Hay una frase mítica: «Cuando el cine supera a la ficción», y la película La residencIA lo demuestra. Si las primeras películas futuristas fueron sobre informática y luego sobre redes sociales, ahora llega el género de la inteligencia artificial, que dicen será el que haga las películas del futuro: no se necesitarán actores, ni directores, ni guionistas.
Hay dos películas importantes de este nuevo género: Her, de 2013, sobre la relación romántica con la voz femenina de un sistema operativo, y El hombre perfecto, que ganó los premios Lola de Alemania en 2021 y se puede ver en Amazon Prime Video, para demostrar que quizá dentro de cincuenta años las mujeres puedan vivir sin hombres.
La residencIA es una película futurista que ya es casi una realidad: una mujer está escribiendo un libro con un asistente virtual. En su habitación, la pared es una pantalla donde se reciben llamadas de teléfono y, al terminar la conversación, en unos segundos no solo soluciona los problemas de aquella llamada, sino que dialoga con la escritora e intercambian datos. No hay que tocar la pantalla; a distancia se puede acceder a ella. Es un edificio que recibe sus mercancías de comida por un dron; se abre la puerta de cristal donde ella vive, a través de un agujero que hay allí. En el edificio hay robots que son como perros, vigilando quién sale; todo está controlado. No es una residencia normal, es algo más. Los creadores de la inteligencia artificial querían conseguir algo más del ser humano: captar sus emociones, en este caso las de esta escritora, que está vigilada por todos lados y a la que le exigen escribir cada día un mínimo de caracteres. Lo que va escribiendo se puede escuchar con la voz de su hijo ya muerto, porque están grabadas escenas de cuando estaba vivo; alucinante.

La inteligencia artificial solo quiere entrar en el cerebro de esta mujer y escanearlo; después no importa si se pega un tiro o se suicida, ya tienen lo que quieren. Una película donde prácticamente solo aparece la actriz Cécile de France, con 54 películas en su haber y con una gran interpretación. Los secundarios salen en pocas escenas y el largometraje solo decae en la última media hora, aunque con un final de antología.
Sin ser una gran película, es necesario verla para entender lo que nos espera en el futuro y, aunque no deja de ser una ficción, sí es capaz de demostrar lo que se nos avecina con la inteligencia artificial, que puede utilizar al ser humano como conejillo de indias para intentar tener también emociones.
Con una puesta en escena fría y precisa, Yann Gozlan regresa al terreno del thriller paranoico con un relato situado en un futuro muy cercano, donde la tecnología promete comodidad y acompañamiento, pero también vigilancia y control. La propuesta de Gozlan convierte el proceso creativo en un espacio de tensión: ¿quién escribe realmente cuando una inteligencia artificial se convierte en interlocutora, editora y espejo? Una película que explora el límite entre la creatividad, la intimidad y la intrusión de la inteligencia artificial.
Película impactante que te hace pensar mucho al salir de la sala y ver que, para muchos seres humanos que no quieran entrar en el sistema, la única solución sería vivir en una isla, en plena naturaleza, sin móviles, sin internet y respirar vida. Película necesaria para meditar.







