El Siglo XX a través de Cine: La Sociedad contemporánea y Woody Allen

26/03/2013

A FONDO

[Sergi Grau. Colaborador de Cinemanet]

EL SIGLO XX A TRAVÉS DEL CINE
18. WOODY ALLEN

Película: Maridos y mujeres
Temática: La neurosis de la sociedad contemporánea

Probablemente sea cierto que se le quiere más en Europa que en EEUU, pues si en nuestras latitudes se le viene considerando un autor de culto desde hace décadas, en cambio en su país de origen su reputación ha sufrido altibajos en medida equiparable con la irregularidad de los réditos de sus películas. En todo caso, a estas alturas de su carrera, tras cerca de cincuenta años tras las cámaras y la friolera de cuarenta y seis películas en su haber filmográfico, nadie duda del prestigio de Woody Allen, primero actor cómico y guionista, y desde el díptico inolvidable formado por Annie Hall (1977) y Manhattan (1978), cineasta consagrado, de personalidad exuberante y carente de parangón, estandarte de lo culterano aplicado al cine moderno, que balanceándose entre la comedia y el drama (v.gr. la distancia a recorrer entre Broadway Danny Rose (1984) y Otra mujer (1988), entre Poderosa afrodita (1996) y Delitos y faltas (1989) o entre Misterioso asesinato en Manhattan (1994) y Match Point (2005)), rindiendo tributo a sus adorados maestros del cine europeo (Fellini (Recuerdos, 1980) y Bergman (Interiores, 1978) a la cabeza), escorándose en fórmulas nostálgicas (Días de radio, 1987), juegos metalingüísticos (La rosa púrpura del Cairo, 1985) apropiaciones en claves contrastadas de fórmulas genéricas diversas (Sombras y niebla (1981), Balas sobre Broadway (1994), Todos dicen I love you (1996), La maldición del escorpión de Jade (2001) o Cassandra’s Dream (2007)) y hasta travesuras que rozan lo paroxístico (como ese falso documental sobre un personaje camaleónico, Zelig (1983)) ha ido confeccionando una de las filmografías más despampanantes del cine contemporáneo, donde brilla con indeleble fuerza su proverbial lucidez para exponer, sin tapujos y con todos los matices posibles, la materia sensible de las relaciones humanas, más concretamente en el contexto de la sociedad urbana de su tiempo.

A lo anterior también se debe añadir, aunque casi resulte una obviedad, que su filmografía a menudo también se caracteriza por el fuerte ingrediente biográfico estampado en las ficciones que la mente genial del autor alienta. En ese sentido, quien más quien menos recuerda la película que nos ocupa, Maridos y mujeres (1992), por motivos extra cinematográficos, o, afinando el comentario, por el morbo del reflejo especular existente entre la ficción que plantea la película y las circunstancias sentimentales de su realizador, por cuanto su estreno coincidió con la ruptura de su matrimonio con Mia Farrow. En 1992, cuando la película se estrenó, a menudo se habló más de la vida privada de Woody Allen que de lo mucho que dio de sí la película. Ahora, la perspectiva del tiempo revela su condición de cumbre creativa de Allen (no la única, por otro lado, de su obra), amén de la honesta y diría que serena culminación de las tensiones dramáticas que habían emergido en su filmografía desde mediados de los ochenta con Hannah y sus hermanas.

Maridos y mujeres narra el progresivo descalabro del matrimonio que forman Gabe y Judy (Allen y Farrow), pero lo hace desde una perspectiva coral que funciona a modo de gran panorámica radiográfica, que sirve para incidir a fondo en las razones concretas de esa ruptura, pero también, mucho más allá, traza un preciso retrato sociológico de los hombres y mujeres de una determinada edad en su contexto económico, intelectual y social. La habilidad portentosa de Allen en la escritura del libreto le sirve para describir los avatares sentimentales de hasta seis personajes con una suma agilidad que no excluye lo esencial ni el detalle (capacidad narrativa en la que el cineasta es un maestro sin parangón en el panorama cinematográfico americano, a años luz de cualquier otro narrador), pero lo que convierte esta Maridos y mujeres en una obra maestra es el talento –y también la originalidad y modernidad incorrupta- con el que se imprimen en imágenes esas pulsiones sentimentales, esto es la sobresaliente puesta en escena del filme.

Parte de un desarrollo narrativo que se va puntuando con planos-secuencia en los que los personajes hablan a la cámara como si se tratara de su psicólogo, y exponen las razones (y confesiones) del porqué de sus actos. A partir de esa estrategia deshojamos la completa estructura del filme, nunca basada en el desarrollo dramático convencional, antes bien en la exposición de puntos de vista individuales o situaciones de conflicto, mediante una sucesión set-pieces desgajadas en las que visitamos la intimidad de los personajes… y su miseria. La naturaleza de esas imágenes resulta poderosamente intuitiva (mediante recursos visuales como los fallos deliberados de raccord, el abuso del steadycam para mostrar desconcierto, o bien los planos generales –aprovechando magníficamente el escenario neoyorquino que ya reconocemos como impronta iconográfica alleniana– que transmiten cierta distancia respecto de la intimidad de los personajes) y nos transmite un abanico de deseos, pasiones, odios, miedos, remordimientos… en definitiva, una retahíla interminable, desbordante, de emociones que afloran en los actos de los personajes y desnudan su intimidad.

En la tesis, indudablemente, aflora la constancia de la neurosis como coda de las relaciones sentimentales en la sociedad contemporánea, tema omnipresente en su obra pero del que aquí extrae algunas de sus certezas más contundentes, reveladoras y dosoladas. Desolada porque Allen parece que lo intenta pero no logra transmitir simpatía, ni apenas comprensión, por el comportamiento de sus personajes, unos personajes que no dudan en justificarse ante su confesor (la cámara a la que miran) mientras ponen evidencia su falsedad (la cámara que les mira). En esa espiral destructiva, Allen se limita a dejar patente que la enfermedad sentimental de la que habla es crónica, y sus síntomas son el individualismo irreprimible, la constante insatisfacción, y el absoluto aislamiento sentimental.

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