Assassin’s Creed

23/12/2016

Justin Kurzel vuelve a dirigir a Michael Fassbender Marion Cotillard en una película de acción tan floja como poco recomendable: la trama enfrenta a una secta terrorista presentados como los héroes y a una caricatura de la Iglesia como los villanos absolutos.


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Título original: Assassin’s Creed
Dirección: Justin Kurzel
País: EEUU
Año: 2016
Duración: 108 min.
Género: Acción
Guion: Adam Cooper, Bill Collage, Michael Lesslie
Interpretación: Michael Fassbender,  Marion Cotillard,  Ariane Labed,  Jeremy Irons,  Brendan Gleeson,  Michael Kenneth Williams,  Charlotte Rampling, Carlos Bardem, Javier Gutiérrez
Producción: 20th Century Fox / Regency Enterprises / DMC Film / Ubisoft
Música: Adam Arkapaw
Fotografía: Jed Kurzel
Estreno en España: 23 de diciembre de 2016


SINOPSIS

Gracias a una tecnología revolucionaria que permite el acceso a los recuerdos genéticos, Callum Lynch (Michael Fassbender) revive las aventuras de Aguilar, un antepasado suyo que vivió en la España del siglo XV. Guiado por la doctora Sofia Rikkin (Marion Cotillard), Lynch descubre que es descendiente de una misteriosa organización secreta, los Assassin, y que posee las habilidades y los conocimientos necesarios para enfrentarse a los malvados templarios por el control del fruto del Edén.


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CRÍTICAS

[Guille Altarriba. Colaborador de CinemaNet]

“Assassin’s Creed” es mala, por ir al grano. El guion es ridículamente flojo, la trama se vuelve más aburrida conforme pasan los minutos y ni siquiera unos intérpretes normalmente infalibles como Michael Fassbender y Marion Cotillard salvan unos personajes sin carisma ni interés. Ahora bien, conviene hablar de “Assassin’s Creed” por los valores que presenta, o –más bien- por la ausencia de ellos.

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El cine –como la televisión o la música- es una herramienta de tremenda influencia, especialmente en los adolescentes. Alfonso Méndiz ya lo explicó aquí de forma magistral, así que no voy a extenderme en esta idea, pero quería recordarla para justificar el análisis del desastre cinematográfico que es “Assassin’s Creed”.

Al ser la adaptación de una saga de videojuegos muy popular y haberse promocionado como un blockbuster de acción, presumiblemente atraerá a las salas a no pocos jóvenes ávidos de espectáculo. Espectáculo encontrarán poco –apenas se salvan dos o tres secuencias de acción, aunque ésas sí que están rodadas con nervio y con coreografías trepidantes-, y valores aún menos. Por eso, vamos al lío.

“Assassin’s Creed” cae en lo que en oratoria se llama “falacia del hombre de paja”, una trampa retórica que consiste en caricaturizar la posición del oponente y atacar esta caricatura en lugar de su postura real. En este caso, la víctima de la falacia es la Iglesia, y la caricatura, los templarios.

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El guion de la cinta de Justin Kurzel basa su conflicto en el enfrentamiento en las sombras de dos poderosas organizaciones secretas: Assassins y templarios. Los primeros son una suerte de banda terrorista y relativista –su credo, repetido a lo largo del metraje, incluye entre otras lindezas “no hay verdad”, “no hay moral” y “no todos los hombres merecen vivir”- y los segundos, una caricatura de la Iglesia como una secta fanática y enemiga de la libertad.

Al jugar en dos líneas temporales -2016 y 1492-, los templarios del presente se identifican con la Inquisición de Torquemada y los Assassins, con los príncipes musulmanes que tenían tomada Granada. El resultado es que la Iglesia –y el reino de España- aparece como un grupo opresor y totalitario cuyo objetivo –ejemplificado en el macguffin que mueve la trama, el fruto del Edén- es suprimir toda libertad individual. Aunque no se trata aquí de refutar la película, conviene acudir un momento a una fuente fidedigna y ver qué se oculta realmente tras el espantapájaros construido en “Assassin’s Creed”:

Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. “Quiso Dios “dejar al hombre en manos de su propia decisión” (Si 15,14.), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección” (GS, 17)

Copiado y pegado, por cierto, del catecismo de la Iglesia Católica –es el punto 1730-. Pues eso.



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