Hay películas que deberían ser imprescindibles para que los alumnos las vieran en los colegios, con el fin de sensibilizarlos y hacerlos partícipes de realidades que no pueden ignorar. Ejemplos de ello son Incontrolable, que ha sido la más taquillera de Reino Unido en toda su historia, y El chico de los pantalones rosas, un auténtico fenómeno en Italia. Y es que, al final, el público siempre es el que más sabe de cine.
Nos llega una película basada en un caso real, hermosa a nivel de fotografía, con una cremosidad fascinante, una música cautivadora y unas interpretaciones sobresalientes. Destaca el trabajo del joven Samuele Carrino en el papel protagonista, así como el de Claudia Pandolfi, que interpreta a su madre, y Sara Ciocca en el papel de su amiga.
El protagonista de esta historia se pregunta si su abuela cree en Dios. Ella responde que sí, y él replica: “Si existe Dios, ¿por qué no puede resolver todos los problemas?”. A lo que su abuela contesta: “Dios no puede llegar a todos los lados; somos muchos y, a veces, los problemas tenemos que resolverlos nosotros”. Pero un adolescente al que el mundo se le viene abajo por la separación de sus padres y unido al acoso escolar al que está sometido, le impide pedir ayuda, y acaba encerrándose en su mundo y en su tragedia.

Qué grandes momentos los de este adolescente con su amiga: todos los sábados iban al cine y escribían en un cuaderno la crítica de cada película. Uno de los mensajes más potentes llega en su primer día de instituto, cuando recuerdan la frase: “Abrir una escuela es cerrar una prisión”, atribuida frecuentemente al escritor francés Victor Hugo.
Esta historia, más de una década después de la muerte de Andrea Spezzacatena, sigue generando un profundo impacto social. Unos pantalones rojos que se vuelven rosas tras un error de lavado se convierten en el detonante de una espiral de acoso que lo conduce a un aislamiento silencioso. Su caso fue considerado el primer suicidio de un menor vinculado al ciberacoso reconocido en Italia, lo que abrió un debate nacional y obligó a replantear la prevención, la detección y la respuesta ante el acoso escolar.
Su testimonio ha contribuido a generar una conciencia colectiva y a impulsar cambios en la manera en que escuelas y sociedad abordan el bullying, especialmente el ciberacoso y la violencia por motivos de identidad. “El enemigo más grande de esta historia es el silencio. Si mi hijo, o las personas que vieron lo que estaba pasando, hubieran hablado, hoy Andrea estaría vivo”, recuerda Teresa Manes, madre del joven. Una bellísima película, digna de ver, y más aún en los tiempos actuales.







