¡Qué grandes películas e historias han surgido desde otros países sobre Tokio! La ciudad se convierte en escenario y casi en protagonista, mostrando siempre una cara distinta, fascinante y a veces desconcertante. En Tokyo Shaking, Alexandra acaba de llegar de Francia y la historia aborda el desastre de Fukushima. La película de culto Lost in Translation, dirigida por Sofia Coppola, nos habla de dos desconocidos que se hacen amigos en un hotel de Tokio. También está Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet, donde Sergi López encarna al propietario de una tienda de vinos en Tokio y mantiene una relación romántica con una asesina a sueldo.
Nos llega con mucho retraso una película de 2024, sencilla y maravillosa, que cuenta la historia de un taxista francés que hace doce años se casó con una chica japonesa, con la que tuvo una niña llamada Lily. Después de tres años de convivencia en Tokio decidieron separarse, llevándose la madre a la niña. Incapaz de encontrarla en esta monstruosa ciudad de casi cuarenta millones de habitantes, él trabaja de taxista por las noches para aprovechar el día y seguir buscándola incansablemente. La ciudad, inmensa y deshumanizada, se convierte en su laberinto personal.

Un día, por casualidad, después de nueve años y cuando está a punto de regresar a París derrotado por el cansancio y la frustración, Lily se sube a su taxi. Pero ella no le reconoce. La escena es de una delicadeza devastadora: el padre frente a su hija, conteniendo las lágrimas, intentando no romper el frágil equilibrio del momento. La historia nos habla de una paternidad que sufre por no poder ver a su hija, de unas normas en Japón especialmente estrictas en casos de custodia, y de aquella frase dolorosa que le dijo la madre: “Déjame vivir, mi hija no te pertenece; que a los 18 años ella decida”.
La película deja ver cómo es Japón, su gente, su forma de ser y su dureza de carácter, donde pocas veces se muestran los sentimientos abiertamente. A través de los silencios, las miradas y los gestos mínimos, se dibuja una sociedad donde el deber y el honor pesan más que la expresión emocional. Lo mejor de la película son los momentos mágicos entre la hija y el padre: los paseos, las miradas cómplices, los silencios compartidos y esa demostración de que el amor permanece siempre presente en el ADN de la paternidad, incluso cuando el tiempo y la distancia parecen haberlo roto todo. Está dedicada a esos padres que sufren por no poder ver a sus hijos, convirtiéndose en un homenaje íntimo y doloroso a una realidad que muchas veces permanece invisible.







