Aunque uno no sea amante del flamenco, este documental se revela como una auténtica obra maestra desde múltiples vertientes, hasta el punto de haber sido incluido en la lista editada de los 50 mejores documentales del cine español de los años 2000. Mucho más que la historia de Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito —considerado «el mejor bailaor flamenco de este siglo» por The New York Times—, la película recorre la trayectoria de una de las grandes dinastías gitanas del flamenco. El legado artístico se transmite aquí de generación en generación: desde el mítico abuelo Farruco, creador de un estilo único e irrepetible, hasta El Moreno, hijo de Farruquito y joven promesa de este arte centenario.
El documental se pregunta cómo es posible que cuatro generaciones lleven en la sangre ese don para el baile. La explicación parece residir en una tradición profundamente arraigada: dicen que cuando nace un payo en los hospitales, los familiares le dicen lo bonito que es; en cambio, cuando nace un gitano, le cantan y le bailan flamenco como bienvenida al mundo, impregnándolo desde el primer instante de la magia de este arte, esencia misma de la raza gitana. La película habla también del movimiento de las manos, del sentido de los gestos y de cómo, a veces, para salir a bailar, hay que ponerse cara de enfado para hacerlo mejor.
Bien documentado y magníficamente narrado, el film permite contemplar a las cuatro generaciones gracias a numerosas imágenes de archivo, entre ellas una escena absolutamente maravillosa en la que el abuelo ensaya con su nieto. La película construye así un emotivo juego de espejos entre generaciones: la relación que Farruquito mantuvo con su abuelo, el legendario Farruco, y la que ahora cultiva con su hijo, El Moreno, heredero natural del linaje. A través de esta transmisión del arte y de la identidad, el documental explora cómo el tiempo transforma, pero también perpetúa, la esencia de una familia destinada a vivir y morir por el compás.
Asimismo, la obra aborda las tragedias que han marcado sus vidas, mostrando que de todo se sale, como afirma su madre: «Cuando hay tormenta, siempre sale luego el arco iris». No es solo un documental sobre el baile, sino también sobre la familia, el amor por el arte y la belleza de una tradición transmitida con pasión y orgullo. En una de las anécdotas más reveladoras, durante una visita a Nueva York para actuar, un importante fotógrafo quiso retratarlos en blanco y negro. Sus expresiones, llenas de belleza mientras bailaban, resultaban tan cautivadoras que únicamente necesitó tomar tres fotografías.








