Tenía 95 años y una enorme y celebrada carrera que le valió el reconocimiento de la crítica y el aplauso del público. Robert Duvall resumía toda una generación en la estirpe de los mal llamados secundarios, cuando, en realidad, eran inmensos intérpretes capaces de brillar sin salirse de su lugar. Un sitio difícil, pero, por gente como él, no ingrato.
Muchas veces, la mayoría, la alusión a las películas suele limitarse a la mención de sus protagonistas, incurriendo en un reduccionismo más que injusto. Cuando se fija la mirada en la persona de Robert Duvall, es una obligación dejar de lado ese mal hábito, puesto que el recientemente fallecido actor pertenece a esa estirpe de los mejores de una línea para la que ni los términos “secundarios” o “de reparto” aciertan a precisar el vocablo inglés “supporting” que pretenden traducir.
Nació el 5 de enero de 1931 en San Diego y, después de estudiar y cumplir el servicio militar, decidió dedicarse a la interpretación, para lo cual recibió formación en Nueva York. En aquellos tiempos, compartió piso con un par de compañeros que algo tendrían que decir, poco más adelante: Gene Hackman y Dustin Hoffman. Los primeros pasos de Duvall no fueron muy distintos al del común, pasando del teatro inicial a la televisión. Por su aspecto tímido, de temprana alopecia y eficacia discreta, los galanes quedaban descartados, el estrellato no era una opción y, desde luego, ni él lo esperaría.

De los tres amigos, fue el primero en dar el salto a la gran pantalla. Debutó sin decir una palabra en la adaptación homónima de una de las cimas de la literatura universal, “Matar un ruiseñor”, merecedora de la misma consideración en celuloide. Durante esa década, integró los repartos de numerosas películas, algunas de las cuales, por unos motivos u otros, han servido de definición de una era de cambio, caso de “La jauría humana” (1966), “Bullitt” (1968) o “Valor de ley” (1969). En ellas, sus papeles fueron desiguales en extensión, importancia y estilo, pero sirven para hacerse una idea de la ductilidad de Duvall. Con la naturalidad como distintivo principal, sirvió de bisagra entre la era clásica que terminaba y la moderna que se abría paso y excelente en ambas. Sus personajes eran a menudo silenciosos, con un punto amenazante, latente, acentuado por sus ojos pequeños y la sonrisa malévola que asomaba sobre su mandíbula, capaces de llevar a cabo papeles atormentados –“Llueve sobre mi corazón” (1969)–, sin escrúpulos –“Network, un mundo implacable” (1976)– y cínicos –“Confesiones verdaderas” (1980)–, algunos de los cuales, en la madurez, llegarían a ser abiertamente más bruscos.

En 1972, participó en “El padrino”, sin lugar a dudas, una de las mejores películas de la historia del cine, donde interpretó al ‘consigliere’ de la familia Corleone, Tom Hagen. Este título fue la puesta de largo para varios integrantes de la nueva generación y sirvió también para reimpulsar algunas carreras. Duvall supo brillar desde la discreción, como era su costumbre, resultando candidato al Oscar. Repetiría personaje en la segunda parte de la película, dos años más tarde, aunque no en la tercera, por discrepancias económicas. Repitió las órdenes de Francis Ford Coppola en “La conversación” (1974) y compuso, también para él, uno de sus papeles más recordados: el del coronel Kilgore de “Apocalypse Now” (1979). Apenas unos minutos en pantalla y una frase emblemática –“Me encanta el olor a napalm por la mañana”– lo han convertido en todo un símbolo del cine sobre la guerra de Vietnam, siendo reconocido con una nueva nominación al Oscar, la segunda de un total de siete.

Curiosamente, a pesar de haber desarrollado la mayor parte de su trabajo fuera de la primera línea, la Academia lo premió con la preciada estatuilla por uno de sus pocos papeles protagonistas, en “Gracias y favores” (1983), donde interpretaba a un cantante country alcoholizado y destruido. El sombrero de ala ancha fue un fiel acompañante en muchos títulos ambientados en el oeste, como la mencionada “Valor de ley” (1969) –con John Wayne–, “En nombre de la ley” (1971) –con Burt Lancaster–, “Joe Kidd” (1972) –con Clint Eastwood–, “Open Range” (2003) –con Kevin Costner– o, en televisión, “Paloma Solitaria” (1989) y “Los protectores” (2006), por citar algunos ejemplos.

En coherente continuidad con el bagaje previo, desde la década de los ochenta, la presencia de Robert Duvall ha seguido incrementando valor a cada título en que aparecía, subiendo el listón a películas de todo tipo, desde las de enormes presupuestos a las más modestas. Allí donde estuviera, había garantía de entretenimiento, calidad y trabajo bien hecho. Los años le dieron, además, un matiz de sabiduría, un halo que invitaba a acercarse y escuchar. Siempre se aprendía, tanto dentro de la pantalla como fuera de ella, prueba de lo cual ponía de manifiesto en presentaciones y entrevistas: sin alardes, sin excesos, únicamente con la discreción, la verdad y la experiencia como argumentos.

Echar la vista atrás y comprobar en cuántas obras señeras ha participado da una idea no sólo de su grandeza, sino de lo fructífero que fue el período que le tocó vivir, con tanto talento concentrado y la inmortalidad como denominador común. Si afortunado fue Robert Duvall por ese entorno, no menos lo fue el entorno por Robert Duvall, un actor talentosísimo, con los pies en el suelo, que da verdadero significado a la profesión y fundamental en la historia del cine.







