La vida saca su entrada de cine (I). El aborto

07/06/2013

[Julio Rodríguez Chico. Colaborador de Cinemanet]

De manera necesaria, y frecuentemente envuelto en la polémica, el cine se ha acercado al inicio y término de la vida, consciente de que el tema interesa y de que supone una materia de primer orden a la hora de plantear un conflicto dramático y de arrancar momentos conmovedores. De esta manera, una película se ofrece como punto de partida para un debate constructivo sobre asuntos de interés general que a todos nos importan… porque todos somos protagonistas. Serán cintas de fuerte carga ideológica, en el sentido de que reflejan un modo de entender la vida y una ética que determina la propia conducta, y también trabajos en los que una historia concreta trata de elevarse a la categoría de norma para actuar.

De esta manera, el cine se erige en instrumento para reformular actitudes y en espejo para mostrar aspectos muy íntimos y personales. Las propias experiencias en relación con un nacimiento -deseado o no-, con la enfermedad y el dolor -aceptado o no-, con el irremisible envejecimiento -asumido o no- se convierten en factor determinante a la hora de ver una película de este tipo, y el cine se presenta como escenario para un hombre que trata de erigirse en dueño y señor de la vida, en quimera de una realidad soñada en donde la ilusión de eternidad se pone al alcance de la mano.

En el principio… era la vida

El comienzo de la vida es el primer escalón en este recorrido ético por el cine. Son muchas las películas que lo han abordado, unas veces en relación con el deseo de maternidad -con cintas que nos hablan de la adopción y del efecto transformador en los progenitores-, y más frecuentemente como referencia al aborto. Centrándonos en este segundo aspecto, vemos que el debate social está a la orden del día con factores éticos, religiosos, médicos y políticos que en ocasiones hacen que se pueda oscurecer una adecuada perspectiva de la cuestión.

El aborto, ¡nunca más!: “4 meses, 3 semanas, 2 días”

Entre las muchas películas posibles, hay una de gran calidad cinematográfica y que podría considerarse particularmente neutral“4 meses, 3 semanas, 2 días”(2007), del rumano Christian Mungiu. El tiempo del título hace referencia al embarazo de Gabita, una estudiante que vive en la Rumanía de Ceaucescu y que decide abortar clandestinamente, con la ayuda de Otilia, su amiga y compañera de habitación en la residencia. Sobriedad interpretativa -grandes trabajos de Anamaria Marinca y de Laura Vasiliu-, una cuidada planificación y montaje de sonido, y una fría ambientación para un retrato social y humano de enorme dureza, pero honesto y necesario. Nada en la cinta respira frivolidad ni tampoco manipulación emocional, pues la apuesta de Mungiu solo pretende mostrar la crudeza de una situación real, sin disquisiciones morales ni políticas, por mucho que grupos pro-vida o abortistas se empeñen en interpretar su propuesta en un sentido determinado.

Durante casi dos horas, asistimos al drama de dos jóvenes que ponen su futuro en manos de un carnicero sin escrúpulos ni decencia, que practicará el aborto en el hotel en unas pésimas condiciones sanitarias y que será paradigma de la miseria moral a que ha llegado el pueblo rumano bajo el dictador. Al final, por encima de consideraciones éticas y teóricas, podemos concluir que la única verdad está en ese cuerpo sin vida que Gabita desecha en el cuarto de baño y que Otilia mira con dolor, para después meterlo en su bolso y apretarlo contra su pecho; o en esa mirada que ella misma dirige a cámara -y al espectador- en el último plano, instantes después de hacer prometer a su amiga que “nunca más volveremos a hablar de ello”.

Atrás quedan dos días de dolor y humillación, de soledad y miedo, en medio de merengues de cumpleaños, conversaciones insulsas y chantajes mezquinos. En la cinta de Mungiu, nunca importó lo ocurrido en el pasado ni tampoco interesa el futuro de Otilia con su novio o la salud de la propia Gabita: todo queda en suspenso y en off, aunque marcado a fuego en la memoria de las dos jóvenes y también del espectador. Por eso, ese plano final seco y cortante que hemos comentado, seguido de otro en negro sobre el que se leen los títulos de crédito, llegan cargados de enorme fuerza visual, sutil y precisa a la vez, para retratar el drama que el aborto supone para la mujer.

Un paisaje humano y social desolador

Hay mucha dureza en las situaciones y en las imágenes de Mungiu, aunque ninguna gratuidad ni concesión a la obscenidad o al morbo. El director practica una depurada economía narrativa para contar, casi en tiempo real, la situación de las protagonistas en las horas previas al suceso, la negociación en el hotel con el hombre abortista -los momentos más degradantes por la deshonestidad e degradación del Sr. Bebe-, y su práctica y desenlace. Sólo se sale del nudo principal una subtrama en la casa del novio de Otilia que, sin embargo, está perfectamente engarzada y viene a completar el cuadro social rumano, y también a mostrar la distinta percepción que hombres -patético y desoladora la actitud del novio- y mujeres tienen del asunto.

El director demuestra un extraordinario dominio de los recursos de la cámara, y nos lleva por los pasillos de la residencia de estudiantes o por las calles inhóspitas con planos-secuencias larguísimos y muy bien rodados, pero también sabe dejarla fija para obtener unos planos igualmente elocuentes -magistral es la planificación en la cena de cumpleaños- donde no importa que los personajes se salgan del cuadro o la acción pase a desarrollarse en el fuera de campo. Al final, Mungiu logra crear ambientes deprimentes de enorme plasticidad que trasmiten soledad, abandono, pobreza o tristeza, en la residencia o en la calle -la gasolinera es todo un poema social deprimente de la Rumanía comunista-, en el hall del hotel con el fluorescente fundido… lugares físicos quizá reflejo de otros interiores, frágiles e insatisfechos, llenos de desconfianza y vacíos de sentido moral, ahogados en la lucha por la supervivencia y con miedo a afrontar una dolorosa verdad.

De “Juno” a “Bella”, pasando por la vida de “La princesa de Nebraska”

Señalamos otras tres buenas películas en torno al aborto. Para empezar, “Juno”(2007), en la que Jason Reitman nos ofrece una comedia dramática de sello independiente y aire positivo. Es la historia de la adolescente del título, que se queda embarazada y se plantea inicialmente abortar, para más tarde optar por una solución más humana y menos traumatizante: dar la criatura en adopción a un joven matrimonio. De manera fresca y desenfadada, con ingeniosos diálogos llenos de chispa y mordacidad, con un vitalismo liberal que no se detiene en los problemas, asistimos también al renacimiento y madurez de una madre, que eligió la vida para su hijo pero que bien podría haber hecho lo contrario. En el fondo de la cuestión, late una razón pragmática y una concepción de la libertad como absoluto, según la cual “no hay verdad (objetiva) por encima de mi libertad (subjetiva)”.

En “La princesa de Nebraska” (Wayne Wang,  2007), se recoge la historia de otra adolescente, en este caso venida de Pekín a Estados Unidos para abortar, que callejea perdida por San Francisco… y también por la modernidad y libertad recién descubiertas tras un pasado de represión marxista, y donde la soledad y la falta de referentes morales la dejan expuesta al vaivén de los afectos, todo transmitido con atractivas y sugerentes imágenes, con una moderna puesta en escena que conforma un film pleno de sensibilidad y belleza.

Por último, en un tono más luminoso, “Bella” (Alejandro Monteverde, 2006) es un melodrama intimista donde su protagonista José da un giro a su exitosa carrera deportiva cuando la tragedia le sale al paso, para convertirse desde entonces en un pacífico pero apasionado defensor de la vida, y también para ser ocasionalmente el apoyo de su compañera de trabajo Nina, mujer que es despedida del restaurante cuando se quedaba embarazada y que se debate entre el dilema de abortar y el dolor de verse sola y abandonada.

 

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