Si alguien espera encontrar únicamente un homenaje al centenario de los cines Verdi, a la historia de este emblemático cine de barrio, se quedará sorprendido, porque es eso y mucho más. Es un homenaje profundo y emocionante a su barrio, Gràcia —que en otros siglos fue una población independiente, el antiguo Vila de Gràcia, anexionado a Barcelona en 1897— y también una declaración de amor al mundo del cine como experiencia colectiva, casi ritual.
El guion es original y encantador: dos niñas que sueñan con hacer su primera película deciden organizar un casting para encontrar actores y actrices. Lo que podría parecer un juego infantil se convierte en un desfile inesperado de grandes figuras del cine. Al casting acuden personalidades como Isabel Coixet, J. A. Bayona, Richard Gere y Albert Serra. Serra aparece con una camisa hawaiana y protagoniza uno de los momentos culminantes del documental, desplegando su característico sentido del humor y recordando que la primera película que vio fue en los Verdi: El liquidador.
Entre los aspirantes al casting aparece también una mujer de 102 años que, sin duda, pasaría cualquier prueba del cine español. Regala consejos con una gran lucidez : “En la vida hay que trabajar poco y ganar mucho dinero; el secreto de mi edad es tomar una cerveza todos los días o una copa de champán”
Richard Gere reflexiona sobre las sensaciones únicas de ir al cine: “Es un marco legal nuevo en tu mente; vas al cine y estás al lado de personas que no conoces, sin saber cuánto durará la película ni qué emociones vas a sentir, y todo en la oscuridad”. Esa oscuridad compartida, ese silencio colectivo que precede a la primera imagen proyectada, es uno de los grandes protagonistas invisibles del documental.

Los Verdi, inaugurados el 11 de febrero de 1926 con el nombre de Salón Ateneo Cine, ocupaban el local de un antiguo teatro llamado “Moratín”. A lo largo de su historia, el edificio ha sido mucho más que una sala de proyección: en antaño fue sala de baile, discoteca, espacio para celebrar bodas y comuniones, y durante la Guerra Civil funcionó como comedor para la infancia. Hubo un tiempo en que se podía cenar dentro del cine: traer una tortilla de patatas, bocadillos e incluso una botella de vino. Más tarde, una ley lo prohibió, pero quedó el recuerdo de aquella época en la que el cine era casi una extensión del hogar.
En el documental aparecen dos figuras clave para la supervivencia de la sala. Por un lado, Enric Pérez, quien en 1983 lo salvó del cierre y lo convirtió en un referente del cine de autor, todavía como sala única. Fue el primer complejo de Barcelona en especializarse en cine independiente en versión original subtitulada, apostando por cinematografías europeas y latinoamericanas cuando no era lo habitual. Por otro lado, en 2015, cuando volvió a estar en peligro, el empresario y distribuidor Adolfo Blanco asumió la gestión. Desde los 12 años había acudido a estos cines y no estaba dispuesto a permitir su desaparición.
Una de las escenas más hermosas es la de las dos niñas protagonistas y su abuela. Ella les regala un móvil, símbolo de la era digital, y ellas lo rechazan con una frase sencilla y rotunda: “Preferimos ir al cine”. En esa elección se condensa el espíritu de la película: la defensa de la experiencia compartida frente al consumo individual en pantallas pequeñas.
En 2024, mientras el mercado de la exhibición cinematográfica cayó un 1,39 %, el número de asistentes al Verdi creció un 30 %, alcanzando los 500.000 espectadores. Una cifra que no solo habla de éxito empresarial, sino de fidelidad, de comunidad y de la vigencia de un modelo que parecía destinado a desaparecer. Con sedes en Barcelona y Madrid, los Verdi demuestran que, cuando el cine se vive como algo más que entretenimiento, puede convertirse en memoria, identidad y futuro.







