Basada en una novela de George Sessions Perry, su título original es The Southerner. Este novelista norteamericano inició su andadura literaria inspirado en John Steinbeck y J. Frank Dobie. En efecto, el trabajo más reconocido de Perry fue Hold Autumn in Your Hand de 1941 y recuerda el costumbrismo realista de Steinbeck. George Sessions Perry capturó la cultura algodonera Texana como ningún otro escritor. Muerto prematuramente a la edad de 46 años sus obras siguen siendo, como escribió un crítico, la mejor imagen que tenemos de la cultura algodonera preindustrial del estado: “un mundo de agricultura de subsistencia y el ritual de plantar y cosechar durante todo el año”.
En esta cinta el protagonista es Sam Tucker, un trabajador del algodón que consigue adquirir un terreno propio. Sus sueños en beneficio de toda la familia serán difíciles de conseguir porque tendrá que enfrentarse con dificultades sin cuento por el clima implacable, la salud y unos complicados vecinos.
En esta novela, ambientada durante la época de la Gran Depresión, acompañamos durante un año de su vida a un agricultor arrendatario. Un hombre amante de la tierra que, con todas sus penalidades, logra recuperar siempre la esperanza de una vida armoniosa junto a ella. La adaptación cinematográfica de 1945, dirigida por Jean Renoir, transmite esa lucha, con sus sinsabores, en un lenguaje cinematográfico pionero en su época. Renoir logra elaborar un estupendo guion junto a Hugo Butler y una magistral dirección que se vio ampliamente reconocida.

Aunque el film no contó con grandes estrellas, no defraudan en absoluto las interpretaciones de Zachary Scott y Betty Field, como la pareja protagonista, así como la abuela de la familia interpretada por Beulah Bondi. La música de Werner Janssen pone un contrapunto lírico a esta sencilla película en la que el virtuosismo de la fotografía de Lucien N. Andriot acaba por transformar en obra de arte.
La obra obtuvo tres nominaciones al Óscar en 1945, año de su estreno: Mejor director, BSO (drama o comedia) y sonido. Ese mismo año logra el reconocimiento de la National Board of Review (NBR) al mejor director y llega al Top 10 mejores films del año. Un año más tarde logra el León de Oro a la mejor película en el Festival de Venecia.
No en vano es un film del gran maestro Jean Renoir, nacido en París en 1894 y fallecido en Beverly Hills en 1979. Este director, guionista y actor francés fue digno hijo de otro famoso artista: el pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir. Para muchos críticos su obra cinematográfica ha sido esencial en la historia del cine francés entre 1930 y 1950 siendo preludio de la nouvelle vague y, en concreto, de la obra de François Truffaut entre otros notables cineastas europeos. Y es que el maestro Renoir pasó del realismo al naturalismo y desde ahí facilitó el camino al neorrealismo posterior.

Su exilio americano tras la ocupación nazi de Francia le llevó a adquirir la nacionalidad estadounidense. Y, aunque no fue sencilla su adaptación al mundo del cine de Hollywood, logró aceptables películas de encargo. Finalmente, tras viajar a la India rodó una obra maestra, El río, en 1951. El influjo de esta obra en el cine de la India será evidente: color, serenidad, contemplación, humanismo desencantado…
El sureño o el hombre del sur es pues una maravillosa película del maestro Renoir, repleta de secuencias sencillas bien estructuradas y cargadas de emociones descarnadas y a la vez atravesadas de lirismo. Es una película convertida en canto de amor a la tierra, a la familia, al trabajo, a los amigos y al Creador. Como explicaba el cineasta francés, “yo veía una historia donde solo hubiera protagonistas, una historia en la que cada elemento desempeñara brillantemente su función, en la que las cosas y los hombres, los animales y la naturaleza, se unieran en un inmenso homenaje a la divinidad”. Y a fe que lo consigue, sobrecogiendo el corazón en muchas secuencias donde se trasluce el alma tras los cuerpos cansados.
En efecto todo se une en este canto coral: los seres humanos y la fuerza de la naturaleza salvaje bien reflejados por un blanco y negro estilizado, el uso del agua en las imágenes, o los pasajes humorísticos en la ciudad que tanto recuerdan a John Ford. Renoir agradeció los consejos de William Faulkner, escritor estadounidense, reconocido mundialmente por sus novelas experimentales y galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1949 «por su poderosa y artísticamente única contribución a la novela contemporánea estadounidense». Su estilo narrativo bien se puede ver reflejado en el film del gran innovador del cine como fue Jean Renoir.

Destaco algunas ideas sobre el cine de Renoir, recogidas de un artículo del crítico Francisco Javier Zubiaur, que son perfectamente reconocibles en esta película emblemática:
- El odio no está presente en su obra, pues, como afirma Renoir, “siento cómo se despierta en mí el deseo de tocar con mis manos a mi prójimo…, siento en el corazón de los hombres un deseo de conocimiento”.
- Renoir no escenifica historias sino temas, respecto a los cuales el guion no es más que su apoyo físico. Así sucede con el agua y los pantanos (como temas visuales y plásticos), con la caza (como tema dramático y moral) y con la metáfora del hombre y de la máquina, que irrigan toda la obra de Renoir.
- Dirige a los actores como si los amara más que a las escenas que interpretan. Como Chaplin, Renoir obtiene de un rostro o de una mirada una verdad desgarradora.
- La calidad pictórica de su obra, que no reside en la composición de la fotografía, sino en la calidad de su mirada y en la actitud que adopta respecto a las apariencias. Plásticamente, la pantalla se asimila al lienzo de un cuadro.
- El realismo sobre seres, cosas y hechos, no sobre situaciones o desarrollos dramáticos. Realismo en la autenticidad de las relaciones humanas; en la exactitud de los detalles, producto de la imaginación y de la observación de la realidad; en las tomas de la cámara y en el guion, muchas veces improvisado.

En efecto, como dirá el mismo autor, el realismo social es para él una manera de experimentar y probar la permanencia del hombre y de sus problemas. La evidencia moral de su obra aflora por medio del amor, de su sensibilidad, de su familiaridad con las cosas y las gentes.
Así pues, es una obra que merece ser vista, contemplada, con los ojos de quien sabe que se trata de acariciar la realidad, de valorar la cotidianidad, de amar la vida con todo lo que conlleva. Solo así podemos dar sentido pleno a lo que parece más intrascendente y seremos capaces de ver ahí los destellos del misterio de Dios como señaló León XIV en su audiencia a los representantes del mundo del cine. En dicha audiencia animó a los directores cinematográficos a no huir de los misterios de la fragilidad pero también les alentó a ser artesanos de la esperanza.
En Jean Renoir el concepto de esperanza será un tema recurrente en su obra cinematográfica. Basta ver La gran ilusión de 1937 para confirmarlo. Sin dejar de mostrar las miserias y tragedias del ser humano y sus circunstancias siempre dejaba rendijas por donde vislumbrar pequeños rayos de luz.







