Saber que Brian Duffield tiene en su haber la dirección de Underwater en 2020 da una idea de por dónde van los tiros en su nueva película, Whalefall. Le gustan los espacios marítimos y meter al espectador en harina con un acompañamiento muy cercano a unos personajes que van a sufrir mucho. Pues bien, ha llevado esto al extremo en este filme.
Tras la muerte de su padre (Josh Brolin), Jay Gardiner (Austin Abrams) se sumerge en la costa central de California en busca de sus restos, pero es tragado por una ballena. Atrapado en su interior con solo una hora de oxígeno restante, Jay se da cuenta de que las lecciones que su padre le enseñó pueden ser la clave para escapar.
Hace poco, cuando le dije a una persona de mi entorno que iba a ver una película de un tío que es “zampado” por una ballena, me dijo “vaya estupidez”, y la verdad es que sería una película estúpida si no fuera por lo seria (dentro de lo que cabe, claro), realista y profunda (el chiste era obligatorio) que es. No es que sea un tratado filosófico, pero sorprende el guion del mismo Brian Duffield en colaboración con Daniel Kraus, este último además autor de la novela homónima en la que se basa, por abordar temas muy humanos. Por supuesto la primera referencia es Pinocho en la parte del cuento referido a la ballena, y recuerdo mucho a la claustrofobia de Buried (Rodrigo Cortés, 2010).

Las tripas de una ballena son el escenario mayoritario de una difícil relación padre-hijo. El primero se suicidó y el segundo no ha podido aceptar su ida ni lleva bien su ausencia, sobre todo porque no tiene el cuerpo para poder guardar el luto necesario. Esta situación puede recordar mucho al inmenso dolor que millones de personas sintieron en la época de la covid, cuando las restricciones sanitarias impedían que los familiares pudieran tener los cuerpos de sus fallecidos y se veían obligados a despedir sarcófagos vacíos o llevar a cabo actos metafóricos. Los psicólogos lo advirtieron, y tenían razón, que poder despedirse del cuerpo era muy importante en el dolor y el luto que venían después, y que aquellos que tenían la suerte de poder hacerlo iban a agradecerlo para siempre. La película viene a decir eso mismo: lo importante de poder decirle adiós a algo material para que el cuerpo y la mente puedan sanar mejor.

Aparte de ello, muestra lo difícil que puede ser una relación paternofilial cuando no hay química ni comprensión entre ambos a pesar de los esfuerzos que hagan. Y aun así, las enseñanzas del padre pueden ser de gran utilidad en las situaciones más inimaginables. En ese sentido acierta Duffield al introducir continuos flashbacks en momentos seleccionados, y lejos de romper el ritmo ayudan a entender a los personajes y a madurar al joven protagonista.
Es extremadamente difícil rodar en un espacio tan absolutamente diminuto como el propuesto, y de ahí que la buena fotografía de Aaron Morton ayude a poder entender qué ocurre, aunque a veces la oscuridad dificulte ver todo bien, pero es un defecto inevitable. Dentro de las tripas hay espacio también para mostrar distintos escenarios y hacerlos distinguibles, sumando factores que van provocando más y más desesperación, lo que hace que la lucha del protagonista vaya en aumento. En este sentido es modélico el tratamiento que hace el director del tempo y los conflictos: sería muy fácil aburrir al espectador con tan pocas localizaciones y siempre tan pequeñas, pero se las apaña para que constantemente pase algo de interés. Ayudan también el fabuloso diseño sonoro y la banda sonora de Joseph Trapanese, que nos meten en acción y nos transmiten el drama que vive Jay, el protagonista, quien además hace un trabajo físico meritorio.

Original, angustiosa y con mensajes, Brian Duffield consigue una propuesta muy distinta a todo lo que solemos ver, llevando al “más difícil todavía” la supervivencia y maduración. Y avisamos: no es una película apta para gente que sufra claustrofobia, porque la hay y de la buena.







