad y la filiación—, ciertas espesuras narrativas y diversos pasajes más academicistas de lo deseable. Y, a pesar del buen hacer del trío protagonista, le falta un punto de intensidad emocional y un mayor desarrollo de los personajes, sobre todo de Rydal, que se queda corto respecto a las expectativas que genera. De todas formas, se trata de una buena película de intriga, de trama entretenida, con vistosas localizaciones griegas y turcas, y cuya sencilla reflexión moral contra la codicia alza el vuelo a última hora gracias a un vibrante desenlace en punta.


[ Mª Ángeles Almacellas – Colaboradora de Cinemanet]

Atenas, 1962. Una atractiva pareja americana, Chester MacFarland (Viggo Mortensen) y su joven y bella esposa Colette (Kirsten Dunst) están visitando la Acrópolis. Rydal (Oscar Isaac), un apuesto guía turístico estadounidense, no les quita la vista de encima. No queda claro si es que ha quedado embelesado por la atractiva Collette o es por la atracción de Chester, que le recuerda a su padre, recientemente fallecido y con el que nunca tuvo una buena relación. Rydal era un pícaro que, aprovechando sus encantos, se dedicaba a timar a turistas ricas. Pero con el matrimonio MacFarland no tardará en ser él mismo el más perjudicado por la relación. El triángulo amoroso se ve envuelto en una trama oscura de estafas y muertes.

El título “Las dos caras de enero” hace referencia al dios mitológico romano, Jano, habitualmente representado con dos rostros, uno vuelto hacia el futuro y el otro hacia el pasado. No obstante, se diría que está más bien inspirado en la frase de Camus en su novela “La caída”: “Una cara doble, un encantador Jano, y, encima, la divisa de la casa: No se fíen”. Sin embargo, los personajes, muy bien encarnados por tres magníficos actores, aunque ninguno de ellos es totalmente lo que parece, no llegan a ser tan ambiguos ni a sorprender al espectador. Y lo mismo sucede con la trama, totalmente lineal y sin gran capacidad de intriga. Paradójicamente, sí es capaz de mantener la tensión de principio a fin y resulta un thriller inquietante a pesar de no encerrar sorpresas. Hay que añadir que el desenlace final, que podría haber estropeado toda la película, está llevado con inteligencia, suficientemente moderado para sostener la emoción pero sin caer en excesos.

La ambientación, en la soleada y exótica Grecia de los años 60, es bellísima, la música muy adecuada, los personajes atractivos, y el argumento entretenido. El film permite pasar un buen rato pero no hay que pedirle gran cosa más.


[Josan Montull – Colaborador de CinemaNet]

Apariencias que engañan

La prolífica escritora suiza Patricia Highsmith es tal vez una de las autoras cuyas obras han sido más veces llevadas al cine. Creadora de un estilo negro personalísimo, en sus libros destaca la ambigüedad moral de sus personajes abocados a conductas éticas reprobables, sometidos a una tensión permanente en sutiles juegos de engaños que manipulan al lector hasta apasionarlo.

Highsmith domina a la perfección la intriga y fue precisamente el gran maestro del suspense, Alfred Hitchcock, quien llevó a la pantalla por primera vez una de sus novelas, “Extraños en un tren”. Años después llegaron “El talento de Mr. Ripley” de Anthony Minghella, “Mr. Ripley: El regreso” de Roger Spottiswoode, o “El amigo americano” de Wim Wenders, por poner varios ejemplos. Hasta la controvertida Liliana Cavani rodó “El juego de Ripley”. El debutante director iraní Hossein Amini presenta ahora “Las dos caras de enero”, basada en un libro de la Highsmith que ya había sido llevado al cine en otra ocasión.

La historia gira en torno a una feliz pareja norteamericana Chester MacFarlland (Viggo Mortensen) y Colette (Kirsten Dunst) que en 1962 están pasando unas vacaciones en Atenas. Casualmente se encuentran con otro americano, Rydal (Oscar Isaac), joven guía que malvive engañando a jóvenes turistas a las que encandila. Tras una cena en la que beben demasiado, en la habitación de Chester y Colette irrumpe el detective Paul Vittorio (David Warshofsky). De una forma involuntaria Chester mata a Vittorio y es descubierto por Rydal. Los tres deben emprender una huida en la que poco a poco irán descubriendo la cara oculta de cada uno de esos hombres.

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Hossein Amini dirige con pulso firme esta historia, rodada con un estilo clásico casi caligráfico. Hasta la música del español Alberto Iglesias recuerda a Bernard Herrmann, habitual compositor del cine de Hitchcock. El guión no se aparta ni un ápice del  argumento del libro y el suspense va ‘in crescendo’ a lo largo del metraje porque va dando giros y más giros desconcertando permanentemente al espectador que acaba rendido a la intriga de la historia.

Como es habitual en el cine clásico de suspense, nada es lo que parece. Los personajes van mostrando sus lados más oscuros conforme el vértigo de las dificultades va creciendo. Las mentiras permanentes provocan una desconfianza permanente del espectador que acaba sin saber quién es el bueno, el malo, el culpable o el inocente. Chester y Rydal van desnudando su personalidad a medida en que avanza la tensión. Su oscuridad moral les obliga a un continuo doble juego, a engaños y a autoengaños. Acaban siendo dañados sus propios trucos, se odian pero se necesitan. Y, en medio de ellos, la bella Colette, que despierta lo mejor y lo peor de cada uno de esos dos hombres, tensionando con erotismo la situación, jugando a un juego del que acaba siendo víctima.

A la película no le faltan momentos habituales en el cine clásico: persecuciones, registros y situaciones de suspense que se resuelven de un modo increíble. La escena de la estación de tren, por ejemplo, bien podría pasar por la de un film de los años 50.

Un thriller magnífico, entretenido, bien contado. Gustará a los amantes del género y a los que quieren divertirse en el cine con una historia interesante, sin aditamentos de efectos digitales. El espectador estará atento hasta el final, sabiendo que no puede perderse nada… porque los giros de esos hombres, profesionales del engaño en el que al final son atrapados, sorprenderán hasta el final. Y es que hasta en los villanos más canallas puede haber destellos de bondad.



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