Londres, durante la Segunda Guerra Mundial. Francia se ha rendido a Hitler y el próximo objetivo se traslada a Inglaterra. En este escenario la familia Cathaway, que vive alejada de la realidad en su aristocrática vida, se ve sorprendida por la rebeldía de Prudence (Jean Fontaine) que decide alistarse en el ejército femenino de cooperación.
De modo inusual conocerá al joven y cínico Clive Briggs (Tyrone Power) y nacerá una corriente de simpatía entre los dos pese a sus divergencias en torno a la participación en la guerra.
Interesante film de 1942 rodado en plena Segunda Guerra Mundial. Una mirada superficial puede calificarla de film de propaganda como muchos de la época. Nada impide que estos films sean también obras de arte, por supuesto. Sin embargo, vemos algo más en esta obra. Contó con 4 nominaciones – tres de ellos en fotografía, sonido y montaje- y obtuvo el Óscar por la dirección artística. Arthur C.Miller estuvo a cargo de la fotografía y Alfred Newman de la banda sonora. Un buen elenco de profesionales del celuloide.

Dirigida por el ucraniano Anatole Litvak, cuenta la historia de un joven desilusionado por la guerra hasta el punto de desertar a pesar de sus múltiples acciones heroicas. Solo el amor de una mujer le permitirán recobrar su coraje y patriotismo para volver a empezar.
Tyrone Power, Joan Fontaine y Thomas Mitchell, entre sus protagonistas, bordan el guion de R.C. Sherriff basado en la novela de Eric Knight (autor del personaje de la perra Lassie)
Es una película mezcla de melodrama, alegato patriótico, análisis de la lucha de clases y apuntes psicológicos en torno a las crisis bélicas. Por encima de las cintas de propaganda, esta obra, aunque mantiene ciertos estereotipos, está por encima de los romanticismos propios de este tipo de cintas. Contiene reflexiones y matices poco habituales dignos de ser considerados como novedosos sobre todo atendiendo a la fecha de su producción.
Como señala algún crítico: En cualquier caso, esa mezcolanza de tópicos made in Hollywood y elementos de interés, conforman un conjunto, si más no, al menos relativamente atractivo y, sobre todo, llevado con buen pulso por este desigual pero en ocasiones notable realizador que en aquellos años fue Litvak.

Si bien algunos expertos señalan cierta irregularidad en el desarrollo de la historia, quedan en la memoria escenas emblemáticas que permiten redescubrir el valor de esta obra casi desconocida por el gran público. No es posible olvidar el momento en que la luz de una cerilla ilumina el rostro de Joan Fontaine descubriéndolo ante la mirada asombrada de Tyrone Power. Pasa de ser un cínico desencantado a un hombre con una ilusión nueva ante la vida. No dejará de mirar ese rostro a lo largo de la historia como queriendo encontrar ahí la luz que le permita avanzar en medio de su oscuridad interior.
Como se ha apuntado anteriormente un aspecto a resaltar en la película es la veracidad con que se plantean dilemas éticos que no son juzgados, solo presentados en la pantalla. Increíble que se presentaran como justificables en plena escalada de la guerra. Un hombre tiene el derecho de actuar con plena fidelidad a su conciencia a pesar de ir contra lo políticamente correcto. No se juzga al protagonista. Ni siquiera la mujer que ama le juzga, aunque es capaz de darle razones por las que ella misma se ha enrolado en el ejército y quiere continuar con su misión pase lo que pase.
La película expone un juicio implacable que queda consensuado entre ambos protagonistas: el estilo de vida que ha llevado a Europa a mantenerse en un ritmo de vida a costa de los más vulnerables. Se hacen visibles las llagas de una sociedad que, cual otro rico Epulón, ha mirado con desprecio a tantos Lázaros sentados a su puerta. Una sociedad que ha ignorado la situación precaria de tantos sectores de la sociedad que, a la postre, han sido los sacrificados para que esta se mantuviera. También serán ellos los que más sufrirán los efectos de la guerra.

Cuesta ver un proletario en la figura elegante de Tyrone Power, pero es cierto que, al igual que surgieron muchos nuevos ricos, en la Inglaterra de entonces aparecieron mucho nuevos pobres. No es fácil luchar por algo en lo que no crees pero, en el caso del protagonista, el amor le permite redimensionar el punto de mira. Puede llegar a entender que vale la pena el esfuerzo por conservar al menos aquello de valioso que queda en el sustrato de una sociedad que no le satisface. Su postura negacionista no es cerril, está abierta al diálogo y a la empatía con aquella mujer a la que ama e intenta entender su postura, contraria a la suya propia.
Ser fiel a uno mismo, a la propia conciencia, supone integrar información nueva, ser permeables a la novedad de la vida y las circunstancias para ser capaz de formar o reformar opiniones y alcanzar mayores certezas sobre los aspectos más valiosos de la vida.
Al final es una preciosa historia de amor y de fe. Fe en un futuro mejor pese a que la sociedad por la que se lucha no sea la más deseable y es, en parte, culpable de lo acaecido. Amor que es capaz de hacer resurgir de las cenizas el sentido de pertenencia a una colectividad que, con todos sus defectos, aportó valores, arte y cultura magistrales para el resto de sociedades. Valores cuyo sustrato defiende la libertad y los derechos humanos en su esencia. Y es en nombre de esa libertad por la que uno puede decidir no luchar, como en el caso del protagonista, aceptando plenamente las consecuencias o la de luchar como en el caso de su amada, en contra de los convencionalismos de sus parientes ricos que la reprueban.

Una historia, en fin, que habla de nobleza y sinceridad, de amistad sin condiciones con un Mitchell extraordinario en su simplicidad. Un relato de amor auténtico, compartido a conciencia, con el empeño de que no haya en esa relación nada de egoísmo por parte de ninguno de los dos. Nada de qué avergonzarse, señala la protagonista ante su padre. La mirada del desertor hacia Prudence es siempre hacia su rostro, es en él donde descubre la amistad incondicional transformada en amor pese a sus diferentes realidades. Y es ahí donde percibe la luz que le permite volver a enfrentarse a la oscuridad de una guerra en la que la incertidumbre de la victoria planea por encima de sus deseos.







