Nos llega una película muy interesante sobre el poder y sobre cómo se las gastaban en la Unión Soviética en 1937. A los políticos o a la gente influyente los detenían con cualquier excusa, los metían en la cárcel y allí, poco a poco, eran torturados; muchos de ellos morían. A una buena persona, Alexander Kornyev, un fiscal que llevaba tres meses en el cargo, le llega la denuncia de un preso, escrita con su propia sangre porque no tenía lápiz. Miles de cartas de detenidos acusados falsamente por el régimen son quemadas en una celda de la prisión. Kornyev hace todo lo posible por reunirse con el prisionero, víctima de los agentes de la policía secreta, la NKVD. El joven fiscal, un bolchevique íntegro y dedicado, sospecha que se trata de un juego sucio. Su búsqueda de justicia lo llevará hasta la oficina del fiscal general en Moscú.
Una gran película a la que le cuesta arrancar, pero con unos últimos 45 minutos soberbios, destacando la ambientación de la época y la escena esperada entre el gran fiscal y el recién licenciado, con diálogos extraordinarios. Y cuando esta historia parecía tener un final feliz, llega la sorpresa final: cuando todo está corrupto y hay tanta mafia, aunque llegues a quien tiene el poder y puede tomar decisiones, no lo hará porque el sistema se rompería.

Gran fotografía, a veces un poco claustrofóbica en los pasillos de la cárcel y en los pasillos del poder, y una notable interpretación de Aleksandr Kuznetsov. Su director, Sergei Loznitsa, para esta ambiciosa ficción histórica adapta la novela homónima del científico y escritor soviético Georgy Demidov, antiguo prisionero del Gulag, y construye un thriller moral ambientado en la Unión Soviética de 1937, en el corazón del terror de las grandes purgas estalinistas.
En la época de las grandes purgas estalinistas, un hombre se sumerge en los pasillos de un régimen que no quiere ser llamado totalitario: una representación petrificante del terror estalinista, un filme austero y absorbente que irradia un escalofrío de miedo y paranoia justificada. Esta película retrata, ante todo, una tragedia moral sobre la fe ciega en el Estado y la colisión entre idealismo y realidad. El mensaje de la película es claro: nunca te enfrentes al gran poder, aunque tengas razón, porque eres hombre muerto; a veces es mejor huir del país para salvar la vida.







