La primera versión cinematográfica de Los miserables data de 1917 y fue dirigida por el director estadounidense Frank Lloyd. Ahora nos llega una nueva visión del cine francés de la mano del director Éric Besnard, quien ha realizado tres grandes películas: Delicioso (2021), Las cosas sencillas (2023) y La primera escuela (2024). En esta nueva aproximación, el realizador apuesta por una narración más íntima y contenida, centrada en los conflictos morales y humanos de los personajes.
¿Qué pasa cuando un hombre tiene cinco niños para alimentar y no tiene comida? Eran tiempos duros, alrededor de 1915, donde había mucha miseria, desigualdad social y hambre. El protagonista de esta historia fue a la cárcel por robar unos panes para alimentar a los suyos; entró como un hombre bueno y salió, después de 19 años de condena y trabajos forzados, convertido en un hombre lleno de rabia, resentimiento y desconfianza hacia la sociedad. Este personaje, inspirado en la figura de Jean Valjean creada por Victor Hugo, representa la injusticia de un sistema que castiga con dureza la pobreza.
Al llegar a una pequeña ciudad, nadie quiso darle hospedaje por su pasado; solo una puerta se abrió para él: la del obispo, que vivía con su hermana y su criada. Pasó una noche con ellos y hablaron de Dios, de la vida y del sufrimiento humano. Grégory Gadebois, el actor principal, le dice al obispo que Dios no es justo con los pobres, reflejando así la desesperanza de quien ha sido rechazado por todos. Beben agua y vino, le dan cobijo y, a medianoche, se escapa con una vajilla que valía mucho dinero. Lo detienen, pero el obispo les dice a los gendarmes que se la regaló, en un gesto de compasión que marcará el destino del protagonista.

Es una película que retrata la bondad y la redención: “Si con lo que robaste hacemos un hombre bueno…” y “los hombres también somos madres”, palabras del obispo dirigidas a un hombre herido por la vida. No es una película maravillosa, pero sí contiene un profundo mensaje sobre las injusticias sociales, la dureza de la existencia y la posibilidad de cambiar cuando alguien nos tiende la mano. La historia insiste en que, incluso en los momentos más oscuros, siempre aparece alguien en el camino dispuesto a ayudarnos.
En casi toda la película, con solo cuatro actores principales, el director es capaz de plasmar una historia sencilla pero conmovedora, centrada en la fuerza de los diálogos y en la intensidad de las miradas. Destaca la gran fotografía, con una iluminación sobria que refuerza el tono íntimo del relato, y la actuación del actor principal, que transmite con profundidad la transformación interior del personaje. El obispo, con su corazón de oro y lleno de humildad, se convierte en el símbolo de la esperanza y de la fe en la condición humana.







