Los premios anuales Donatello han distinguido en sus últimas cuatro ediciones a cinco grandes películas: Vermiglio, Yo capitán, Fue la mano de Dios y esta gran obra maestra, Las ocho montañas, digna vencedora. Quizás La última ronda en Venecia no merecía ganar este galardón, aunque el resto de finalistas tampoco eran de gran calidad. Una de las mejores películas sobre el alcoholismo, Otra ronda (2020), y sobre la amistad, Macarrones (1985), sirven como referencia para una historia que nos brinda una comedia fresca, aunque tarda mucho en arrancar y solo en los últimos minutos uno acaba enamorándose de sus tres personajes: dos hombres que viven la vida al límite y un joven intelectual al que conocen en una noche de copas.
La frase «vamos a tomar la última copa» es la más repetida por este trío que pasa dos días juntos hablando de la vida, de tonterías y respirando felicidad. El mensaje de la película es claro: la vida son dos días y, a veces, hay que dar un cambio y disfrutar de vez en cuando de una gran experiencia. El futuro no existe, sí el presente. De ello nos habla esta comedia melancólica con tintes de fábula, que narra la insólita odisea de dos veteranos bebedores y un joven estudiante de arquitectura. Lo que comienza como un encuentro casual se convierte en una travesía de alto voltaje emocional por los paisajes emblemáticos de la región del Véneto, donde una amistad inesperada redefine los planes de vida y amor de Giulio.
Lo mejor que tiene la película es la enorme ternura con la que mira a sus personajes. No los juzga ni intenta convertirlos en héroes; son personas normales, con sus errores, sus manías y sus heridas, pero también con una capacidad enorme para seguir adelante. Y eso hace que acabes cogiéndoles cariño casi sin darte cuenta. Quizá sea una película que no inventa nada nuevo, pero consigue algo que muchas películas buscan y no logran: tener alma.