El director Igor Legarreta llevó a la pantalla una de las novelas más importantes de la literatura vasca, en una película ambientada en el mundo rural del País Vasco que me recuerda a una de las mejores películas del cine español, Tasio (1984), que también retrata el mundo rural y la vida de un oficio desaparecido: los carboneros. Las ciegas hormigas es una pequeña joya del cine vasco y, además, poder verla en su idioma original, con una ambientación de aquella época, los años treinta, en la que aparecen tormentas, lluvias, vientos, nieblas y ríos, es una experiencia extraordinaria. Todo ello está enmarcado en la historia de una familia que vivía en un gran caserío y que lucha por sobrevivir, proteger el carbón y poder pasar el invierno. Según los vecinos, el carbón también les pertenece, pues procede de un barco inglés que lo transportaba en su interior y que encalló a causa de una tormenta.
Es entonces cuando esta familia protagonista se aferra a defender lo suyo y, como ocurría en aquellos tiempos, aunque hubiera Guardia Civil, los vecinos se tomaban la justicia por su mano. El protagonista de esta historia se defiende con una hoz de cortar el trigo y, cuando lo acribillan a golpes sus vecinos, su mujer, con una pistola, amenaza con matar al primero que toque a su marido. ¡Qué gran escena! Esta película casi parece un western rural, repleto de humanismo, sobre la resiliencia frente a la adversidad y la eterna lucha por la supervivencia del ser humano. Una familia que, a pesar de las adversidades de la naturaleza y de su destino, lucha con una valentía extraordinaria. El actor Urko Olazabal, que en Maixabel demostró su talento, aquí lo borda, y su pareja, Itziar Ituño, que en la película La deuda estuvo sobresaliente, aquí se sale con su actuación: basta con observar sus miradas y sus silencios. El actor principal habla poco, pero cuando lo hace demuestra ese carácter rudo, valiente, sin miedo a nada y dispuesto a defender a su familia. Frases como «El diablo nunca se olvida de su cita», cuando llega la Guardia Civil, o cuando van a comprar el ataúd para su hijo: «No sabía que había distintas clases para los muertos, si todos son iguales». Como no tienen dinero para enterrar a su hijo, cambian el ataúd por un rifle.

Es una película que rinde homenaje a aquellas personas que vivían en un mundo rural y en la que el director relata magníficamente cada jornada, con una narrativa a la altura de la novela. Gran fotografía y un final antológico, con el padre y el hijo andando por las montañas. ¡Qué bella escena! De todas las películas de la historia del cine vasco, esta se encuentra en el podio de las mejores por el contexto histórico de aquella época y por lo bien que su director ha desarrollado todas las vertientes: guion, actores, grandes imágenes visuales y una historia dura y realista en la que el carbón era la única esperanza para sobrevivir.







