Hay películas pequeñas y preciosas sobre el mundo rural, cautivadoras y llenas de belleza por la forma en que cuentan la vida. Esta historia nos presenta a Empar, una mujer de 62 años que vive sola en una masía de un diminuto pueblo de la comarca de Els Ports, en Castellón. La película va descubriendo poco a poco su vida, el complejo universo de relaciones humanas en un pueblo de montaña y una manera de existir íntimamente ligada a la tierra, a las tradiciones y al paso del tiempo. La otra gran protagonista es una vaca que necesita quedarse preñada para poder mantener viva la granja, un detalle sencillo pero fundamental que refleja la dureza y la fragilidad de este modo de vida.
La película contiene mucho de aquello que conforma la vida y de lo que nos agita y conmueve. Hay emoción, comedia, misterio, aventura, amor y drama. Todo forma un complejo cosmos donde las relaciones humanas, las experiencias y el vínculo con el paisaje se convierten en los auténticos protagonistas. Está muy bien rodada, acompañada de una gran música, y la historia va enamorando poco a poco mientras nos habla de seres que buscan una segunda oportunidad, sin importar la edad, para recuperar aquel amor que perdieron cuarenta años atrás. Es también un homenaje al mundo rural y a una mujer valiente que sobrevive gracias a lo que cultiva y a lo que le da su vaca: la leche y el queso. Me recordó a La mujer de la montaña (2018), aquella activista que defendía sus creencias con un arco, mientras aquí ella lo hace con su pistola, preparada para lo que haga falta.
Nunca había visto una escena de una pareja haciendo el amor filmada con tanta belleza, sensualidad y delicadeza, mostrando casi nada de los cuerpos y transmitiéndolo todo. El pueblo, sus gentes, los pastores, el colmado, las campanas de la iglesia o la magnífica escena del nacimiento de la nueva vaca convierten esta película en una historia sencilla pero profundamente cautivadora y llena de vida. Con actuaciones naturales y sin grandes estrellas, retrata los orígenes de muchas familias que, antes de marcharse a pueblos o ciudades, vivieron felices en las masías, en contacto directo con la tierra y con una forma de vida que hoy parece desaparecer.








