Alfred Hitchcock sostenía que el cine puro se basaba en la imagen. Odiaba depender de los diálogos y afirmaba que una buena película cuenta su historia a través del montaje, los encuadres y la puesta en escena, dejando el diálogo como un complemento secundario. A quienes les guste una película de acción, tiros y del género criminal quizá les sorprenda encontrarse con este largometraje, donde apenas hay diálogo y solo se pronuncian unas pocas palabras. Con una hermosa fotografía, una potente banda sonora y canciones maravillosas, a los diez minutos uno se pregunta cuándo hablarán los actores; a los veinte sigue haciéndose la misma pregunta; y cuando lleva una hora ya no hace falta que hablen. Todo lo contrario: la fuerza de la película resulta más poderosa que si tuviera diálogos, convirtiéndose en un ejercicio absoluto de cómo el cine puede ofrecer una gran obra construida únicamente con bellas imágenes. Con un gran sonido y una enorme fuerza visual, este largometraje nos deleita durante 109 minutos como si se tratara de un experimento, y quizá, si se supiera de antemano que no hay diálogos, muchos descartarían injustamente esta película.
El diálogo pasa aquí a un segundo plano, ya que los estilizados efectos visuales, las brutales coreografías de acción y las magnéticas interpretaciones hacen avanzar una historia en la que las emociones humanas se transmiten tanto a través del silencio como del sonido. La dupla responsable de la película ha concebido una obra que realza las actuaciones, las escenas de acción y una banda sonora capaz de crear una atmósfera completamente inmersiva, confirmando el talento del director Potsy Ponciroli para desafiar los géneros narrativos. Como ocurre en una de las mejores películas del cine español, Blancanieves (2012), el cine mudo demuestra que no siempre hacen falta las palabras: la imagen y la emoción bastan para contar la historia.