Dos historias de Oscar y una leyenda negra

04/04/2016

El 16 de mayo de 1929, en el Hollywood Roosevelt Hotel de Los Ángeles, se celebró la primera ceremonia de entrega de los Oscars; y por primera vez en la historia del cine, se escuchó la voz de un actor en una película, Al Johnson en El Cantor de Jazz. El 14 de mayo de 1988, moría la Voz a los 82 años de edad, en Los Angeles; Frank Sinatra dejó huérfano el mundo de la música, pero también el del cine, al que aportó interpretaciones memorables; una de ellas le valió el Oscar. Y, de paso, una leyenda negra.

[Pepe Álvarez de las Asturias. Colaborador de CinemaNet]

El primer Oscar de la historia.

La primera frase que los espectadores pudieron escuchar en una sala de cine fue “¡Espera un minuto, espera un minuto, no has escuchado nada todavía! ¡Espera un minuto te digo! ¡No has escuchado nada! ¿Quieres escuchar ‘Toot, Toot, Tootsie’?” La voz era del actor Al Jonhson, que interpretaba a Jakie Rabinowitz, el hijo de un rabino ultra ortodoxo que decide seguir su vocación musical como el cantante de jazz Jack Rubin. En esa primera entrega de los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood, el Cantor de Jazz no recibió ningún Oscar, aunque sí un galardón especial por su contribución al cine; era la única película sonora de la noche.

CinemaNet Oscar Sinatra Hollywood clasico

Además de por su “mayoría silenciosa”, la ceremonia de 1929 fue muy diferente a como la conocemos en la actualidad: consistió en un sencillo banquete celebrado en un hotel, no hubo discursos, duró 45 minutos, los premios se conocían desde meses antes y ningún medio la retransmitió en directo (por primera y única vez, ya que en la segunda edición y en las ochenta y seis siguientes los premios siempre han sido retransmitidos en directo).

Esa noche estuvo llena de primeras veces: se entregó el primer Oscar a la mejor película (Alas, de William Wellman) y el primer Oscar al mejor director (Frank Borzage por El séptimo cielo) y el primer Oscar al mejor actor y a la mejor actriz (Emil Jannings y Janet Gaynor), y al mejor guión y a la mejor fotografía; y el primer Oscar honorífico (a Warner Bros), y el primer premio especial (a Charles Chaplin, por su genial versatilidad al actuar, escribir, dirigir y producir El circo). Y por primera y única vez se entregó el Oscar a los mejores efectos de ingeniería (a Roy Pomeroy por Alas, que posee, por tanto, un Oscar único), y también por primera y única vez se celebró la gala en el Hotel Roosevelt.

Desde aquella primera ceremonia, hace ya 87 ediciones, la estatuilla dorada conocida como Oscar (creada en 1928 por el escenógrafo Cedric Gibbons, aunque no fue “bautizada” hasta tres años después, cuando la bibliotecaria de la Academia, Margaret Herrick, decidió que se parecía a su tío Oscar) ha sido el objeto de deseo de todos y cada uno de los profesionales del cine; el becerro de oro que adoran, con envidiable fe, guionistas, compositores, directores artísticos, diseñadores, directores de fotografía, productores, editores, directores y actores. Un dios que tiene el poder, a veces milagroso e incomprensible para los mortales espectadores, de crear estrellas fulgurantes de la nada o de volver a encender estrellas apagadas durante años con renovado esplendor.

Y el ganador es… la Voz.

Una de esas estrellas que renació de sus apagadas cenizas gracias al tío Oscar fue Frank Sinatra. La Voz. Aunque, en esta ocasión, no necesitó cantar ni bailar para ganarse el aplauso del público, de la profesión y hasta de la crítica. Sólo necesitó actuar. ¡Y de qué manera! En 1953 el actor atravesaba una mala racha. Debido a sus excesos, escándalos amorosos y juergas varias con su “pandilla de ratas” (el Rat Pack, como bautizó Lauren Bacall a Sinatra, Sammy Davis Jr., Dean Martin, Peter Lawford y alguno más), su casa de discos había cancelado su contrato, no le llegaban ofertas del cine y había fracasado en la televisión.

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Entonces llegó De aquí a la eternidad (el peliculón de Fred Zinnemann, con Burt Lancaster, Deborah Kerr, Montgomery Clift, Donna Reed, Ernest Borgnine), que prometía ser una de las películas más importantes del año y, de paso, de la historia del cine (como así fue, ganando 8 Oscars). Sinatra luchó, suplicó por el papel del soldado Angelo Maggio; incluso llegó a ofrecerse gratis, consciente de lo que podría suponer para su carrera. Pero el productor no le quería. Además, el cantante no parecía el intérprete más adecuado para un personaje dramático de tanto calado. Sin embargo, finalmente consiguió el papel.

Dio lo mejor de sí mismo, que era mucho, y realizó una interpretación memorable, intensa, intuitiva, brillante. Y muy oportuna. De una tacada, ganó el Oscar al mejor actor de reparto, recuperó su condición de estrella y obtuvo la recompensa extra de la credibilidad como actor dramático. Los años siguientes nos dejó grandes interpretaciones en películas como De repente, Como un torrente y especialmente El hombre del brazo de oro, cuyo personaje del heroinómano Frankie Machine le valió una nominación al Oscar, esta vez como protagonista (le arrebató la estatuilla Ernest Borgnine por Marty; precisamente el actor que interpretó al sádico sargento que le “arrebató” la vida en De aquí a la eternidad).

La leyenda negra.

Hasta aquí la historia del primer y único Oscar de Frank Sinatra. Ahora viene la leyenda. Y lo que dice esta leyenda, color film noir, es que fueron sus conexiones mafiosas las que ayudaron al cantante en decadencia a conseguir el papel que le devolvió la gloria. Una leyenda que Mario Puzo recogió en su novela El Padrino y que el gran Francis Ford Coppola plasmó en la, para muchos, mejor película de la historia del cine.

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– “Hollywood te va a dar todo lo que le pidas” (Don Vito) – “Ya es tarde, empiezan a rodar la semana que viene” (Johnny Fontane) – “A ese Woltz le haré una oferta que no rechazará” (Don Vito). Nadie sabe a ciencia cierta si fue el padrino Moretti o Giancana o Lucky Luciano, o cualquier otro amigo mafioso de Sinatra quien hizo una oferta que no rechazó al productor de la Columbia para darle el papel de Angelo Maggio, y probablemente no lo sepamos nunca. “Para tener éxito hay que tener amigos; pero para tener mucho éxito hay que tener muchos amigos” decía el propio Sinatra. Lo único cierto es que la Voz se convirtió en el Actor y que en los archivos del FBI se conserva un expediente sobre Francis Albert Sinatra de 2.403 páginas.

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