Johannes Roberts, especializado en bichejos y sangre (suyas son Resident Evil: Bienvenidos a Raccon City de 2021 y A 47 metros y su secuela, 2017 y 2019 respectivamente) cambia los zombis y los escualos por un simio para darnos un ‘slasher’ muy original y visceral.
Las vacaciones tropicales de un grupo de amigos se convierten en una aterradora historia primitiva de horror y supervivencia.
Vamos a hacer un poco de memoria: el lector y espectador con más años recordará esa adorable película de la factoría Disney llamada Un ejecutivo muy mono, dirigida por Robert Butler en 1971, en la que Kurt Russell tenía un divertido simio que era capaz de prever éxitos de televisión. Era inevitable cogerle cariño al animal en cuestión.
Vamos con otra: Congo, la estupenda adaptación en 1995 del libro de Michael Crichton llevada a cabo por Frank Marshall en la que un mono aprendía a hablar gracias a la lengua de signos. También era inevitable coger cariño al mono.
Tercera y última: la reciente The Monkey, de Osgood Perkins, basada en el relato homónimo de Stephen King, solo que a este muñeco con platillos no se le cogía cariño sino manía. Vamos, que simios en el cine no faltan, y aún no hemos hablado de King Kong ni de la inmensa saga de El planeta de los simios…

Es el momento de coger la cocterlera y mezclar: un mono mascota que sabe comunicarse con una pizarra digital y que se vuelve radicalmente loco. Johannes Roberts cambia los escualos de la saga A 47 metros por el animal más parecido al ser humano y le ha salido un ‘slasher’ muy original.
El sangriento comienzo lo deja claro: aquí no se viene a perder el tiempo y en nada empieza a haber violencia bastante explícita. El guion del mismo director junto a Ernest Riera se vale de muy pocos personajes y poquísimos escenarios para hacer sufrir al personal; en ese sentido es de justicia destacar la fantástica presencia de Troy Kotsur, sordomudo, quien roba la atención cuando está en pantalla. Sí, hay secuencias muy logradas como las que tienen lugar en la piscina, además de una en un armario y otra en un coche, pero es su presencia y más concretamente en una parte sin sonido donde se merece el aplauso. Por otra parte el metraje tiene muchísimas escenas oscuras y a veces es difícil distinguir lo que pasa en ellas, pero se revela como un acierto para aumentar la tensión, gran fotografía de Stephen Murphy.

Y en la línea de las características del género que nos ocupa, hay pocas enseñanzas, aunque sí se podría ver una crítica a los que califican a una mascota de “parte de la familia” y llevan eso hasta el extremo adoptado posturas radicales. En cuanto al clímax, ahí donde el asesino en serie se juega su prestigio, es sensacional y el plano final llega a dar escalofríos, aunque es una pena el lenguaje soez en el que se cae.
Desde luego Primate no es la revolución pero sí una apuesta distinta que mantiene el interés en unos 89 minutos muy bien llevados y que tiene momentos realmente escalofriantes no aptos para estómagos sensibles. A la espera de Scream 7 este es un filme que hará las delicias de los incondicionales del género.







