Tras deslumbrar en 2006 con Once, John Carney ha seguido usando la música en su filmografía para expresar poderosos mensajes. Ahora, con guion suyo y de Peter McDonald, nos entrega Letras robadas, centrada en la importancia de la sinceridad y la honestidad, sin dejar de lado mensajes sobre la familia, la amistad y el éxito.
La historia de dos autores que se juntan a través de la música. Un sueño que se hace realidad cuando Danny (Nick Jonas) canta, ante un estadio repleto de fans, el tema que le consagrará como estrella internacional mientras Rick (Paul Rudd) se da cuenta de que le ha robado su canción.
Espectacular, intensa y muy emotiva, así de claro. Carney demuestra con este filme que sigue en plena forma para hacer llegar mensajes muy humanos mezclándolos con canciones de altura, ya sean compuestos para la ocasión o grandes éxitos como Summer of ’69 de Bryan Adams o The Power of Love de Huey Lewis. Y para ello se rodea de dos actores con una estupenda química en pantalla: el consagrado Paul Rudd, que demuestra que hay mucha vida y talento fuera de Ant-Man (y qué bien canta, todo hay que decirlo), y Nick Jonas, el cantante, que también demuestra que además de cantar sabe actuar.

El contraste entre ellos es interesantísimo: uno, viviendo en un piso pequeño porque decidió apostar por la estabilidad y una familia; otro, viviendo en un gigantesco chalet, habiendo decidido vivir solo pero sin renunciar a pequeñas aventuras amorosas que nunca van más allá. Y aun así se encuentran, se entienden, conectan, colaboran juntos y se divierten… hasta que llega el conflicto, claro.
Carney, además de rodar estupendamente las actuaciones musicales sin caos en pantalla y con planos bien planificados, muestra muy bien el proceso creativo, desde tener la “casi nada más absoluta” a dar forma a una canción que podría ser, o no, un éxito, quién sabe. Y lo poderosa que puede ser la verdad y lo destructora que puede llegar a ser la mentira tanto para uno como para otro. Para uno, llevándole a poner en peligro amistades y familia, y para otro, siendo una losa muy pesada para su conciencia, nunca dejándole en paz. Y en medio una crítica muy dura pero sin excesos a esos agentes y o abogados sin escrúpulos a la hora de amenazar a los demás con tal de hacerles callar; también a esas productoras que no tienen reparo en presionar a sus artistas no para sacar de ellos lo mejor, sino para exprimirles y lograr máxima rentabilidad, aunque en el camino tengan que amenazarles también a ellos con consecuencias económicas.

Nos insiste el director, de paso, en la importancia de ser precavidos, de guardar como oro en paño las ideas que puedan ser el germen de algo más grande, así como de archivarlas correctamente para no ser misión imposible encontrarlas después si surge la necesidad. E introduce algo muy importante: la empatía, el entender al otro y la dificultad de hacerlo cuando la otra persona no ha vivido lo que se le intenta explicar, ya sea ser padre o cualquier otro asunto. No solo hay que saber escuchar, también entender, aunque las vivencias sean distintas.
Y donde brilla especialmente es en resaltar la importancia de la amistad y, sobre todo, de la familia, ese refugio que jamás nos va a fallar y donde el individuo siempre encontrará paz y seguridad. La base de la sociedad. De que al final, más importante que el posible éxito y la fama, el mayor logro puede estar lejos de todo eso, renunciando a lo que apetece por hacer lo que se debe. Estupendas la mujer y la hija del protagonista, sobre todo la primera, dándole su apoyo pero también poniéndole las pilas llegado el momento. Y atención al clímax, de una belleza sublime, lleno de música y emoción.

Por desgracia el director sucumbe a la moda woke incluyendo un pasaje LGTBI que, sin ser molesto o desagradable, no hacía ninguna falta y no añade calidad en ningún momento al metraje. Tampoco ayudan, en el doblaje, un par de blasfemias fuera de lugar.
A pesar de esto último Letras robadas nos devuelve a unos de los mejores directores de drama mezclado con música, que no género musical tal cual. John Carney entretiene y emociona, que es decir muchísimo, sin recurrir a increíbles efectos especiales ni exóticas ubicaciones. Y ya avisamos: su tema central se pega en la cabeza y no deja de sonar. Para no perdérsela.







