Como sugiere el título de esta película, propio del pintor Pierre-Auguste Renoir, la fotografía posee una iluminación que recuerda a la de este artista por su belleza. Retrata muy bien la soledad en Japón, uno de los grandes problemas de esta nación.
Un padre que se está muriendo y que, mientras le queda tiempo, busca información en revistas científicas para su salvación; una mujer que, sabiendo que su marido va a morir, ya está buscando pareja; y una hija maravillosa que vive su soledad en un mundo casi adulto. Incluso desea ser huérfana. Se atreve a llamar a líneas telefónicas donde la gente deja mensajes para compartir soledades y amores. Ella deja este: «Tengo once años». Queda con un universitario en una cita a ciegas que resulta, a la vez, terrorífica y cómica.
Hay momentos maravillosos, como cuando, en su trabajo, la madre es enviada al departamento de emociones por una mala contestación a una compañera; o cuando madre e hija se van a desayunar a un restaurante y allí mismo se duermen: sacan unas mantas, las colocan sobre la mesa y apoyan la cabeza en ellas para descansar.
La película es lenta, como muchas del cine japonés, donde los silencios, los pocos diálogos y la delicada música construyen un gran cine. Y si, además, hay buenos actores —como esta niña de once años, absolutamente cautivadora—, se consigue una obra en la que a veces no sabes si estás viendo un largometraje o una poesía visual. Es una película que retrata muy bien la magia que todos los niños tienen en su cabeza y cómo algunos de ellos logran hacerla realidad. Cine y belleza en esta joya japonesa.







