Casi nunca ha ocurrido que un documental se estrene en España en 137 cines y ganadora del premio especial de Venecia, donde recibió una ovación de 25 minutos, también se alzó con el premio del público en el Festival de San Sebastián. Naza es un largometraje documental rodado durante tres años en las azoteas de Tel Aviv, cuyos directores explican de este modo: «Hicimos esta película desde la sensación de tener la obligación de usar nuestra posición como israelíes para examinar los sistemas que hay detrás del asesinato masivo de civiles palestinos del que nuestro país es responsable. Durante los tres años de rodaje nos encontramos haciéndonos las mismas preguntas que se hicieron la generación de nuestros abuelos y tantos otros a lo largo del siglo XX: ¿Cómo es posible que un grupo de personas permita la deshumanización total de otro? ¿Cómo funciona por dentro un sistema así?».
Uno de los conceptos que atraviesa el documental es el de la «banalidad del mal», de Hannah Arendt. Lo más inquietante no procede únicamente de las declaraciones sobre la violencia, sino de la naturalidad con la que algunos entrevistados hablan de matar como si se tratara de una actividad más, como si fuera un juego. Uno de los entrevistados decía que le excitaba y que se lo pasaba bomba. Los testimonios resultan especialmente perturbadores porque describen el asesinato como parte de un mecanismo burocrático. Los entrevistados hablan de misiones que hay que cumplir. En tres años, 74.000 palestinos fueron asesinados en Gaza, un auténtico genocidio. Sus directores entrevistaron a 24 exmilitares israelíes, entre ellos miembros de unidades de inteligencia militar y soldados, y sus testimonios son escalofriantes por la forma en que cuentan, con naturalidad y frialdad, los ataques militares en Gaza. El documental detalla los sistemas diseñados por el ejército para el exterminio de los palestinos de Gaza y la destrucción de su memoria. Utilizaban la inteligencia artificial para saber el número de los móviles de las personas que iban a asesinar; luego, con drones, derribaban edificios y, en las colas que hacía la gente para comer, los francotiradores los mataban.
Resulta muy interesante ver a unos asesinos que no sentían ningún dolor por sus hechos: lo hacían por obediencia. Te hace pensar mucho en cómo puede haber gente así, sin valores, sin humanidad. No ganará el Oscar, pero será finalista. Es un documental que consigue una unión preciosa entre el periodismo y el cine. Un documental de denuncia que los jóvenes deberían ver para cambiar un mundo a mejor. Documental durísimo y no apto para todos los públicos y necesario verlo.







