En un ambiente y un momento tan propensos al boato, la espectacularidad y hasta el artificio, de cuando en cuando aparecen personas en las antípodas de todo eso que logran destacar por sus cualidades antitéticas. Es el caso de Eva Marie Saint, a cuya manera de hacer, con motivo de su reciente óbito, va dedicado este artículo.
El contexto cinematográfico era formidable: la andadura del invento superaba el medio siglo, el sonoro llevaba en marcha aproximadamente la mitad de ese tiempo, el color iba ganando presencia y los grandes maestros en todos los ámbitos de la industria producían obras maestras sin parar. Al mismo tiempo, una nueva escuela –o no tan nueva, sino, por nombre y representantes, la más pujante– comenzaba a abrirse paso, con el verismo como máxima para acercar el realismo a las películas. Era el Actors’ Studio, con sede en Nueva York, donde muchos aspirantes a estrellas fueron a formarse como intérpretes al amparo de relevantes nombres en varios ámbitos de la profesión, contando con el teatro como base fundamental. Marlon Brando, Montgomery Clift, James Dean o Paul Newman son, probablemente, los máximos estandartes del lugar. Entre las féminas, si bien Marilyn Monroe suele, erróneamente, abanderar la lista, más referentes del lugar serían Shelley Winters, Kim Hunter, Anne Bancroft, Lee Remick o Eva Marie Saint. De todas las mencionadas, el caso de la última resulta singular. Nunca reclamó para sí más foco que el que demandaban (a gritos) sus interpretaciones.

Eva Marie Saint, cuya carrera destaca por la veracidad y el realismo, ponía ya la primera piedra en esa línea al utilizar su nombre auténtico en sus avatares profesionales. Nació en Nueva Jersey el 4 de julio de 1924 y se formó como actriz en la Universidad Estatal de Bowling Green, en Ohio. Del teatro pasó a la televisión, medio emergente por aquellas fechas y que le proporcionó un bagaje suficiente para dar el salto a la gran pantalla del mejor modo posible. Elia Kazan la eligió para el papel femenino de “La ley del silencio” (1954), al lado de Marlon Brando, Karl Malden y Lee J. Cobb. Aquella dura historia transcurría entre los muelles de Nueva York supuso un gran éxito de crítica y público, se alzó con ocho premios de la Academia, incluyendo Mejor Película, Mejor Actor Principal (Marlon Brando) y Mejor Actriz de Reparto (Eva Marie Saint). En una ceremonia dividida entre Los Ángeles y Nueva York, ella, que se encontraba en esta última ciudad, recogió el premio apenas dos días antes de dar a luz a su hijo primogénito, Darrell. Poco se puede añadir a este fabuloso debut. La actuación de Saint es un ejemplo para cualquiera que desee adentrarse en la profesión: enérgica desde la fragilidad, contenida, intensa, deslumbrante. En lo que pasaría a ser una seña de identidad, Eva Marie Saint era una actriz que parecía querer ir siempre un paso, o paso y medio, por detrás de los focos y el estrellato.

El otro gran título que le reservaba un hueco entre los inmortales se produjo en la obra maestra de Alfred Hitchcock –una más– “Con la muerte en los talones” (1959). El director británico, con la intención de seguir su costumbre de recurrir a actrices rubias, quiso ver en ella a la sucesora de Grace Kelly, quien ya llevaba varios años retirada y cumpliendo sus funciones como princesa de Mónaco. El resultado fue tan insólito como mítico: al lado de Cary Grant, compuso una de las parejas más fascinantes de la gran pantalla. Supo ser exactamente lo que Hitchcock reclamaba: una mujer gélida de desbordante sensualidad. Cuarenta años después de viajar en el tren Expreso Siglo XX y descolgarse por el Monte Rushmore, con motivo del centenario del director, Eva Marie visitó el Festival de Cine de San Sebastián y sus declaraciones sobre el particular constituyen un tesoro como documento, auténtico oro molido para la cinefilia.

Estas dos películas son las más grandes en las que participó, pero también dignas de mención son “El árbol de la vida” (1957) –historia sureña con Elizabeth Taylor y Montgomery Clift como protagonistas–, “Éxodo” (1960) –sobre la creación del estado de Israel, con Paul Newman y Sal Mineo–, “Su propio infierno” (1962) –el osado romance entre su maduro personaje y el del joven Warren Beatty–, “36 horas” (1964) –interesante trama de espionaje durante la II Guerra Mundial, con James Garner–, “Castillos en la arena” (1965) –drama para el matrimonio Taylor-Burton–, “¡Que vienen los rusos!” (1966)– divertida comedia en plena Guerra Fría–, “Grand Prix” (1966) –el famoso premio de automovilismo en Montecarlo, de nuevo junto a Garner– o “La noche de los gigantes” (1968) –brusco western con Gregory Peck como cabeza de cartel–, entre otras. El ritmo de trabajo de la actriz seguía siendo ágil, pero ya no volvería a conocer la cima de las primeras mencionadas. No puede decirse que le importara mucho: consideraba llevar una vida plena, en la que la interpretación ocupaba una parte, sin ser la más importante.
Relegado el cine, la televisión volvió a ser una fuente de trabajo. Por su contribución a este medio sumó su segunda estrella –ya tenía una, gracias al cine– en el Paseo de la Fama en Hollywood. Uno de los papeles que desempeñó para la pequeña pantalla fue el de madre de Maddie Hayes (Cybill Shepherd) en la serie “Luz de luna”.

Y así, con unas apariciones que se fueron dosificando en los distintos escenarios propios de la profesión, Eva Marie Saint siguió dejando constancia de sus cualidades en multitud de títulos, con la sencillez de quien prefiere que sean sus interpretaciones las que hablen por ella. Llevaba una vida tranquila alejada de esa primera línea, al lado de su marido, el director y productor Jeffrey Hayden, del que enviudó en 2016, padre de sus hijos Darrell y Laurette. A la longeva edad de 102 años, la actriz ha fallecido en su casa de Los Ángeles. Se marcha con la misma discreción de la que siempre había hecho gala. Palió con su buen hacer la ingratitud y la fama que, en muchas ocasiones, le fue negada, anteponiendo la profesionalidad y la calidad como el mayor legado para el público.







