Los nietos del silencio: memoria, ausencia y herencia emocional en la ópera prima de una generación
El estreno de Los nietos del silencio en el Centro Cultural Nicolás Salmerón de Madrid no fue una proyección más. La presencia discreta —y no anunciada— de la Reina Letizia entre el público añadió un eco simbólico a una obra que, precisamente, reflexiona sobre aquello que durante demasiado tiempo ha permanecido en silencio.
El documental, concebido como Trabajo Fin de Grado por estudiantes de Periodismo de la Universidad de Navarra, trasciende con sorprendente madurez su condición académica. Bajo la dirección de Leyre Sanz y el impulso de la productora Carolina Olivar del Burgo, el proyecto se articula como una exploración de la memoria heredada: la de los nietos de víctimas de ETA, una generación que no vivió directamente la violencia, pero que ha crecido en su sombra.
Lejos de optar por el relato histórico o el análisis político, Los nietos del silencio se sitúa en un terreno más íntimo y complejo: el de la huella emocional. A través de los testimonios de tres jóvenes —Beatriz Iruretagoyena Toca, nieta de Alberto Toca Echeverría (delegado de Asepeyo, asesinado en su despacho, en Pamplona, en 1982), Teresa Prieto Leache, nieta de José Luis Prieto (exjefe de la Policía Foral de Navarra, asesinado en 1981, en la puerta de la iglesia, cuando él y su esposa iban a entrar en misa) y Jesús Ulayar Echarri, nieto de Jesús Ulayar Liciaga (comerciante asesinado en Echarri-Aranaz, en la puerta de su casa, en presencia de su hijo de trece años, en 1979)—, la película construye un discurso sobre la transmisión del dolor, el peso de las ausencias y los silencios familiares.

Desde el punto de vista formal, la propuesta destaca por su sobriedad. El ritmo pausado, que en otros contextos podría interpretarse como reiterativo, funciona aquí como una decisión consciente: una manera de reproducir la densidad del silencio y la dificultad de verbalizar el trauma. La cámara se detiene en espacios cotidianos —calles vacías, interiores deshabitados, objetos suspendidos en el tiempo— que adquieren una dimensión casi simbólica. Las sillas vacías, las fotografías familiares o los relojes detenidos no son meros recursos visuales, sino extensiones del relato emocional.
El tratamiento sonoro refuerza esta apuesta estética. La ausencia de música —sustituida por silencios, palabras y sonidos ambientales como el canto de los pájaros— evita cualquier tentación de subrayado emocional, apostando por una experiencia más contenida y, precisamente por ello, más inquietante.

Especial mención merece el trabajo con los entrevistados, llevado a cabo por Aitana Quindimil. La cámara no invade, sino que acompaña, permitiendo que los silencios, las pausas y las emociones no filtradas se integren en la narrativa. Esa naturalidad, sin embargo, no está exenta de dificultad: el propio equipo reconoció que el rodaje estuvo marcado por momentos de intensa carga emocional.
En términos de montaje, el documental logra articular los tres testimonios sin fragmentación, generando un flujo narrativo coherente que evita la sensación de episodios aislados. La estructura, sencilla en apariencia, está cuidadosamente construida para que las historias dialoguen entre sí.
Uno de los aspectos más significativos de Los nietos del silencio es su posicionamiento ético. En un tema tan cargado como el terrorismo de ETA, la película renuncia explícitamente al odio y a la venganza. En su lugar, se alinea con una idea que aparece implícita a lo largo del metraje: la necesidad de verdad, memoria, dignidad y justicia.
Como ópera prima, el documental revela no solo una notable sensibilidad narrativa, sino también una conciencia clara del lenguaje cinematográfico. Más allá de su valor testimonial, Los nietos del silencio se presenta como una obra que entiende el cine como un espacio para explorar lo invisible: aquello que no se dice, pero permanece.
La presencia de la Reina Letizia en el estreno —quien al finalizar felicitó al equipo— subrayó, de algún modo, la relevancia de un trabajo en el que convergen dos ámbitos fundamentales: el periodismo y los derechos humanos. Pero, más allá de lo institucional, la película deja una impresión más duradera: la de una generación que comienza a mirar de frente un pasado que heredó en silencio.
