Frankenstein es una sobrecogedora película escrita y dirigida por Guillermo del Toro adaptando la novela del mismo nombre de Mary Shelley. El subtítulo de dicha novela era -y es- el Moderno Prometeo. Y es que el simbolismo con el mito griego es tanto más adecuado a medida que pasa el tiempo desde su publicación en 1818.
Prometeo es un Titán de la mitología griega que se rebeló frente a los dioses al robar el fuego del Olimpo y pasarlo a los humanos. Zeus le castiga y le encadena en unas montañas. Allí, el rebelde Titán es herido diariamente por un águila que le devora el hígado, pero siempre se regeneraba por la noche al ser un inmortal.
Fue la primera obra de Mary Shelley iniciando así el género de ciencia ficción cuando apenas contaba con18 años. Tanto la obra como la película puede calificarse de ciencia ficción gótica. Queda enmarcada también dentro del género romántico por sus paisajes sombríos y sus emociones intensas, explorando pasiones humanas, miedos, virtudes y bajezas.

Extraña y contundente, esta novela escrita en forma epistolar, sabe plasmar a la perfección los dilemas humanos sobre el sufrimiento humano y la identidad personal; el sentido de la vida y de la muerte; los límites del conocimiento humano y de la ciencia; la responsabilidad ética; la esencia del ser humano y su dignidad intrínseca; la soledad y la necesidad de pertenencia; los prejuicios y las apariencias; la bondad o maldad humanas inherentes o fruto de las relaciones con el mundo y sus experiencias; la eternidad, la inmortalidad, el alma, Dios etc…
La autora sufrió en su vida situaciones muy difíciles como la muerte de su hija y la pérdida de su esposo, ahogado en el mar, quedando viuda con apenas 24 años. Y aunque la novela que tratamos es recordada como icono de novela de terror es más bien un análisis desgarrador de ese fuego de los dioses que en manos de los hombres puede llevar a escalofriantes consecuencias.
La historia está contada a través de las cartas del capitán Robert Walton, un joven que emprende un viaje desde Inglaterra hasta el Ártico. El barco encalla en la nieve y, en la espera, acogen a un hombre herido, Víctor Frankenstein, que se convierte en amigo del capitán y le cuenta su vida. Su pasión por la ciencia y por crear vida le llevará a diseñar un ser vivo a partir de restos de muertos, pero al aparecer deforme y falto de inteligencia, será tal su horror que lo abandonará. Esta criatura pasará por distintas vicisitudes buscando a su creador y matando a los de su entorno que se interpongan en su camino.
Con 9 nominaciones a los Óscar, 8 a los Globos de oro y 9 a los Bafta, junto a la nominación al León de oro del festival de Venecia, se perfila como una gran candidata para pasar a la historia del cine.

Estupendos los intérpretes: Óscar Isaac, Jacob Elordi y Mia Goth especialmente. Magistral puesta en escena, luz y color, en contrastes de ambiente gótico. Espectaculares escenas repletas de ternura y terror a partes iguales en un difícil equilibrio entre ambiente dramático y romántico a la vez. Todo ello bien conjugado por una banda sonora envolvente y una puesta en escena extraordinaria con efectos especiales en consonancia con la historia.
Sobra decir que, para quien suscribe, la violencia cruda y el exceso de sangre siempre es un error en el cine; considero que el arte está para sugerir más que para mostrar… En cualquier caso, en esta cinta es salvable por ser el tema de la muerte algo esencial. Aunque hay un aumento de violencia sangrienta estilo “gore”, muy intensa con respecto a otras películas, incluye también una violencia más emocional y devastadora provocada por el abandono y la soledad de la criatura. Esta última es más acorde con la novela que explora este terreno con diversidad de matices.
En la película el monstruo no es quien provoca el terror físico, no es una venganza meditada y asesina lo que le impulsa, como en otras versiones. Es una súplica de comprensión, compañía y amistad llevada al extremo de la locura. Una novedad interesante en esta adaptación tan singular que permite explorar tantas soledades indeseadas de la sociedad actual y tantas patologías inherentes al sentimiento de abandono y rechazo social.
En la novela la criatura no tiene nombre. Como señala la filósofa Adela Cortina hablando de este personaje, es un desgraciado porque se le ha creado con afán de felicidad, pero sin un semejante con quien establecer vínculos. Y es que solo tenemos la posibilidad de ser felices juntos, conjugando un nosotros, con un sentido de pertenencia.

Me ha gustado la película de del Toro a pesar de las diferencias con la novela, o más bien debido a estas diferencias. No soy partidaria de las adaptaciones excesivas en las películas basadas en obras literarias, pero diría que, en este caso, la mejora si cabe. Así ocurre con las modificaciones en torno al contexto familiar, de amistad o de la relación de Víctor con Elizabeth; el mayor protagonismo del capitán del barco; la humanización del monstruo o las variaciones en torno a las distintas muertes que se producen en la historia… Pienso que estas variantes respecto a la novela la enriquecen por varios motivos: La humanización del monstruo, por ejemplo, permite mayor profundidad en las reflexiones en torno a la naturaleza humana y su destino; el contexto familiar del científico permite explicar mejor su crueldad o su ambición desmedida rayando en la demencia y, sobre todo y en especial, la reconciliación final inesperada entre creador y criatura.
Me lanzo al spoiler para quienes deseen conocer la mayor variación de la película respecto de la novela. En efecto, Víctor es capaz de pedir perdón al final de su vida. Libera al monstruo de un vagar sin sentido por una vida condenada a ser vivida pero ya sin odio… Tal vez falta mayor evolución en el modo de ser de Víctor para ese final tan abrupto pero lo cierto es que el brillante científico -y auténtico monstruo-, acaba llamando hijo a la criatura y le da su nombre: “Lo siento. Perdóname, hijo mío… Perdona tu propia existencia”. Y estremece oír de boca del desgraciado engendro su respuesta: “Víctor, te perdono” junto con un beso en la frente. En esa escena es la primera vez que ambos se tocan con afecto. Víctor coge la mano de su criatura que se sienta en la cama junto a él hasta que muere. Nada de esto se recoge en la novela. Es una escena emotiva y magistralmente narrada. Solo se tienen el uno al otro. Ya no queda nada más. Todo quedó destruido a su paso y ambos se arrepienten.
La bondad de la creación de Víctor se muestra en varias escenas, en especial en la primera salida de la torre donde fue creado. Camina asombrado por entre los árboles, bañado por la luz del sol, como un nuevo Adán, y se encuentra con un precioso ciervo. Es su primera sonrisa, come y da de comer al animal… Un paraíso al que pone fin el tiro de un cazador destrozando este bonito encuentro. Un preludio de la violencia a la que se tendrá que enfrentar la nueva criatura en el mundo de los hombres.

Hay otras escenas maravillosas que no están en la novela como por ejemplo la muerte de Elizabeth y su despedida del monstruo al que muestra su amor: “Que mejor forma de apagarme que con tus ojos mirándome”. En la novela ella no lo conoce, mientras que en la película lo trata y se llena de compasión por lo que descubre tras sus ojos, tal vez la inocencia del primer hombre.
En la película aparecen muchos detalles de ternura, en medio de la crudeza de la narración, que son magistralmente mostradas como la de la relación de amistad entre el anciano ciego y la criatura, a la que llama “el espíritu de los bosques”. La necesidad del monstruo por hacer favores a la familia y la generosidad con que se lo pagan le permiten conseguir algo de paz.
El monstruo, producto de muertos, es admitido como amigo y encuentra un hogar… Aprende también ahí a leer y los rudimentos de la sabiduría humana a través de los libros y de la experiencia de este anciano que le enseña que perdonar y olvidar son la esencia de la verdadera sabiduría.
Es interesante la búsqueda de su identidad. Cuando el monstruo descubre quién es, grita desesperado su condición de desecho pues se reconoce al fin como un resto de muertos. Sin embargo, el anciano tendrá la respuesta pacificadora: “eres un buen hombre y eres mi amigo”. Una persona solo puede amarse si es amada.

Escalofriante es el frío y la soledad que siente de continuo. Por eso cuando Víctor se niega a crearle una compañera, como en el primer Paraíso, responderá: “si no me das el amor entonces me entregaré a la ira”. Sin embargo, el monstruo no desea hacer daño, sólo desea la ternura y el cariño de alguien, de una humanidad que se lo niega una y otra vez. “Grité tu nombre y comprendí que estaba solo” señala cuando, al encontrar a su creador, recuerda el incendio provocado por él. También, cuando los miembros de la familia del anciano lo creen su asesino le tirotean, al volver a revivir, dirá desesperado que se encuentra más solo que nunca. Efectivamente se le ha negado incluso el don de la muerte.
En la novela, la criatura se quita la vida para desaparecer puesto que no es inmortal. Construyendo una pira funeraria donde quemarse vivo para que nadie pueda recrear sus cenizas. Tras la muerte de su creador, ya no tiene propósito su existencia. En la versión de 1931 muere en un incendio provocado por unos aldeanos.
En la película parece que el engendro no puede morir, pero tras la reconciliación y el restablecimiento del vínculo con su creador, hay un atisbo de esperanza: La escena final liberando al barco encallado y mirando al sol del amanecer, pese al corazón roto, se presta a diferentes interpretaciones. Quiero pensar que remite a un vivir sin rencores y dispuesto a seguir mostrando su bondad. La ha descubierto y la ha experimentado en algunos pocos que se han cruzado por su vida… pero sería demasiado bonito. Estamos ante un drama humano que provoca un sinfín de reflexiones: Hasta qué punto el ser humano sabe lo que hace cuando juega a ser Dios. No es posible desconocer los horrores que puede provocar la soberbia y la ambición humanas y sin embargo sigue habiendo creadores de monstruos que, sin ser ciegos a la realidad, solo sirven a su ambición destrozando vidas humanas a su paso. Bienvenidas sean las obras literarias y cinematográficas que, como la presente, nos recuerdan la verdad de lo que somos.







