En los Premios Óscar hemos visto, a lo largo de los años, grandes películas que han puesto el foco en personas con “discapacidades diferentes”, relatos que han logrado conmover tanto al público como a la crítica. Ahí están títulos como CODA: Los sonidos del silencio (2021), Una mente maravillosa (2001), Forrest Gump (1994), Rain Man (1988) y Alguien voló sobre el nido del cuco (1975).
I Swear, candidata a los Premios BAFTA como mejor film británico, logró alzarse con el galardón a mejor interpretación, destacando el trabajo de sus dos protagonistas tanto en la infancia como en la adolescencia. Su guion, historia, narrativa, montaje y fotografía lo tienen todo. Reino Unido, ese gran país capaz de producir cine sólido y profundamente humano, vuelve a demostrar su maestría.
Esta es la historia real de John Davidson, diagnosticado con Tourette a los 15 años. Desde ese momento, su adolescencia quedó marcada por la incomprensión. Señalado como “loco” por sus compañeros, aislado y convertido en objeto de burlas, luchó contra una condición que pocos habían presenciado y que casi nadie entendía. Nadie sabía realmente en qué consistía su enfermedad. En casa, sus propios padres lo obligaban a comer aparte porque gritaba, ofendía y tiraba la comida de manera incontrolable. El dolor no venía solo de los síntomas, sino también de la vergüenza y el aislamiento.

La primera vez que salió con una chica lo hizo acompañado por la madre de ella; a mitad de la cita, ambas se marcharon debido a los insultos involuntarios de aquel adolescente incapaz de dominar sus impulsos. Su vida era un caos constante, un auténtico campo de batalla contra sí mismo y contra una sociedad que no tenía herramientas para comprenderlo. Todo cambió cuando conoció a una mujer bondadosa que trabajaba con enfermos mentales. A ella le quedaban seis meses de vida. Sin embargo, lejos de encerrarse en su propia tragedia, decidió entregarse a los demás. Le brindó amor, cariño y comprensión. Le ofreció un hogar y lo invitó a vivir con ella y su familia, convirtiéndose en una figura crucial en su vida. Cuando hay tanto amor, todo parece sanar; incluso ella llegó a curar su cáncer, como si la película quisiera subrayar que el afecto y la empatía pueden desafiar cualquier pronóstico.
A partir de ese momento, la historia trasciende lo individual. Muchas familias con hijos que padecían este problema conocieron al protagonista, y él comenzó a dar conferencias a padres y en colegios, transformando su dolor en una herramienta de concienciación. La policía lo detenía cuando, en medio de un tic incontrolable, golpeaba a alguien sin intención, sin comprender que se trataba de una enfermedad. La sociedad no entendía por qué estas personas gritaban o decían palabrotas por la calle; ignoraba que detrás de esos actos había una condición neurológica y no una falta de educación o de respeto.

El Imperio británico le otorgó una medalla por su labor, reconociendo así su esfuerzo por visibilizar el síndrome y tender puentes entre quienes lo padecen y quienes lo desconocen. Es una película que no solo habla de una enfermedad, sino también del amor, la dignidad y la vida. Es, además, un homenaje a las familias que conviven con esta realidad día tras día.
Es una película que atraganta, que atrapa y que, por momentos, provoca ganas de salir de la sala porque lo que muestra es demasiado real, demasiado crudo. No es una película convencional; es una obra necesaria para comprender mejor a quienes viven con una enfermedad permanente. Su director, Kirk Jones, ha logrado que su obra entre en las 2.000 mejores de la historia según mi ranking personal.
Incontrolable (I Swear) ya se ha convertido en el título mejor valorado por el público en salas del Reino Unido desde que existen registros, según las encuestas de salida de Comscore PostTrak, situándose incluso por encima de éxitos como Bohemian Rhapsody, Top Gun: Maverick o Parásitos.







