¿Puede Cristo ser tema para el cine? El arte cristiano ha representado durante siglos la vida, la pasión y la muerte de Jesús. Pero el cine no es simplemente pintura en movimiento, y precisamente ahí residen tanto su oportunidad como su riesgo.
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Cada vez que, especialmente durante la Semana Santa, vuelven a proyectarse películas sobre la vida y la muerte de Jesús, resurge una vieja pregunta: ¿puede la vida y la Pasión de Cristo convertirse en materia de cine? ¿Puede el séptimo arte acercarse a la encarnación, al sufrimiento redentor, a la cruz y a la resurrección sin empobrecerlos? ¿O hay misterios que, aun pudiendo ser sugeridos por el arte, pertenecen de modo más propio al silencio de la fe, a la liturgia, a la oración?
La cuestión vuelve hoy a plantearse no solo por el gran éxito de la serie “The Chosen”, sino también ante la anunciada continuación de “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson, prevista en dos partes para 2027.
En rigor, no se trata de una cuestión nueva. Ya los Padres de la Iglesia se plantearon si el Dios invisible podía ser representado. San Juan Damasceno, en su “Apología contra quienes rechazan las imágenes sagradas” (726-730), formuló una de las respuestas decisivas: en el Antiguo Testamento, “Dios, incorpóreo e incircunscrito, nunca fue representado”. Pero con la Encarnación algo cambia de raíz. Cuando Dios “se deja ver revestido de carne y convive con los hombres”, entonces “hago una imagen del Dios que veo”. Y añade: “No dibujo una imagen de la divinidad inmortal; pinto la carne visible de Dios”. La Encarnación aparece así casi como una legitimación del arte: el Dios invisible se ha hecho visible en Cristo.

Y, sin embargo, la dificultad permanece. Porque una cosa es que Cristo pueda ser representado, y otra muy distinta que toda representación haga justicia a su misterio. El arte cristiano lo supo desde el principio: las primeras imágenes de Cristo no buscaron un realismo psicológico ni una reconstrucción física, sino una forma de presencia más alta y concentrada. El Buen Pastor, el Pantocrátor, el Crucificado glorioso: todas estas figuras no pretenden mostrarnos simplemente cómo era Jesús, sino quién es. El icono no describe: revela. La pintura sacra no se limita a copiar: interpreta, eleva, condensa.
Es justamente aquí donde empieza el problema del cine. Renée D. Roden se pregunta en su ensayo “Jesus in the Movies: Challenges of Cinematizing the Gospels”: “¿Cómo deja claro un artista que esta imagen es una Pietà y no simplemente otro hombre muerto en los brazos de su madre? (…) ¿Cómo transforma el artista la agonizante tortura de la crucifixión en un icono del amor divino?” Para Roden, el cine no constituye una transgresión en sí misma, sino la continuación de una larga tradición visual cristiana por otros medios. Esta intuición armoniza con la alta concepción que Andréi Tarkovski tenía del cine: “Con ayuda del cine se pueden tratar las cuestiones más complejas del presente a un nivel que durante siglos ha sido propio de la literatura, la música o la pintura”.
Ahí es donde el cine introduce una novedad decisiva, porque una película no es un icono en movimiento. Un cuadro puede fijar un instante, condensar un símbolo, hacer brillar una verdad. El cine, en cambio, narra: hace avanzar el tiempo, desarrolla una trama, construye personajes, modula emociones. Y, sobre todo, da a Cristo no solo un rostro, sino una voz, una cadencia, una mirada, un tono, una corporeidad, una psicología. Robin Jensen y Jeremy Begbie recuerdan en “The New Cambridge Companion to Jesus” que las artes visuales tradicionales representaban a Cristo de forma icónica, tipológica y simbólica: como pastor, rey, víctima o vencedor. El cine, en cambio, arrastra casi inevitablemente hacia el naturalismo, hacia la psicología, hacia la ilusión de una presencia total.

La propia Roden señala que, mientras las artes plásticas pueden dejar espacio al símbolo, a la distancia y al resplandor de lo invisible, el cine tiende por su propia naturaleza a concretar, a encarnar de nuevo, a cerrar la figura en una individualidad visible. Jesús deja de ser solamente el Cristo de la fe para convertirse también en este actor, con esta voz, este gesto, esta manera de mirar. El riesgo no está en la imagen como tal, sino en la potencia totalizadora del medio: el cine no solo muestra algo de Cristo, sino que sugiere que Cristo fue así: el misterio corre el riesgo de reducirse a la interpretación de un actor.
No extraña, por eso, que muchos teólogos hayan desconfiado del Jesús cinematográfico. Joseph Ratzinger llegó a decir que estaba “totalmente en contra de las películas sobre Jesús”, porque una figura que rompe todas las medidas humanas no puede, en último término, ser agotada por una interpretación actoral. No se trata aquí de desprecio por el arte, sino de una forma de reverencia: la conciencia de que el misterio puede ser insinuado, quizá evocado, pero no poseído.
Y, sin embargo, sería demasiado simple descartar por ello toda película sobre Jesús. La propia fe no vive al margen de toda representación: conoce el poder del relato, de la imagen, de la parábola. La ficción no es extraña al cristianismo. Las parábolas de Jesús comunican la verdad no mediante crónicas históricas, sino a través de relatos ficticios o estilizados. Que existiera o no “realmente” el buen samaritano o el hijo pródigo no afecta a la verdad de lo que esas historias revelan.

La diferencia está en que los acontecimientos fundamentales del cristianismo —la Encarnación, la Pasión, la muerte de Cristo y su Resurrección— no son simples parábolas. Reclaman una verdad histórica. San Pablo lo formula con dureza extrema: si Cristo no ha resucitado, la fe es vana. Y ahí aparece la tensión propia de toda película sobre Jesús: se mueve entre la historia y la interpretación, entre el testimonio y la imaginación, entre lo sucedido y lo representado.
Tal vez ahí resida, precisamente, la grandeza y el peligro del cine religioso. El cine no puede sustituir el espacio de la fe, ni la liturgia, ni la oración. No puede contener el misterio. Pero acaso sí puede, cuando es humilde, simbólico y verdaderamente artístico, señalar hacia él. Puede sugerir, abrir, preparar, estremecer. Puede ser no la posesión de lo sagrado, sino su umbral.
De modo que la respuesta no puede ser sencillamente afirmativa ni simplemente negativa. Cristo puede ser tema de cine. Pero cada película sobre Jesús es una prueba de fuego. Cuando reduce el misterio a psicología, cuando convierte la fe en ilustración o en producto, fracasa. Cuando, en cambio, sabe sugerir más de lo que explica y dejar espacio a lo invisible, entonces el cine puede rozar algo de esa verdad que ninguna imagen agota y que, sin embargo, el arte no deja de perseguir.







