Un relato semiautobiográfico que transcurre en un solo día en Lagos, la inmensa y vibrante metrópolis nigeriana, durante la crisis electoral de 1993, un periodo marcado por la incertidumbre, el miedo y la fractura social. La historia sigue a un padre, distanciado emocionalmente de sus dos hijos pequeños, mientras viajan juntos por la enorme ciudad en una jornada que parece sencilla pero que, poco a poco, se convierte en un recorrido cargado de tensión. La inestabilidad política y el caos en las calles amenazan su regreso a casa, transformando el trayecto en una travesía física y emocional donde cada decisión pesa.
La película se adentra en el trauma familiar y social desde lo íntimo, moviéndose en un ambiente opresivo, frágil y contenido, donde los recuerdos, las miradas y los silencios tienen tanto peso como las palabras. Su lenguaje visual y narrativo responde a una construcción casi poética que oscila entre el realismo crudo de un país herido y una dimensión onírica que pertenece a la memoria incompleta, como si los acontecimientos estuvieran filtrados por el recuerdo de la infancia. La ciudad no es solo un escenario, sino un personaje más que respira, late y condiciona el destino de todos.
La película ha tenido muchos premios, entre ellos en el Festival de Cine de Cannes 2025, en la prestigiosa sección Un Certain Regard, donde Akinola Davies Jr. se hizo con la Mención Especial del Jurado, consolidando su voz como una de las más personales y sensibles del cine contemporáneo africano.

Película extraña, hipnótica por momentos, y hay que estar muy atento desde los primeros minutos para ver si el padre es real o un fantasma, si está presente físicamente o si es una figura construida desde la memoria y el deseo. Esa ambigüedad aporta una capa adicional de lectura que invita a la reflexión y al debate. Bellas imágenes de África, de sus gentes, de sus comidas, de los mercados bulliciosos y de los barrios que mezclan precariedad y dignidad, permiten ver el drama social de muchos personajes que aparecen de forma fugaz pero significativa. Cada rostro parece contar una historia propia.
Destaca la bella estampa del padre y sus dos hijos viajando en una motocicleta junto al chofer que los lleva, los cuatro montados mientras avanzan entre el tráfico y el ruido de la ciudad. Es una imagen poderosa y simbólica: la fragilidad de una familia sostenida en equilibrio en medio del caos. En una escena, pasa una mujer de raza negra vestida con un llamativo vestido rojo, evocando inevitablemente aquella película mítica La mujer de rojo (1983)
La sombra de mi padre tiene dos tipos de público: a quienes no les gusta nada por su ritmo pausado y su ambigüedad narrativa, y a otros a quienes les entusiasma precisamente por esa misma razón. Es una obra que no busca complacer, sino provocar una experiencia sensorial y emocional. Pero, sin duda, es mejor esta historia de paternidad compleja, honesta y dolorosa que ver la clásica americanada de turno.







