Después de unos años de cierta debilidad, el cine mexicano atraviesa un gran momento en 2025/2026, con películas de gran calidad como En el camino, Vergüenza, Cenizas en la boca y No nos moverán. Moscas, del director Fernando Eimbcke, es una película sencilla, cotidiana, humanitaria y tierna, rodada además en blanco y negro, lo que le aporta una mayor riqueza visual. Nos presenta una historia que podría ocurrir en cualquiera de las grandes urbes, con un trasfondo de drama social. Un padre y su hijo, solos y con la madre hospitalizada, buscan una habitación donde pasar una temporada. Finalmente, la encuentran y allí aparece la otra protagonista de esta historia, interpretada por Teresita Sánchez, una mujer solitaria, sin amistades ni relaciones y de mal carácter, que necesita dinero para una operación y decide alquilar una habitación de su casa.
El padre desaparece durante una temporada por trabajo y el niño se queda con la señora, estableciéndose entre ambos una amistad tierna. Los dos tienen algo en común: les gustan los juegos, y el niño tiene unas manos de oro jugando a las máquinas de videojuegos. Hay escenas poéticas, como cuando bailan el cha-cha o cuando el niño toma la temperatura a la señora besándole la frente, tal como le enseñó su madre, pues el termómetro estaba estropeado. Una película que durante la primera media hora parece una más, pero que poco a poco va cautivando al espectador hasta entrar en un estado narrativo maravilloso. Uno acaba enamorándose del niño y viendo cómo una señora malhumorada consigue sacar a relucir lo mágico que hay en el ser humano: la bondad, la amabilidad e incluso su sonrisa. Es una película que cuenta solo con tres personajes y que, en un espacio reducido —la casa de la señora, el hospital y dos lugares más—, construye una historia que tiene alma.
Habla de la muerte y de la necesidad de seguir adelante, y la protagonista afirma: «Las personas que amamos siempre vivirán entre nosotros». Es también una película sobre la mirada del niño y su mundo, algo que pocas consiguen transmitir. Habla de la amistad entre desconocidos en un mundo cruel, en el que hay que adaptarse para poder sobrevivir en estas grandes urbes, donde el drama social de muchas familias a veces no tiene fin. Pequeña película, llena de magia y sales del cine emocionado. En el encuentro que tuve con el director, me dijo: «Rodé en blanco y negro es porque recoge mejor la infancia». Es una película que retrata muy bien el dolor que todos tenemos que atravesar en algún momento de la vida y que nos hace más fuertes. Maravillosa película.








