Los del túnel

20/01/2017

“Los del túnel” es una idea genial convertida en ácida comedia: un grupo de sobrevivientes al derrumbamiento de un túnel ha de afrontar el día a día tras la tragedia, compartirán sus experiencias individuales y se plantearán retos ridículamente elevados: la risa y la crítica están servidas.


Título Original: Los del túnel
Dirección: Pepón Montero
GuiónJuan Maidagán, Pepón Montero
País: España
Año: 2017
Duración: 1oo min.
Género: Comedia 
Interpretación: Arturo Valls, Raúl Cimas, Natalia de Molina, Neus Asensi, Teresa Gimpera, Jesús Guzmán, Manolo Solo, Nuria Mencía, Marta Fernández-Muro, Enrique Martínez, Manel Barceló, Álex Batllorí, Violeta Rodríguez, Carmela Lloret, Abraham Fuya, Pol López.
Productora: Estela Films / Pipa Film / Pólvora Films
Fotografía: Frederick Elmes
Música: Carles Cases
Estreno en España: 20 de enero de 2017


SINOPSIS

Un grupo de ciudadanos corrientes queda atrapado en un túnel de carretera durante un tiempo, parte del techo se había desprendido. Tras la dura experiencia, las víctimas del desastre traban amistad y quedan para cenar con frecuencia. Juntos pretenden superar los problemas vitales que en solitario jamás lograron resolver. Víctor, miembro del grupo, verá esta situación con otra perspectiva.


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CRÍTICA

[Jaime Pérez Laporta. Colaborador de CinemaNet]

Esta no es una película recomendada por CinemaNet. Sobre todo si vais al cine en familia: no es la comedia que uno espera, ni mucho menos. La película parece una comedia de aventuras, aunque comienza por el final de la aventura: la trama se desarrolla después del rescate a los atrapados en un túnel medio derrumbado en una carretera.

A partir de ese momento, el grupo estará unido por una especie de vínculo extraño, una comunidad que florece a partir del sufrimiento compartido. Un par de policías, un delincuente, una familia adinerada, un matrimonio de ancianos con su hija viuda (pierde al marido en el túnel), un comercial, una pareja homosexual de mediana edad, un inmigrante sudamericano, una adicta a la marihuana… todos conforman un elenco muy variopinto y, aun así, parece que nada los detiene en su búsqueda colectiva de la felicidad.

El espectador está acostumbrado a que las tramas se terminen en su momento más álgido: y fueron felices y comieron perdices. Pero esta película es ingeniosa en su planteamiento: lo que sucede después de las perdices merece la pena ser contado. Hasta aquí, nos encontramos una historia original. Pero tenía que ser una comedia y, como en toda comedia, la risa tenía que hacer acto de presencia. Al final, la rutina después de un suceso excepcional es, por ser aburrida, digna de ser ridiculizada.

Esta ridiculización ofrece una perspectiva irónica del alma humana: las comunidades, las familias, o las amistades a veces se edifican sobre secretos, mentiras y defectos. Debido al amplio abanico de personalidades que conforma el grupo, el guión produce chistes muy diversos: básicamente va repartiendo a todo el mundo, sin distinción de clase, sexo o actitud moral.

La risa es muy saludable (salvemos la comedia, por supuesto), es fundamental para poder deshacerse de los mitos que genera el cine, sobre todo el más idealista, el que está más despegado de la realidad (el más americanista). Pero “Los del túnel” no cede en su acidez y, cuando pretende disolver los mitos inútiles para el ser humano, acaba disolviendo toda esperanza a costa de un par de carcajadas extra: esas carcajadas que dejan mal sabor de boca porque después sólo está la nada.

En el fondo, el hecho de poder reírse de todo el mundo parece un objetivo en sí mismo, pero acaba dando lugar a una postura cínica ante la vida, pues nada ni nadie se salva del ridículo, nada ni nadie puede salvarnos del ridículo de la existencia. El túnel suele ser una metáfora de las crisis existenciales o de la muerte misma, el objetivo es llegar al otro lado donde está la luz y se termina la angustia, la película ofrece una visión matizada de esta metáfora.

Sin destripar demasiado la historia, “Los del túnel” no es sólo un saco de risas, es un batido de cinismo recién preparado que, una vez se toma, ya puede uno torcer un poco el gesto y creerse superior al resto del mundo, arrastrando los pies por el mismo camino. Arturo Valls, productor del filme, debe de estar orgulloso, pero no tanto por los millones que pueda recaudar en taquilla (no tengo ni idea de eso), sino porque ha logrado, sin alejarse de su humor vulgar y estentóreo, una obra existencialista en toda regla.

Raul Cimas, Nuria Mencía, Enrique Martínez o Carmela Lloret realizan un trabajo interpretativo extraordinario, encarnan sus papeles cumpliendo a la perfección con el objetivo de la película: les otorgan a sus respectivos personajes esa ironía necesaria para poder dar a entender al público las absurdas pretensiones del ser humano. Recuperando, como dijo Valls, el espíritu de aquella exitosa serie “Camera Café” que convertía a todos los oficinistas, fuera cual fuera su posición en la empresa, en objeto de risa.

Para aquellos que quieran enfrentarse a un planteamiento de la vida que dista mucho de ser optimista o trascendente, ésta es su película. No es recomendable verla en familia, pero sí que lo es para entender el alma del artista español, y en definitiva, del europeo. Esa alma que ha emprendido su proyecto de destrucción de viejos ídolos sin erigir nada valioso y bueno que pueda sustituirlos.


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