Los directores Olivier Nakache y Éric Toledano, autores de Intocable (2000), que figura entre las cien mejores películas de la historia del cine mundial, nos regalan una comedia familiar que, en Francia, ha sido un éxito, con dos millones de espectadores, como anuncia el cartel publicitario. En esto son unos genios: muchas películas francesas anuncian a bombo y platillo su gran éxito comercial en su país, y nunca sabremos si es verdad o mentira. Esperaba más de esta comedia, especialmente estando dirigida por dos grandes cineastas, aunque el resultado es aceptable. Nos retrata el día a día de una familia, las discusiones de los padres y la relación con sus dos hijos. Como dice el eslogan de la película: «Nosotros estábamos creciendo, nuestros padres también». Y lo retrata muy bien, mostrando el proceso de una familia en la que unos hijos van descubriendo las nuevas emociones de la vida, el primer amor y el deseo de ser más independientes, mientras los padres, a veces, no se dan cuenta de que los años pasan rápido y sus hijos ya son otros. Vincent, de casi 13 años, atrapado entre un hermano mayor que lo ignora y unos padres absorbidos por sus propios problemas. Ya no es un niño, pero tampoco un adulto, y se debate entre las grandes preguntas de la vida: la identidad, la amistad, la familia y por qué los adultos parecen no haber resuelto ninguna de ellas.
La madre manda a su padre que saque su don de autoridad con sus hijos y los regañe, pero él es un blando y no es capaz de reprenderlos por sus indisciplinas. Solo en los últimos treinta minutos la película consigue cautivar totalmente. Hay grandes momentos, como el de la madre bailando sola en casa mientras hace las tareas domésticas. ¡Qué gran carta final la del hijo pequeño a sus padres!, en la que expresa lo que piensa de su padre: «Hablamos poco, hay muchos silencios, pero su presencia en mi vida es muy importante. Me gusta la fortaleza, su perseverancia con mi madre».

Tiene momentos de emoción, humanidad y humor y al menos, esta película nos descubre la edad difícil de unos hijos que crecen y unos padres que han perdido un poco el romanticismo de antes, pero que se siguen queriendo. El padre es un optimista total y pronuncia la frase: «La humanidad existe gracias a los milagros». Mantener una familia en total equilibrio ya es un milagro, pero, si hay amor, se hace la vida más llevadera. Y lo demuestra en momentos tan sencillos como cuando un hijo quiere tener una habitación propia y los padres trasladan su cama grande y plegable al salón para que pueda disfrutar de su propia libertad, o cuando un padre que tiene poco dinero se desvive por comprarle a su hijo una chaqueta muy cara. Una película tierna, delicada, que retrata con humanidad la vida de una familia francesa, pero con un guion que no tiene la fuerza suficiente para convertirla en una película completa.















