The deep blue sea

13/09/2012

The deep blue sea se nos ofrece como la auto-contemplación interior de una rebelde con causa que busca equilibrio para sus emociones. Terence Davies imprime desde los primeros compases un tono intimista y evocador al relato, con una mujer que se debate entre dos modelos de vida y que, al romper con las convenciones de su tiempo y con un matrimonio sin amor, se acerca a un precipicio donde el deseo ardiente se convierte en tragedia letal para los amantes.


ESTRENO RECOMENDADO POR CINEMANET

Título original:The deep blue sea
País: Reino Unido
Dirección: Terence Davis
Intérpretes: Rachel Weisz, Tom Hiddleston, Simon Russell Beale, Ann Mitchell, Harry Hadden-Paton, Sarah Kants, Steve Conway, Jolyon Coy.
Guión: Terence Davies (Obra: Terence Rattigan)
Música: Samuel Barber
Fotografía: Florian Hoffmeister
Distribuidora en cine: Coproducción Reino Unido-EEUU; Film4, UK Film Council y Lipsync Productions
Duración: 98 min.
Género: Drama
Fecha de estreno es España: 7 de Septiembre de 2012

 


SINOPSIS

Londres, años 50. Hester (Rachel Weisz) lleva una vida acomodada pero lánguida como esposa del juez del Tribunal Supremo Sir William Collyer (Simon Russell Beale), bastante mayor que ella. Atrapada en ese infeliz matrimonio, se enamora apasionadamente del ex piloto de la RAF Freddie Page (Tom Hiddelston). Un amor imposible que escandalizará a la sociedad británica de la postguerra.


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CRÍTICAS

[Julio Rodríguez Chico- La mirada de Ulises]

“Freddie, te escribo esta carta porque quisiera decirte tantas cosas… y créeme, esta vez quiero morirme de verdad”. A partir de esta sentida y terrible confesión, Hester recuerda el momento en que su alma sufrió la liberación, deseo, amor y desencanto de manera tan fogosa como inestable… hasta llegar al intento de suicidio cuando una profunda tristeza se había adueñado de ella.

Terence Davies (“Voces distantes”, 1988) imprime desde los primeros compases de “The deep blue sea” un tono intimista y evocador al relato, con una mujer que se debate entre dos modelos de vida y que, al romper con las convenciones de su tiempo y con un matrimonio sin amor, se acerca a un precipicio donde el deseo ardiente se convierte en tragedia letal para los amantes. Por un lado, se le ofrece el amor pasional y destructivo de Freddie desde el atractivo físico, y por otro encuentra en sir William -su marido- el amor contenido y reglado por valores espirituales. De alguna manera, Hester debe elegir entre una vida de encuentros fugaces con quien le hace sentirse mujer, y otra más estable con quien se acuerda de felicitarle por su cumpleaños, circunstancias que corren parejas al perfil cupacional-profesional de ambos pretendientes.

Con elegantes movimientos de cámara y una atmósfera cargada de humo y de recuerdos, Davies bucea en el alma atormentada de una mujer que se debate entre el oscuro abismo del desamor y la luz reparadora de un nuevo amanecer. El tono bipolar queda remarcado por un pausado y musical travelling horizontal seguido de otro vertical que nos introduce en la habitación de Hester, movimiento que se repite a la inversa al final de la cinta. En el inicial vemos a una pensativa y triste mujer que cierra las cortinas… para cubrir la pantalla de negro y también su existencia; en el final, descorrer las cortinas y salir de su ensimismamiento destructivo es todo uno, mientras una luz de esperanza parece impedir que el drama se convierta en una tragedia de Sófocles. Entre medias, fogonazos de memoria y placer intenso para una historia de tribulaciones y laberintos emocionales en donde Hester debe madurar: su búsqueda de una felicidad sin los corsés asfixiantes que su suegra representa, su descubrimiento del deseo y del atractivo físico como pauta de comportamiento, el sabor agridulce de las continuas ausencias de su amante o su evidente falta de sintonía intelectual, la clase práctica que recibe de su casera sobre lo que es realmente el amor… serán piedras de toque para un alma perdida entre el humo de sus recuerdos.

Primorosa es la creación de unos ambientes de ensoñación y tristeza, con una bellísima y apagada fotografía de Florian Hoffmeister que diluye las figuras en un entorno fantasmal o que las desenfocas para hablar del carácter efímero y borroso de recuerdos y sentimientos. Por lo demás, los violines aportan la intensidad de una pasión romántica que lo mismo rasga el alma a jirones que la envuelve en un halo de complacencia idílica. Davies se sirve magistralmente de suaves transiciones para ofrecernos esos brochazos de felicidad y dolor, ahora rescatados desde la memoria caprichosa de una mujer que necesita revivir aquellos instantes para poner
en orden su vida
. En ese sentido, resulta capital la hondura interpretativa de Rachel Weisz, cuyo rostro muestra toda la fragilidad emocional y la inseguridad de su personaje, mujer permanentemente abandonada y desencantada… y que recuerda tanto al prototipo femenino que Wong Kar-Wai, David Lean o Max Ophüls ya han dibujado antes.

The deep blue sea” se nos ofrece, por tanto, como la auto-contemplación interior de una rebelde con causa que busca equilibrio para sus emociones, y también como el viaje en el tiempo de una sociedad (a través de la percepción de la mujer)que trata de librarse de convenciones trasnochadas y de un lastre que la guerra había dejado (la difícil reintegración civil de los héroes asoma como crítica sutil), con una mirada tan comprometida como fría y ensimismada. Su tempo lento y moroso puede disuadir a algún espectador, pero su preciosa estética visual y su capacidad para adentrarse en un alma atribulada es incuestionable… como queda patente en esa carta de una mujer triste e insatisfecha.


Jerónimo José Martín [COPE]

Londres, años 50. Hester (Rachel Weisz) lleva una vida acomodada pero lánguida como esposa del juez del Tribunal Supremo Sir William Collyer (Simon Russell Beale), bastante mayor que ella. Atrapada en ese infeliz matrimonio, se enamora apasionadamente del ex piloto de la RAF Freddie Page (Tom Hiddelston). Un amor imposible que escandalizará a la sociedad británica de la postguerra.

El veterano cineasta inglés Terence Davies (“Voces distantes“, “El largo día acaba“, “La biblia de neón“, “La casa de la alegría“) adapta la obra teatral homónima de Terence Rattigan, uno de los mejores dramaturgos británicos del siglo XX, autor de otras grandes obras llevadas al cine, como “Mesas separadas“, “La versión Browning” o “El caso Winslow“. Apoyándose en la degradada fotografía de Florian Hoffmeister y en la preciosa música de Samuel Barber, Davies quizás extrema en exceso el melodrama, explicitando demasiado sus sórdidos pasajes sexuales y conduciendo la trama hacia la tragedia desatada.

De todas formas, su preciosista puesta en escena —generosa en planos-secuencia—, aunque a veces resulta ardua y teatral, tiene potencia visual, y refuerza los afilados perfiles dramáticos del trío protagonista, encarnado con sangrante veracidad por Rachel Weisz —en el mejor papel de su carrera—, Tom Hiddelston y, sobre todo, Simon Russell Beale, sensacional en su emotiva caracterización de marido engañado, que lucha con uñas y dientes por salvar su matrimonio. Él aporta la lúcida perspectiva moral de la película, nada complaciente con la infidelidad conyugal y profunda en su elogio del dominio de sí, la compasión, el arrepentimiento y el perdón. También aporta el personaje de una sencilla casera, cuando explica a la desconcertada protagonista que el amor auténtico se demuestra al “cambiar las sábanas a alguien que se ha orinado”, en alusión a su anciano esposo.


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