Cuando el cura era el bueno de la película

15/04/2015

[Pepe Álvarez de las AsturiasColaborador de CinemaNet]

Hubo un tiempo en que el cine y la religión se llevaban bien. Hubo un tiempo en que los sacerdotes eran los buenos de la película, los que salvaban vidas, los que estaban siempre prestos a escuchar al desamparado o a luchar contra la injusticia, los que se entregaban en cuerpo y alma -con alegría, con fe- a su misión divina sin perder el pie en la tierra. Hubo un tiempo en que un alzacuellos era sinónimo de paz, bondad, consuelo, confianza, sacrificio. Un tiempo, en fin, de justicia cinematográfica con los buenos curas. Y un tiempo de buenas –muy buenas- películas.

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Uno de esos buenos curas del cine fue el padre Flanagan, irlandés y católico, bondadoso y obstinado, batallador incansable y con una inquebrantable fe en Dios y en los muchachos a los que dedicó su vida. Pero, antes de ser Spencer Tracy en dos películas inolvidables, Edward Flanagan fue inmigrante irlandés en 1904, sacerdote católico en 1912 y fundador de la Ciudad de los Muchachos en 1917; una casa para niños sin hogar –recogidos de las calles y los tribunales de menores- que nació con 90 dólares prestados y cinco huéspedes, y en pocos años se convirtió en una comunidad independiente–reconocida como pueblo por el Estado de Nebraska en 1936- con escuela, dormitorio e instalaciones para 400 niños, a las afueras de Omaha.

La obra del padre Flanagan fue llevada a la gran pantalla en dos memorables películas que marcaron a varias generaciones de niños, padres y educadores. Forja de hombres, en 1938, y La Ciudad de los Muchachos en  1941, ambas magníficamente interpretadas por Spencer Tracy, que bordó el papel de padre Flanagan (se llevó el Oscar). La lucha del sacerdote para levantar la ciudad, la camaradería entre los muchachos, la redención del rebelde Whitey (Mickey Rooney) a base de tesón y amor –y una batalla final contra los malhechores en la que el padre Flanagan ejercita sus puños irlandeses-, además del humor, la sensibilidad y el dramatismo en su justa dosis convirtieron ambas películas en un todo un éxito de público, crítica y premios. El altavoz perfecto para un mensaje que cambió la visión de la sociedad.

Spencer Tracy ya había interpretado a un sacerdote con principios y puños enfrentado al malote del barrio en San Francisco (1936). En esta ocasión el malote es Blackie Norton (Clark Gable), dueño de un próspero club nocturno en el barrio más bohemio, depravado y corrupto de la ciudad. Su amigo de toda la vida, el reverendo Mullin (Tracy), es el único que le dice las verdades; no es de pronunciar sermones, sino que ejerce su misión pastoral en una frase, o en un simple gesto; a veces, con un puñetazo oportuno y contundente. Finalmente, cuando el terremoto arrasa la ciudad de San Francisco (18 de abril de 1906), ayudando en la búsqueda de supervivientes entre los escombros, Blackie descubre su lado bueno y se redime, de la mano de su amigo el padre Mullin. Queda aún un canto a la esperanza, después del horror y la destrucción, con esa escena final de la multitud entonando el Aleluya y el epílogo que muestra a una ciudad (imágenes reales) reconstruida y renacida, literalmente, de sus cenizas.

Gregory Peck fue también un convincente sacerdote en Las llaves del Reino (1944), basada en la novela de Archibald J. Cronin. Interpreta a un joven misionero irlandés, el padre Chisholm, en una China hostil y llena de pobreza, hipocresía y enfermedad. A lo largo de muchos años, revoluciones y guerras incluidas, ejerce su misión apoyado en su fe, en su determinación y en su infinita paciencia; acaba logrando la aceptación de la comunidad, que prospera gracias a su labor y a la de un médico ateo de extraordinario amor al prójimo que colabora en la Misión, y que al final entrega su vida heroicamente. Una película llena de emotividad y ejemplaridad.

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El genio de Alfred Hitchcock y el talento de Montgomery Clift se unieron para dar vida a un sacerdote, Michael Logan, envuelto involuntariamente en un crimen, pero que casi acaba siendo su perdición. El tema favorito de Hitchcock, el falso culpable, cobra en Yo confieso (1953) una dimensión dramática que va más allá de lo policíaco y se adentra en lo moral y religioso. Un asesino confiesa al padre Logan su crimen y éste, obligado por el secreto de confesión y sus fuertes convicciones (“elegí ser lo que soy y creo lo que soy”), se expone a ser declarado culpable por no delatar al verdadero criminal. Atormentado y perseguido, incluso golpeado, el padre Logan prefiere ser acusado injustamente que faltar a su deber. En una escena magistral, Hitchcock nos muestra en primerísimo plano una escultura de Jesús, portando su pesada cruz entre dos soldados romanos, y abajo, en la calle, el sacerdote huyendo de la policía, con sus miedos, con sus dudas, con su propia cruz.

Una cruz como la que carga el estibador y exboxeador Terry Malloy (Marlon Brando) en los corrompidos muelles neoyorquinos de La ley del silencio (1954), que también se debate entre la complicidad y la delación, entre el encubrimiento y la verdad. Entre la amistad corrompida y el verdadero amor. Es el padre Barrie (Karl Marlden) quien le comprende, le apoya y le anima a acudir a la Comisión y contar lo que sabe de un asesinato que no debe quedar impune; enfrentarse al código de silencio, única ley que impera en los muelles. Malloy no es un héroe, pero su novia Edie y el sacerdote, su único amigo, le ayudarán a tomar la decisión correcta, cueste lo que cueste. “Padre, si hablo mi vida no valdría nada” “Y si no hablas, ¿cuánto valdrá tu alma?” La verdad no es fácil, pero se trata de hacer lo correcto, no lo fácil.

La historia recrea dos personajes reales: Anthony DiVicenzo, que padeció las mismas penurias que Terry Malloy en la obra maestra de Elia Kazan; y el jesuita John M. Corridan, párroco de la iglesia San Javier y miembro de la Saint Xavier’s School, donde los sacerdotes habían tomado partido por las familias de los estibadores.

También persona real fue el célebre cardenal Fermoyle, cuya historia el escritor bostoniano Henry Morton Robinson basó en la vida del cardenal Francis Spellman, arzobispo de Nueva York. La novela, El Cardenal, vio la luz en 1950 y trece años después fue llevada a la gran pantalla de la mano de Otto Preminger (por cierto, el consejero religioso de la película fue un tal Joseph Ratzinger).

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Como la obra de Robinson, la de Preminger nos relata el ascenso de un sacerdote norteamericano desde su ordenación hasta su llegada a Roma y al Sacro Colegio Cardenalicio. Entre medias, temas tan espinosos como el aborto, la fidelidad en el matrimonio, el racismo brutal del Ku Klux Klan, el poder de la Iglesia norteamericana en Roma, el ascenso del nazismo y la guerra, los vericuetos de la jerarquía eclesiástica; y también la lucha interior del propio Fermoyle, entre la vocación y el amor, entre el sacerdote y el hombre. Al final, gana la fe. Para el crítico Ignacio Peyró es “tal vez uno de los sacerdotes más genuinamente sacerdotes que han habitado la literatura”.

Íntegro, valiente y profundamente humano es el padre Hugh O’Flaherty, “la Pimpinela Escarlata del Vaticano”, que interpretó magníficamente Gregory Peck en Escarlata y Negro (1983). El sacerdote, destinado en una Roma ocupada por los nazis, aprovecha la neutralidad de la Santa Sede para ocultar y ayudar a escapar a miles de refugiados de guerra, judíos y miembros de la Resistencia. Con astucia, valor y sangre fría se enfrenta –y burla- al cruel coronel de la SS Herbert Kappler (Christopher Plummer) quien, al final de la película, detenido e interrogado por las tropas aliadas, se da cuenta de que su odiado enemigo (a quien escupe la palabra “cura” con enorme desprecio) ha puesto a salvo a su mujer e hijos.

Fray Guillermo de Baskerville (un memorable Sean Connery) es un sabio monje franciscano de visita en una abadía benedictina para investigar una serie de misteriosos crímenes en El nombre de la rosa (1986). Trasunto de Sherlock Holmes y Guillermo de Okham, el franciscano se guía por la racionalidad y la observación –y la ironía- para desvelar los ‘apocalípticos’ asesinatos que aterrorizan a los monjes. Más roussoniano que sabueso es el padre Gabriel (Jeremy Irons) en La misión de Roland Joffé, que narra la evangelización de los indios guaraníes por los jesuitas en el s. XVIII y las intrigas religioso-políticas entre España y Portugal que acabaron en genocidio. El padre Gabriel, apóstol de la no violencia (“Si el poder tiene la razón, entonces no hay lugar para el amor en este mundo”), es incapaz de abandonar a su suerte las almas que tiene encomendadas. Contará con la ayuda de un traficante de esclavos redimido (enorme Robert de Niro en su despiadada penitencia auto impuesta), que será su contrapeso combatiente. Conmovedoras escenas las que muestran el poder de la música para llegar a Dios, como ese Ave María guaraní o el oboe evangelizador del padre Gabriel.

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Otro inolvidable cura de cine es el que compuso el genial cómico Fernandel para dar vida al Don Camilo de Guareschi. Humor, humanidad, cabezonería y una fe tan humilde como inquebrantable definen a este cura de pueblo enfrentado a su íntimo enemigo Peppone, comunista acérrimo y alcalde del pueblo. En medio de ambos, el Cristo crucificado del altar mayor que reprende cariñosamente a don Camilo cada vez que traspasa los límites de la caridad cristiana. Otros sacerdotes más actuales, como el mártir anticomunista Popieluszko, el añorado Pablo Domínguez de La última cima, los valerosos monjes de la exitosa De dioses y hombres, el joven pero insistente párroco de Gran Torino, o el bienintencionado padre James Lavelle de Calvary nos animan a no perder la esperanza de que, aún en estos tiempos aciagos, todavía hay lugar en el cine para los curas buenos. Que, ciertamente, son casi todos.

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