Nos llega la segunda película de Julia de Paz, ganadora del prestigioso Festival de Tallin. Una película dura que retrata la separación de unos padres y la visión de su hija en época adolescente. Mientras trata de adaptarse a su nueva situación, Carmela anhela pasar más tiempo en casa de su padre, un artista plástico a quien admira e idolatra.
Su directora retrata muy bien la visión de una hija y su proceso catártico, sus ansiedades, su rabia, sus miedos y las dudas de su padre: si es un maltratador o un buen padre. Hay pocas películas que entran en la mente y la visión de los hijos y sus procesos ante la separación de unos padres, que en muchos casos son traumáticos. Con una actuación brillante, la actriz Kiara Arancibia y el resto de secundarios están a gran altura. La película tiene momentos de silencio para plasmar mejor esta historia, que está muy bien narrada.
La buena hija nace de la necesidad de dejar de mirar hacia otro lado y poner el foco en una violencia profunda y silenciosa: la que atraviesan los hijos e hijas de mujeres víctimas y supervivientes de la violencia machista, cuyas voces siguen siendo poco escuchadas y reconocidas. El amor —fraternal, incondicional, adolescente y entre mujeres— atraviesa toda la película, en diálogo constante con el no-amor y el mal querer, como motor de resistencia y posibilidad de cambio.
Película profunda y, como dice el título, es una buena hija, y es tal el amor que siente por su padre que ve lo que puede ver, a pesar de las dudas sobre si es un buen padre o un mal padre. La adolescente se refugia en su abuela, como tantas abuelas que hacen un papel importante para escuchar y acompañar. ¿Cómo es posible que esta película, brillante por la temática y lo bien plasmada que está, no haya sido seleccionada por la cantidad de festivales que hay en España: Goya, Feroz, Forqué?







