La primera versión cinematográfica de Los miserables data de 1917 y fue dirigida por el estadounidense Frank Lloyd. Con esta, ya son 15 las adaptaciones cinematográficas de la obra, y quizás esta sea una de las más logradas. Puro cine. En sus casi tres horas de duración, consigue desde la primera escena no solo entretener, sino también cautivar con la grandiosa historia del escritor y poeta Víctor Hugo, publicada en 1862 y considerada una de las obras más importantes del siglo XIX. Una película que nos habla de todas las dimensiones del ser humano —valentía, fortaleza, generosidad, redención, amor, perdón y bondad—, también aparecen el odio, la venganza, la cobardía y la maldad. Y, por encima de todo, el arropamiento de los seres que amamos. Lo mejor de este largometraje es su magnífica puesta en escena y sus tres actores, que sobresalen de manera extraordinaria: la mala, Camille Cottin, sublime; Tahar Rahim, rompedor; y el protagonista principal, Vincent Lindon, con 85 películas en su haber, que en muchas escenas no necesita hablar, solo mirar a la cámara para demostrar la grandeza de un actor.
Este filme nos habla de los destinos de la vida: si haces el bien, recogerás buenas cosechas, y si haces el mal, quizás tú mismo tengas que pagarlo incluso con tu propia muerte o con el suicidio, después de haber causado tanto daño. Toda la ambientación de aquella época está muy lograda. Con unos últimos 45 minutos emotivos y hermosos, la película alcanza un clímax total, en el que destaca una escena al estilo de Titanic: una joven a punto de morir que nunca declaró su amor a un compañero del que estaba enamorada, sin que él lo supiera: «Solo pido un último deseo: Dame un beso en los labios antes de que sea demasiado tarde». Eran tiempos duros de miseria, como los de aquella mujer que necesitaba medicinas para su hija y tuvo que vender primero su pelo, después sus dientes y, cuando ya no le quedaba nada, su propio cuerpo, prostituyéndose. Una película que nos recuerda que, allí donde el trauma arrebata la mirada materna y bloquea el alma en una justicia rígida, solo la irrupción de una mirada de amor y compasión es capaz de romper la cadena del odio y devolvernos la dignidad.
La película se cierra con una frase del escritor Víctor Hugo: «Mientras haya ignorancia y miseria sobre la tierra, obras como esta nunca podrán ser inútiles». El mensaje de este film habla de que los destinos y los caminos del ser humano son infinitos y que, a veces, se cruzan, mientras Dios siempre dicta sentencia sobre el bien y el mal. Las nuevas generaciones que nunca hayan leído Los miserables ni hayan visto las otras versiones cinematográficas de esta obra, a buen seguro que se sorprenderán con este filme grandioso, cine puro y de calidad: diez sobre diez.















