Oficios que durante siglos fueron esenciales —como los carboneros, los leñadores y, especialmente, los pastores— han encontrado en el cine un espacio de memoria y reivindicación. La figura del pastor, vinculada a la trashumancia, al ritmo de las estaciones y a una relación íntima con la naturaleza, ha inspirado varias obras destacadas. Entre ellas sobresalen El valle de los carneros (2015), El invierno (2016), Cuerno de cabra (1972) y El Mohicano (2024), cuatro películas que, desde distintos enfoques y contextos culturales, retratan la dureza, la soledad y la dignidad de este oficio ancestral.
Como si se tratara de un cuento de hadas contemporáneo, un publicista decide abandonar su vida acomodada en Canadá para reinventarse como pastor de ovejas en los Alpes franceses. Antes de iniciar su aventura conoce a una funcionaria que también renuncia a su empleo, y juntos emprenden una nueva vida en las montañas. De esa decisión compartida nace no solo un aprendizaje profesional, sino también una historia de amor forjada entre praderas, nevadas y silencios infinitos.
Sin ser una superproducción, es quizá la película que mejor retrata la profesión del pastor en toda su complejidad: las enfermedades del rebaño, los partos en plena intemperie, el cuidado constante y la responsabilidad absoluta sobre cientos de animales. Resulta especialmente hermoso el recorrido de los 17 días de trashumancia —ese desplazamiento estacional del ganado, principalmente ovino, entre los pastos de verano en las zonas altas y los de invierno en las tierras bajas—, una práctica milenaria que en Europa está reconocida como patrimonio cultural inmaterial por su valor ecológico y etnográfico. La trashumancia no solo busca mejores pastos y climas, sino que favorece la biodiversidad, mantiene vivas las cañadas reales y representa un modelo sostenible frente a la ganadería intensiva.

Como afirma el eslogan de la película, “soñar, partir y reiniciar” son etapas universales del ser humano que desea reinventarse y crecer para alcanzar una vida más plena. Es especialmente conmovedora la escena en la que un viejo pastor explica al protagonista, en mitad de las montañas, cómo las ovejas recuerdan cada año el mismo recorrido y saben instintivamente dónde se encuentran los mejores pastos. Esa memoria casi ancestral del rebaño parece desafiar nuestra idea moderna de inteligencia: como si fueran, irónicamente, ovejas con inteligencia artificial integrada por la propia naturaleza.
La película es también un deleite visual: amplios planos de montañas majestuosas, la fuerza del viento, el sonido de los cencerros y la imagen imponente de 800 ovejas avanzando guiadas por apenas dos pastores. Refleja con honestidad que este oficio no conoce descansos —ni de lunes a domingo ni de día o de noche—, pues siempre existe la amenaza de los lobos, las tormentas o las enfermedades repentinas. Muestra además la realidad de muchas familias que han vivido toda la vida del pastoreo, que envejecen sin encontrar relevo generacional y que ven cómo una tradición milenaria corre el riesgo de desaparecer por la falta de jóvenes dispuestos a asumir una vida tan sacrificada.
La historia está basada en un caso real recogido en el libro D’où viens-tu, berger?, de Mathyas Lefebure, testimonio autobiográfico que profundiza aún más en las motivaciones personales, los miedos y la transformación interior del protagonista. Aunque la película llegó tarde a las carteleras —data de 2024—, obtuvo reconocimiento internacional al ser galardonada como mejor película canadiense en el Festival Internacional de Cine de Toronto, consolidándose como una de las obras más sensibles y auténticas dedicadas al mundo del pastoreo en el cine contemporáneo.







