Con sus 132 minutos de duración, la película nunca da la sensación de extenderse en exceso. Al contrario, el amplio recorrido temporal resulta necesario para retratar la transformación de la China rural a comienzos de los años noventa, cuando las tradiciones campesinas empezaban a enfrentarse al avance del progreso y la modernización. A través de cuatro generaciones, la historia recorre los ciclos de la vida al ritmo de las estaciones, mostrando cómo los cambios tecnológicos y sociales alteran de forma irreversible un modo de vida marcado por el trabajo de la tierra y la pobreza. La puesta en escena posee un marcado tono documental, con intérpretes que transmiten una naturalidad extraordinaria, mientras una narración impecable y una fotografía de gran belleza convierten la obra en un ejercicio de cine poético y contemplativo.
Es una de esas películas de ritmo pausado que exige paciencia al espectador y que puede resultar difícil para quienes solo frecuentan el cine más comercial. Sin embargo, esa aparente lentitud permite descubrir un valioso retrato etnográfico de una China apenas conocida. Las ceremonias funerarias y con ropa blanca, con música, comida y fuegos artificiales, las bodas concertadas, el respeto hacia los mayores, el hombre que lava los pies a su madrina de noventa años o los escolares que interrumpen las clases durante la cosecha y deben aportar seis kilos de trigo para pagar la matrícula reflejan unas costumbres profundamente arraigadas. También conmueve la tradición de visitar los campos familiares en Año Nuevo, donde descansan los antepasados bajo tierra y encender ofrendas de papel como símbolo de recuerdo y unión con los difuntos y que sus espíritus les acompañen en este día.
La película también aborda las consecuencias de la política de control de la natalidad y de la emigración hacia las ciudades. Los padres de uno de los protagonistas, un niño de diez años, se ven obligados a abandonar el campo para encontrar trabajo, dejando a su tercer hijo al cuidado de familiares y vecinos. A través de pequeños detalles cotidianos se descubre una sociedad en la que muchas personas desconocían incluso el año exacto de su nacimiento y se guiaban por el calendario tradicional, identificándose con el año de la cabra o del caballo; algunos ni siquiera tenían un nombre propio y eran conocidos simplemente como «la tercera niña». Por su sensibilidad y su mirada hacia el mundo rural. La película recuerda a El regreso de las golondrinas (2022), otra magnífica obra que comparte esa capacidad para convertir la vida cotidiana en un relato profundamente humano. Vivir la tierra es una película poética, intimista y con un último plano maravilloso.







