Lecciones de buen amor es una película española de 1944 dirigida por el gran director español Rafael Gil. La obra, calificada por él mismo como de “ternura suavemente satírica”, se basó en un texto del Premio Nobel Jacinto Benavente. Tras la guerra civil, Gil dio un giro a sus obras que dejaron de ser solo de intriga o de humor para ser una crítica social de calado más profundo sin dejar por ello la comedia. La unión entre ambos artistas estaba servida siendo, a su vez, de algún modo “denostados” por motivos ideológicos ajenos a su arte. Y es que el Arte no debería ser medido por criterios ideológicos sino de belleza, su verdadero fin expresivo. No en vano “la belleza es, de todas las cosas, la que menos necesita explicación” al decir de Santayana, filósofo, ensayista, poeta y novelista español. Las expresiones fuera de contexto en las últimas galas de nuestros Goya son un ejemplo de este tipo de deformación centrada en el pensamiento único, capaz de adulterar el arte convirtiéndolo en arma ofensiva.
La película narra la vida de Federico, un frívolo abogado cuya historia cambiará al tener que hacerse cargo del hijo de un amigo que atraviesa dificultades matrimoniales. Al no saber cómo cuidarlo contará con su secretaria para atender al pequeño sobre todo ante una súbita enfermedad inesperada. Esta situación va despertando en él un cariño auténtico hacia el chico y, progresivamente, hacia su empleada haciendo frente a las malas lenguas por su relación tan estrecha. Las difamaciones, cada vez más agresivas, surgen de la prometida de Federico. La diferencia entre ésta mujer adinerada y egoísta frente a la sencillez y generosidad de su secretaria le hacen ver la verdad de su auténtico amor sobre el que apenas había reparado hasta ese momento.
Una película que, no solo es un retrato de la vida cotidiana de los años 40, sino que nos hace reflexionar sobre las relaciones humanas de calidad, sobre la familia y los valores universales del amor y del sacrificio siempre unidos cuando se busca el bien del otro. Se retrata con humor y ternura la capacidad de transformación que todo hombre puede alcanzar cuando se enfrenta a la vulnerabilidad de los otros y a su propia responsabilidad.

Rafael Gil añadió situaciones, personajes y escenarios distintos a los del texto original que ayudan a profundizar en el costumbrismo de la obra. Tuvo un notable éxito tanto de público como de crítica. En el 2015 la filmoteca se ocupó su restauración y vista hoy día, dentro de la ingenuidad propia de la época, no deja de ser un exponente de un cine español que tuvo especialistas y artesanos grandiosos para los medios con que se contaba en plena postguerra.
Rafael Rivelles y Pastora Peña, nos llevan de la mano a una época repleta de esperanzas, nostalgias y penurias. Junto a ellos los extraordinarios Manolo Morán, Juan Calvo y Milagros Leal. Destaca también el equipo habitual de Gil: en la dirección de fotografía tenemos a Alfredo Fraile; en la escenografía contamos con Enrique Alarcón y en la música la composición de Juan Quintero Muñoz. Entre todos consiguen el ambiente adecuado para describir esas “lecciones de buen amor” a través de sencillos planos de estilo pictórico y un diseño visual y sonoro que hacen del film una pieza documental de la sociedad de entonces.
Rafel Gil fue productor, director y guionista español y su obra abarca más de cuarenta años en los cuales rodó sesenta y ocho películas, muchas de las cuales se basaron en obras literarias de renombre. Su primera película de 1941 se basó en la novela de Wenceslao Fernández Flórez y se tituló El hombre que se quiso matar. Su primer éxito fue Eloisa está debajo de un almendro basada en la novela del mismo título de Enrique Jardiel Poncela. Supo adaptar a grandes literatos como Lope de Vega, Galdós o Blasco Ibañez (la película que comentamos es precisamente una muestra de ello) y además cultivó el cine histórico y religioso.

Entre sus premios la Concha de Plata al Mejor Director y de Oro a la Mejor Película por La guerra de Dios (1953) en el festival de cine de san Sebastián. Obtuvo el León de Bronce en el Festival internacional de cine de Venecia también por esta misma película. En el año 1954 recibe también el premio David O’Selznick por La Guerra de Dios en el Festival de Cine de Berlín. Obtuvo también las Medallas del círculo de escritores cinematográficos por la película La Fe con el premio especial a la dirección (1947) y por el mejor director en Mare Nostrum (1948). Entre sus otras obras conocidas de esta primera época destaca El clavo (1944), Don Quijote de la Mancha (1947), La calle sin sol (1948) y La Señora de Fátima (1951).
Un cineasta que, de haber nacido en otro país, sería considerado de los grandes. En España, como hemos apuntado anteriormente, el arte no ha conseguido deambular con independencia de las ideas o posturas políticas de sus creadores y es este uno de los casos más representativos. Reivindicar a uno de nuestros directores cinematográficos más representativos es de justicia. Porque las ideologías, como señaló Paulo Freire, tienen que ver directamente con el encubrimiento de la verdad, con el uso del lenguaje para ofuscar la realidad que nos vuelve miopes.
Por su parte Jacinto Benavente fue un dramaturgo, director, guionista y productor de cine español. Prolífico autor teatral, que en 1922 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, tiene su obra más representativa en Los intereses creados (1907), una comedia en la que combina magistralmente la crítica y la sátira en los temas sociales y costumbristas. Personalmente realizó una adaptación de su célebre Los intereses creados en 1911. Según los historiadores de cine, es la mejor traslación a la pantalla de una obra suya.

Con 172 obras en su haber, cultivó todo tipo de géneros y reflejó todo tipo de ambientes por lo que sus obras son un desfile de tipos humanos de lo más variopintos. Se le considera renovador del teatro del siglo XX dado que introdujo el realismo y la naturalidad en los diálogos alejándose del sentimentalismo anterior. Supo cultivar una elegante crítica social, no exenta de ironía, junto a la cual trataba también conflictos psicológicos, con un retrato acabado de las pasiones y ambiciones de los protagonistas implicados tanto femeninos como masculinos. Experto en dar relieve dramático a lo más ordinario, sabía dotar de poesía a las acciones más comunes de sus historias. Se dice que con su obra El nido ajeno (1894) se abrió un nuevo periodo en la literatura española.
La trayectoria vital de Jacinto Benavente no ha estado exenta de polémicas por sus actitudes acomodaticias en los entornos sociopolíticos de su época. Al igual que con Gil, las ideologías han marcado su sello sobre el arte de uno de los literatos españoles más reconocidos del anterior siglo. Es curiosa la anotación que se recuerda en la Filmoteca Española sobre esta película al señalar que Lecciones de buen amor se realiza “con la colaboración del propio Benavente, “recuperado” no sin iniciales reticencias por el Régimen tras sus discretas veleidades izquierdistas durante la 2ª República y la Guerra, que firma los diálogos e incluso visita los Estudios Ballesteros durante un rodaje que tiene lugar entre el 17 de septiembre y el 13 de diciembre de 1943”.
Así pues la versión fílmica es una adaptación bastante fiel de la célebre comedia en tres actos Lecciones de buen amor, con la que Jacinto Benavente había retornado a los escenarios en 1924, dos años después de la obtención del Premio Nobel de literatura. Gil tuvo la libertad para desarrollar a su gusto la adaptación, pero contó con la aprobación del mismo autor.

Sus obras teatrales han servido por tanto de inspiración al arte cinematográfico tanto en España como en México. Entre ellas destacan El bailarín y el trabajador (1936), repleta de números musicales o La malquerida (1949), un drama intenso sobre la familia escrito en 1913. En Lecciones de buen amor (1944) hay un claro afán pedagógico a la vez que construye una comedia satírica en torno a los conflictos familiares y de clases sociales. Soltura, ingenio y perfección en los diálogos son algunas de las características bien presentes en todas sus obras. Se le ha comparado con Oscar Wilde en este sentido.
Como señala el centro virtual Cervantes, un aspecto esencial en el teatro benaventino es su valor como documento de una época, de un tiempo concreto. Gentes, costumbres, sentimientos, preocupaciones, ideas de más de medio siglo de la vida española, son descritos perfectamente por este autor emblemático. De la mano de Gil, su obra queda inmortalizada para la posteridad, con una frescura que todavía hoy permite ser contemplada con gusto. Remarco “contemplada” porque para algunos su obra murió con él, para otros su actitud moralizante era difícil de soportar y no faltan quienes critican su escamoteo de la acción frente a la narración. Contra gustos no hay nada escrito, se suele decir. Ya se sabe, se dice que mientras los americanos hacen épica de sus bandoleros, los españoles denigran a sus héroes.
Sea como fuere, tenemos una obra cinematográfica realizada por uno de nuestros grandes directores que fue acompañada y seguida por un dramaturgo Premio Nobel, también español, en cuya obra se basaba. No es una combinación fácil de encontrar. Y sin embargo una obra que casi se pierde para la posteridad erosionada por el tiempo y el olvido. Ojalá la Filmoteca logre rescatar otras joyas del siglo pasado que nos permitan valorar nuestra historia con sus virtudes y defectos.

Convertida en Arte, será siempre signo elocuente de una humanidad que intenta salir de su mediocridad creando belleza. Y es que como escribió el activista Marcus Garvey: «Un pueblo que desconoce su historia, origen y cultura es como un árbol sin raíces». Al decir del cantautor Ricardo Arjona: “Lo que las ideologías dividen al hombre… El amor con sus hilos los une en su nombre”. Esa debería ser la función del Arte y no otra cosa. Crear belleza que armonice y cree lazos en una sociedad que peligra en sus autoengaños ideológicos.
Por suerte hay un monumento en los jardines del Retiro de Madrid dedicado a Jacinto Benavente, obra de Victorio Macho, precursor de la escultura contemporánea española. Belleza llama a belleza. Por su parte desde el 2023, en el paseo Bernat Ortolá de Benicasim, un busto de bronce recuerda a Rafael Gil. Un homenaje a la “huella de luz” de un cineasta español que también supo trascender la cotidianidad iluminando caminos de esperanza. Ojalá en nuestro arte cinematográfico y literario no olvidemos lo que dijo otro gran literato español, Gustavo Adolfo Bécquer: el espectáculo de lo bello, en cualquier forma en que se presente, levanta la mente a nobles aspiraciones.








