En muchos casos, pequeñas películas del cine español como La bala, Todo lo que no sé, La tierra de Amira, La deuda, Leo Lou, pasan sin pena ni gloria por las salas y algunas no llegan ni a plataformas. La Academia debería poner estas películas mágicas que cada año se estrenan, como hace la Asociación de Críticos Norteamericanos, pues películas como La abuela y el forastero, que ganaron los Premios Familia el año pasado, pasan sin pena y gloria.
Nos llega la segunda película del director José Ángel Alayón, una pequeña joya española. Es la vida de un padre y una hija que con la muerte de la madre intentan seguir adelante, pero, por el duelo, el padre deja la casa y se va a vivir a una caravana para olvidarse de los recuerdos de la casa donde vivían; y la hija no es correspondida por su primer amor. Los dos entran en una catarsis y el único refugio es la lucha canaria, deporte donde los dos participan.
Qué grandes escenas de este deporte y qué nobleza hay en él; ver cómo viven todos los participantes como si fueran una pequeña familia y una gran hermandad. La película está bien filmada, es pausada, la actuación de Yazmina Estupiñán es sobresaliente, las escenas de la lucha canaria son preciosas y la escena final del padre y la hija entrenando los dos en una lucha es poética. En todas las crisis de familia, a veces hay que tocar fondo y sacar las emociones del dolor y el desamor. Esta película lo logra y sale el amor; los abrazos sin palabras logran la unión de un padre y una hija que luchan por intentar salir adelante.







