Hay dos películas mágicas del director Paolo Sorrentino: Fue la mano de Dios y La gran belleza, y esta última ya es una película de culto. Su nuevo largometraje no resulta cautivador por el estilo narrativo que este director imprime en su cine, con sus propios elementos a la hora de contar historias. Es una película demasiado larga, de ritmo pausado, contemplativo, casi hipnótico. Planos fijos donde los personajes habitan el encuadre más que mover la trama. Y, de pronto, irrupciones musicales que rompen la quietud y elevan la experiencia a algo cercano a lo místico.
Una primera hora bastante aburrida, con diálogos muy banales, y solo los últimos treinta minutos sacan a relucir el buen cine. Nos cuenta la historia de Mariano De Santis, presidente (ficticio) de la República italiana, un veterano político demócrata, humanista y católico que, de repente, comienza a dudar sobre varias decisiones importantes que debe tomar, en especial sobre si aprueba o no una ley de eutanasia. Se enfrenta así a un gran dilema moral y a la obsesión por saber quién fue el amante de su mujer, fallecida hace cuarenta años.
Si la película se mantiene es gracias a la gran interpretación de Toni Servillo. Se trata de un retrato clásico de un político en los últimos días del poder, donde se refleja muy bien una crisis espiritual llena de dudas sobre su vida. Lo mejor de la película es la gran escena de la editora de Vogue y su encuentro con el presidente, seguido de su conversación telefónica.
Como dice el confesor del político, la gracia es la belleza de la duda; una profunda reflexión para el ser humano. Estar en duda permanente nos hace crecer más y saber más sobre nuestra existencia. Para los amantes de Sorrentino será disfrutable, pero para mí no entra en la lista de las cien mejores películas de 2025.







